Allá donde nací

Sin título8 - Allá donde nací
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Y ahora acabo de llegar del Ahualulco
de bailar este jarabe tapatío
como dicen que lo cantan y lo bailan
las mujeres bailadoras de El Bajío.

                                                                                           “El Ahualulco”, Son Jarocho, ca. 1814

 

Etre el paralelo 20°37’ y el meridiano 103°52’, encontramos el municipio de Ahualulco de Mercado, en la Región Valles del estado de Jalisco. Por razones no del todo enigmáticas, el nombre de nuestro pueblo se repite, al ritmo del arpa y la jarana, en un son jarocho llamado, “El Ahualulco”. Su etimología náhuatl significa “lugar coronado de cerros”, aunque según otros especialistas, el prehispánico vocablo “Ayahualulco” quiere decir “lugar que rodea el agua”. La duda de si son cumbres o lagunas, ha marcado el carácter dubitativo e inestable de la población en el apartado de las causas políticas: liberal al amanecer, conservadora al mediodía, imperialista por la tarde y republicana al caer la noche. Y así podríamos seguir, con las metamorfosis de la conciencia y la militancia, en otras horas de la madrugada.

En réplica del mitote insurgente de Dolores, a cargo del cura Hidalgo, aquí tocó la campana el también cura José María Mercado, en noviembre de 1810, con el mismo apremio de ir a “coger gachupines”. Con tal misión se enfiló al norte para tomar, en poco tiempo, la ciudad de Tepic; pero sobre todo, ganó sus letras de oro en la historia matria por conquistar el estratégico puerto de San Blas; la rendición de tan valiosas plazas, conviene destacarlo, las llevó a cabo sin disparar un solo tiro, a puro golpe de oratoria y chantaje sentimental. En memoria del fugaz párroco de nuestra iglesia, la villa sumó, desde 1846, su apellido de resonancias mercantiles, al grado que forasteros y políticos de montaña llaman a nuestra comunidad con el equívoco nombre de Ahualulco del Mercado.

Aquí nació, en 1814, el famoso naturalista, Leonardo Oliva, pilar de la ciencia médica en México; aunque murió pobre y “apestado”, en 1872, por recibir un apoyo de Maximiliano para la Escuela de Medicina de Jalisco que dirigía con honores; el poeta romántico, Manuel Acuña, dedicó una oda escéptica sobre el más allá de la muerte como un reconocimiento a su legado sobre los misterios de la vida. También son del terruño, el obispo Melitón Vargas (1828-1888) quien salvó el pellejo a Benito Juárez a su paso por Acatlán, el periodista Luis Manuel Rojas (1870-1949), presidente del Constituyente de Querétaro de 1917, el futbolista Luis “Pichojos” Pérez (1908-1963), integrante de “Los Once Hermanos” del Necaxa y mundialista de Uruguay 1930 y el diseñador de moda Julio Chávez (1920-2013) que vistió y desvistió a bellezas inquietantes de la talla y curvatura de Niñón Sevilla, Meche Barba o Yolanda Montes, “Tongolele”.

Ahora que se avecina la conmemoración por el centenario de los trabajos legislativos en Querétaro, cónclave que dio origen a la Constitución de 1917, el nombre de nuestro paisano, Luis Manuel Rojas tendrá su merecida reiteración, aquí y allá, en la oratoria y en la espuma de nuestra clase política. A un costado de Templo del Altar Mayor, desde hace un par de décadas, en una plazoleta de tabachines donde gustan reunirse nuestros viejos para alardear del pasado heroico, se levanta un modesto pedestal con el busto del protagónico constituyente. Este ahualulcense preclaro fundó la célebre Gaceta de Guadalajara donde un Ramón López Velarde publicó en 1909 la crónica “Jugando baraja” y, años más tarde en la ciudad de México, lanzaría una de las publicaciones periódicas de mayor resonancia en el ámbito de la cultura mexicana de aquella etapa convulsa: Revista de Revistas. Tras los hechos funestos de la Decena Trágica, días de “Caín y metralla” diría Alfonso Reyes, Luis Manuel Rojas se opuso al cuartelazo y a la figura del chacal Huerta y denunció la alianza siniestra del embajador de los Estados Unidos, Henry Lane Wilson en la conspiración y en los asesinatos de Madero y Pino Suárez. Se sabe que escribió versos en su juventud y que fue un bibliófilo de alta denominación como su grado 33 de masón de cepa. Durante el gobierno de Carranza estuvo a cargo de la dirección de la Biblioteca Nacional; murió en la Ciudad de México en 1949.

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Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.