El arte hoy en día radica en la conversación que genera: Pablo Helguera

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Pablo Helguera (Ciudad de México, 1971) es un artista plástico, escritor, crítico, artista de performance y director de Adult and Academic Programs del Museum of Modern Art. En Terraplén platicamos con él sobre algunos temas que su obra como artista y crítico aborda.

T: Sabemos de tus heterónimos y sus poemas, por ejemplo, o de la intervención a “La suave patria” que es parte de un performance que realizaste en Bellas Artes. Pablo, háblanos un poco de la relación que hay en tu trabajo como artista y el lenguaje escrito, la poesía específicamente.

PH: Tengo la extraña característica de haber crecido en un medio familiar dominado por la literatura y sobretodo la música. Las artes visuales eran importantes, pero las conversaciones en casa giraban sobretodo en torno a la música, no sólo como apreciación sino como práctica, dado que la mayoría de mis familiares son músicos de formación. Mi hermano mayor, por otra parte, era escritor: Luis Ignacio Helguera (1962-2003) y era alguien para quien era vital compartir sus experiencias. De manera que siendo niño yo, y él un adolescente, me convertí en su primer lector y espectador, escuchando las primeras versiones de sus poemas y cuentos, sus opiniones e interpretaciones de los ensayos y otros textos que leía (estudió filosofía en la UNAM). De manera que cuando yo tenía 10 años me convertí en cierta manera en su alumno, escuchando sus ideas sobre Heidegger, Bergson, Husserl y otros filósofos que le interesaban. Viéndolo ya con cierta perspectiva, creo que fue la educación más importante que he tenido en mi vida.

Nunca pensé en ser escritor, pero me volví un lector obsesivo durante mi adolescencia, y de hecho pasé años tratando de escribir toda clase de cosas: cuento, poemas, ensayo. Debido a que tenía un interés por el dibujo, mi padre decidió que iba a ser pintor. Pero cuando comencé a estudiar arte pronto se volvió evidente que la pintura no me funcionaba para lo que quería hacer —las estructuras narrativas y compositivas dominaban todo lo que yo hacía—. De manera que comencé a hacer performance y proyectos de tipo conceptual. Regresé eventualmente a la poesía, no con el interés de ser poeta, sino con el deseo de avanzar con el interés del arte conceptual de usar al texto como medio.

La obra “Ave Paria” en realidad es bastante tradicional cuando la miras desde el contexto de la historia de la escritura restringida, comenzando por ahí de Marcel Broodthaers: se trata de borrar parte de este poema nacionalista de López Velarde para construir un nuevo texto que viene a ser, en contraste con el original, una especie de misiva adolorida para un país que nos ha decepcionado: una carta no ya de exaltación patriótica, sino más bien una misiva que se lamenta del amor que no fue, de lo malogrado, de aquello que nos dimos cuenta al despertar muchos años después y ver algo que no reconocemos.

T: Y la música. Sabemos también eso. Platícanos tu relación con ella. Nos parece importante mostrar un panorama completo de tu trabajo y creemos que es una parte muy importante la música.

PH: La música ha sido importante para mí más que nada para elaborar estructuras en los proyectos que hago. Viene a servir como una especie de andamiaje conceptual. Nunca me ha interesado ser un artesano del objeto físico. Si bien admiro ese oficio, me identifico más con el papel del compositor: es decir, el poder conceptualizar una idea y que esta se realice con diversas interpretaciones. En este sentido veo una relación interesante entre la composición musical y la pedagogía: son disciplinas que establecen caminos que deben de ser apropiados e interpretados por otros. El trabajo que hago hoy en día, que suele caer en lo que se denomina arte de interacción social, tiene asimismo una especie de estructura compositiva, que si bien se puede ver como una especie de guión (o composición) de tipo social, sólo cobra vida cuando se realiza por alguna persona o personas.

T: En México hay un encuentro entre las nuevas generaciones de poetas y la obra de Ulises Carrión. En Terraplén hemos entrevistado a uno de sus más entusiastas estudiosos, Heriberto Yépez. Qué te parece este valoración de Ulises Carrión, un autoexiliado de México (algo que quizá compartan tú y él), artista interesado en procesos culturales, en intercambios de información y que ciertamente partió de la literatura hasta llegar abandonarla.

