Dos figuras retóricas en «El muro» de Sartre

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Nos arrojaron en una gran sala blanca y mis ojos parpadearon porque la luz les hacía mal”. Con esta contundente frase empieza la novela El muro, del filósofo francés Jean-Paul Sartre. En este texto comentaré dos figuras retóricas derivadas de este escrito: la personificación y la sinestesia. Comenzaré por la primera.

La “gran sala blanca”. El color blanco de esta sala intensifica la luz que entra en ella, le sirve de eco y resplandor. Al cobrar esta fuerza, la luz intensa es violenta, agresiva y hace mal a los ojos, y por ende, adquiere personificación. La luz será un personaje que aparecerá a lo largo de la novela, y, como todo personaje, sufrirá variaciones. Alguna de las escenas dentro del texto mencionan a este elemento son las siguientes:

La luz entraba por cuatro respiraderos y por una abertura redonda que habían practicado en el techo, a la izquierda y que daba sobre el cielo” (Sartre, 2013, p. 14). “Una luz suave se filtraba a través de los respiraderos” (Sartre, 2013, p. 16). “Ninguna luz se deslizaba en ese sombrío rincón” (Sartre, 2013, p. 21).

Los ojos representan el sentido de la vista, pero más allá, también identifican al personaje mismo. Es decir, la luz no solamente lastima a los ojos; en realidad estará lastimando a todo el personaje. Y por eso mismo, ella misma es un personaje. Pablo Ibbieta, el actuante principal, se vale de sus sentidos para conocer al mundo. Cuando es arrojado a esta sala blanca sus sentidos quedan trastocados, heridos. Pues la luz hace mal, corta los sentidos. Y como la vista es la primera en afectarse, esta trastocará al mundo; seguirá viendo, pero bajo el peso del temor que infunde esta luz blanca.

Así sucede cuando el personaje principal mira a los demás, con sus ojos trastocados. “Yo miraba a Juan” (Sartre, 2013, p. 24), dice. Y más adelante, detalla esta mirada.

Tenía un rostro demasiado fino y el miedo y el sufrimiento lo habían desfigurado, habían torcido todos sus rasgos. Tres días antes era un chicuelo de tipo delicado, eso puede agradar; pero ahora tenía el aire de una vieja alcahueta y pensé que nunca más volvería a ser joven aun cuando lo pusieran en libertad. (…) No había dicho nada más pero se había vuelto gris: su rostro y sus manos eran grises (Sartre, 2013, p. 15).

Y no solamente Juan Mirbal se tiñe de gris. Párrafos más adelante, también Tom Steinbock se vuelve gris y miserable. Y finalmente, páginas después Ibbieta también experimenta este cambio: “Estaba gris y sudoroso” (Sartre, 2013, p. 21), menciona. Esta característica lo hace semejante a sus otros compañeros de condena. “Éramos semejantes y peores que espejos el uno para el otro” (Sartre, 2013, p. 21), continúa.

En la siguiente parte, comentaré la figura retórica de la sinestesia.

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Elizabeth Delgado es doctora en Literatura, poeta y ensayista. Ha obtenido el Premio Nacional Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Artes Plásticas 2004 y el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2010. Administra el siguiente blog: veintiunletras.blogspot.mx