PH: Me parece que un personaje como Ulises Carrión no puede ser entendido claramente cuando se examina exclusivamente desde el lente crítico de una sola disciplina. Es decir, la manera en que un artista como él se vale de varios lenguajes (en cierta manera lo que los artistas de Fluxus como Dick Higgins llamaban el “inter-media”) lo vuelve un desafío de lectura desde la crítica convencional, ya sea de la poesía o del arte. Acabo de ver la exposición de su obra en el Reina Sofía —una relectura muy importante que nos ayuda a entender mejor su importancia y sin duda la manera en que presagia el tipo de arte que vendrá en los noventa, en México y en otros lugares—. No tengo la menor duda que en una década más a Carrión se le dará finalmente y justificadamente el lugar que merece en la historia del conceptualismo.

 T: Pablo, ¿qué es el arte contemporáneo ahora? ¿Hay un arte contemporáneo ahora?, ¿o qué hay?

PH: Estrictamente, toda obra de arte que se hace en este momento es arte contemporáneo. Puede que yo esté copiando directamente el estilo de Velázquez, pero a fin de cuentas lo que estoy haciendo es una repetición nostálgica de algo que tuvo vigencia en otro momento. Pero por supuesto, cuando decimos “arte contemporáneo” no nos estamos refiriendo a todo aquello que se hace en este segundo, sino a aquél arte hecho o interpretado por aquellos que tienen una especie de consciencia de su propia actualidad y que intenta dialogar o vincularse con esta realidad.

En realidad, el término “arte contemporáneo” es molesto y de hecho fastidioso- un término que se coloca en la portada de una revista de moda. No nos sirve realmente para diferenciar nada, y yo de hecho preferiría que no existiese como término. Está el arte que se hace en este momento y el que se hizo en momentos anteriores, y su relevancia radica en la manera en que participa o nos hace reflexionar en aquellas cosas – dilemas, conflictos, etc.— que vivimos.

T: ¿Con quién(es) debería dialogar el arte contemporáneo mexicano, además de Nueva York?

PH: Esto es algo muy sabido, pero el arte adolece de una paradoja muy particular en lo relacionado a su supuesto internacionalismo, y es que mientras más intentamos ser “universales” más provincianos nos volvemos. Es decir que una debilidad muy común entre artistas es querer ser “internacionales”. Esto no quiere decir que por ello debamos hacer arte folclórico o regional, sino que cuando pretendemos que vivimos en Nueva York, Londres o París cuando en realidad vivimos en Nayarit o Querétaro, lo que estamos haciendo realmente es mimetizar, generando derivaciones que no suelen ser de gran interés. El gran desafío para cualquier artista, viva donde viva, es doble: por un lado examinar cuidadosamente lo que ocurre por todo el mundo con un ojo crítico (pues al final vivimos en una realidad totalmente globalizada), y por otro establecer un diálogo integral con su propio entorno.

T: Pablo, nos interesa mucho tu punto de vista sobre el arte. Este punto de vista nos interesa también a la luz de las posiciones que Avelina Lésper ha tomado respecto al arte contemporáneo. Háblanos de tu carta a Avelina Lésper. ¿Por qué escribirle? ¿Cuál fue tu intensión?

PH: En México el fenómeno de Avelina Lésper sinceramente me fascina. Creo que hay que examinarlo desde un ángulo más amplio del de la persona en sí. Es decir que lo que ha ocurrido en México particularmente desde hace una década y media o por ahí, es que la esfera del arte, tan vinculada con el exterior, se ha vuelto casi incomprensible para una vasta cantidad de la población en el país. Sin duda hay un elitismo y jerarquía social en el arte que a la vez excluye a aquellos que no son considerados suficientemente conocedores para participar en él. Este tipo de exclusión es lo que nutre la fuerza de un personaje como Lésper, quien argumenta que el arte contemporáneo es una tomadura de pelo. Pero ése no es por supuesto el problema: el problema radica en que no hay una suficiente apreciación del arte contemporáneo en México. Esto por cierto no es un problema exclusivamente de tipo económico: hay mucha gente de clase media y clase alta en México que detesta el arte y el mundo pretencioso que éste genera, que por otra parte es una reacción perfectamente justificada.

Hace una década, cuando escribí el Manual de estilo del arte contemporáneo (un libro que es una sátira del mundo del arte en México pero que se puede aplicar al mundillo del arte prácticamente de cualquier otro país) me llamó la atención que mucha gente que se siente excluida por el mundo del arte me felicitó, pensando que estaba yo haciendo una crítica “a la Lésper” (esto, lo repito, fue una década antes de que Lésper se volviera un personaje conocido en el medio). Pero no: mi crítica era al esnobismo que se genera alrededor del arte, no al arte mismo. Atacar al arte como un complot internacional me parece una tontería, porque si bien hay muchísimo arte malo que se valora de forma desmedida, no es verdad que no existan filtros críticos: al contrario, la crítica internacional es feroz, y si algo emerge a pesar de esa crítica es porque algo tiene la obra que invita a un tipo de debate y reflexión. Finalmente, hay artistas que a mí en lo personal no me interesan o considero valiosos, pero entiendo y acepto perfectamente los debates que genera su obra (soy a fin de cuentas un educador). Quizá esto sea incomprensible para algunos, pero en mi libro Art Scenes traté de argumentar que el arte hoy en día radica en la conversación que genera, y no en el valor intrínseco de una obra que a fin de cuentas es imposible de determinar de forma científica.

La carta la escribí porque me interesaba aclarar algunas de estas cosas. No me ha respondido — ni creo que lo haga.

T: Qué es para ti el arte académico, y específicamente el arte académico mexicano. hay una Academia? ¿Para ti qué significa la Academia? ¿Hay varias? Se contrapone a la experimentación, al riesgo?

PH: Hay dos maneras de entender la academia: una, que es la histórica, que tiene que ver con el tipo de arte que se hacía a mediados del siglo XIX inspirado en modelos como Ingres, Velázquez, etc. Es un tipo de arte muy fácil de distinguir. Pero está por otra parte la academización de todo tipo de tendencias. Hay por ejemplo todo tipo de arte conceptual académico — que es uno de los peores. De hecho, prefiero mil veces a un pintor realista que pinte como Sorolla a alguien que pretende ser Duchamp en el 2016. El caso es que lo académico se puede entender también como la derivación formulaica de cualquier tipo de estética, ya sea una actual o una de hace dos siglos.

T: ¿Cuéntanos qué es Conversaciones para morir un poco menos?

PH: Es una exposición que realizo en la Tallera de Cuernavaca, presentando proyectos recientes, la mayoría de los cuales nunca se han visto en México. Dos de ellos tienen temática que directamente alude a esta ciudad. Pero ya que estamos hablando de lo contemporáneo y de interlocutores: esta muestra es sobretodo una reflexión generacional— un grupo de obras que reflexiona sobre nuestros legados generacionales, culturales y políticos, y cómo nos definimos hoy en relación a ellos.

T: Volver a México…

PH: He vivido fuera de México por 27 años — una verdadera eternidad y toda una vida para muchos. Cuando revelo este dato, mucha gente no me considera mexicano ya (yo sí me considero mexicano, pero a fin de cuentas lo que alguien opine de mi nacionalidad, ya sea yo u otros, no tiene la menor importancia). Pero diré dos cosas al respecto: una es que la experiencia del migrante en el siglo veintiuno es diferente a lo que era antes, sobretodo si uno tiene el privilegio de regresar a su país de origen (y hay que apuntar que estos días la migración de México a Estados Unidos está en niveles negativos). Los coreanos inventaron un término “generación 1.5”, refiriéndose a aquellos de nosotros que emigramos a otro país en nuestra edad adolescente, un momento en la vida en que por lo general uno es capaz de absorber y asimilar otra cultura sin necesariamente perder la original. En cierta medida, uno se vuelve un ser híbrido, que en diferentes situaciones pertenece a dos mundos y en otras no pertenece a ninguno. Pero esto lo acepto, porque ser artista significa exactamente eso: ser espectador y partícipe de la realidad, pero a la vez nunca poder lograr integrarse completamente a ella.

Elvia Burns (Acapulco, 1993) es músico autodidacta y fotógrafa. Ha expuesto fotografías suyas en distintas exposiciones colectivas. Su serie fotográfica No me toques los cojones fue elegida como mejor obra en el concurso de fotografía Gabriel Figueroa en Chihuahua en 2015.  Es amante del Postpunk y del New Wave. Toca la batería y el bajo. Es un sueño para cualquier chico. Piensa que un día quemará todo y regresará a su planeta en un cohete naranja.

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Written by Terraplén

Terraplén, revista de arte y cultura