Cuarto con vista

Sin título2 - Cuarto con vista
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Persona 1

Mi papá estudió en Ayotzinapa. No sé qué más decir. No hablaba mucho sobre eso, sólo sabemos que él y mi tío, su hermano mayor, estudiaron ahí y cuando hablaban de esa etapa sólo decían del hambre que pasaron, todo el tiempo estaban con hambre. Mi papá, en la Normal, se hacía tacos de hormigas chicatanas y chile, porque era lo que había. Eso nos contaba ante nuestros ojos espantados cuando no queríamos comer. Mi hermano y yo abríamos los ojos grandes imaginando que él comía hormigas. Años después yo comería gusanos de maguey, hueva de hormiga y grillos dorados en un restaurante excesivamente caro y recordé la historia de comer hormigas porque era lo único que había. Nos llevó un día a conocer la Normal, que está muy cerca de Tixtla, ya luego fuimos a Chilapa, a comer pozole. Yo debía tener unos 16 y mi hermano unos 12.

Ya de grande fui a verlo donde trabajaba en los últimos años, usaba una camisa polo con su nombre bordado y abajo el nombre de esa escuela, una en el centro, casi un lujo comparado con las primarias en la periferia de Acapulco donde le tocaba ir. Estaba furioso, había tenido una pelea con una maestra que se negó a hacer lo que él le había pedido, como favor personal y como orden: que no comiera dentro del salón de clases, frente a los alumnos. Eso le parecía lo más grosero que alguien puede hacer: comer frente a niños que no han comido en casa, ya que sus papás no podían darles dinero para que compraran algo en la lonchería. Así que están todo el turno sin probar bocado. La relación de hambre con ser educado él la conocía muy de cerca, comprendí su enojo y su frustración. No era humano hacer eso. Era un acto de soberbia y de falta de empatía tremenda. De esas historias, como piedritas, se llenaba su día.

La historia de la violencia está marcada por el hambre. Eso creo. No toda, pero sí en gran medida. Un niño de 13 años mató a un desconocido en la calle por 30 pesos. Contar Guerrero a quien no es de ahí es narrar sobre lo bello, lo pobre, lo analfabeto, lo violento en una sola marejada de paisajes, humores; es como Sudáfrica, concluí en una cena. Noté que comprendían. Así dejé de contestar las preguntas de ¿por qué pasa esto? ¿por qué no hacen tal o cual cosa? África es una realidad más cercana.

Persona 2

Viajes. Mira, la verdad es que dejé de viajar en 1992. Conocí 20 países. Luego, como todo pasa, me sentí en el mismo sitio por más que cambiaba de avión y de paisaje, incluso de idioma, comida y moneda, ahhh y la música. Por lo general la música suele ser la misma en bares y en taxis, algo entre Los Beatles, y lo que suene a Roberto Carlos pero en otro idioma. Las señales fueron apareciendo de vez en vez, la molestia porque me quitara los zapatos en los aeropuertos, la revisión minuciosa de mi pasaporte, mi acento que podía ser de un puñado de países no ayudaba, si tardaban en servirme el plato en un sitio yo alucinaba que era por mi origen, mi color de piel, mi ropa gastada. Y la verdad, así como uno puede cansarse de vivir en el mismo lugar yo me cansé de moverme. Un viaje de 3-4 días me dejaba agotada, tenía que encerrarme en casa sin ver ni hablar con nadie para poder recuperarme, sentirme yo de nuevo, oler la cama, la cocina, sentir que estaba en un “presente” en ese momento. Así que cuando, una madrugada, llegué y mi amiga en turno no había podido pasar a regar las plantas y una de ellas había muerto ostensiblemente (era una enredadera y ocupaba la mitad de la sala, trepada por las paredes), decidí que no más. El mundo dejó de interesarme. Hace años venció mi pasaporte. Los viajes ilustran, nos hacen cultos es una propaganda que no es tan cierta. Los viajes nos hacen turistas, que es como ser alguien que no tiene interés real en el lugar que visita. Ir al museo, caminar las calles de la plaza, comer fuera, ver personas que podrían estar en tantos otros sitios con la misma ropa, el andar apresurado. Lo que importa es contar que estuvimos ahí, como un trofeo, un lugar del que hablaremos al regreso. Si bien nos va, tenemos una charla con el mesero o el bartender. Hasta ahí la exploración del otro mundo. Cuando alguien me dice: “¿Ah y fuiste a tal parte?”, ya sea barrio judío, librería, ruinas, piedras, lagunas, aguas termales, museo grandote, iglesia con los frescos de…, no dudo un segundo y digo: “Sí, claro, ¿cómo me lo iba a perder?”. Así me evito dar vueltas a discusiones donde me reprenden por haber ido tan lejos y no haber estado en el barrio judío, librería, ruinas, piedras, lagunas, aguas termales, museo grandote, iglesia con los frescos de…

También dejé de asistir a cosas de familia. ¿Algo peor que los viajes? Los bautizos, funerales y bodas. O visitar a la tía que medio recordamos de niños, en el hospital. La pelea con mi madre valió la pena porque le grité que odiaba a su familia y se ofendió de tal manera que me excusó de no ir a nada, absolutamente nada. Pero salgo, sí, un poco. Doy la vuelta a la manzana, odio a los perros que estén ahí en ese momento y luego regreso a conocer países y recetas especiales en la tv, nada que me calme más que eso. “Conozca el mundo sin salir de casa”, debería decir un lema de Sony o Samsung. Tanto que desprecian el aparato. Los intelectuales creen que la gente ve telenovelas y futbol. Agreden a los televidentes dando por hecho su estupidez eterna.

Aún conservo a un par de amigos de la universidad. Los veo poco porque tienen familias y así. Las personas ya no son las mismas, los hijos y las esposas son los mejores pretextos para no hacer, no decir, no gastar. Me dan pereza pero como son de mi generación los frecuento. Yo pude haber sido ellos, a final de cuentas.

Persona 3

Mientras vigilo el huevo frito te escucho hablar. Estás por el estudio o la recámara y buscas algo. Me preguntas cosas. El huevo está haciendo burbujas en la orilla, es hora de sacarlo antes que la yema se cueza, entonces lo acuesto en la tortilla frita. Lo veo extenderse ahora, y es como si tomara sol, el huevo. Relajado con la yema temblando aún y cocido perfectamente alrededor. El café está listo y es justo ahora que llegas a mí. La calle está silenciosa, como ajena, una obra en construcción a lo lejos. Nadie, ahora, nunca, entonces, escucha música. Nadie. El silencio es algo que puedes atajar de frente, como si tuviera cornamenta. El silencio que sube por las escaleras del edificio como humo, y se mete aquí, donde estamos, sin celebrar nada, sin pensar nada, sin decir, soñar, almorzar. Mucho tiempo así. Sin venir a cuento, nada, nadie, sin música de fondo, silencio arriba, dentro, silencio que llega desde los platos apilados en el fregadero. La cocina es el escenario más repetido. Pero no hay nada de sórdido en ello. El piso de la cocina no puede mantenerse limpio. Tú, yo, nadie ahora entonces que conteste el teléfono. Ninguna tele encendida, ni radio, ni noticias siquiera. No saldrá nadie, nadie moverá un dedo y los labios sellados con restos de la yema en una esquina casi imperceptible, pero los ojos close-up y veo lo amarillo en el borde, boca rojiza. La boca es como una rodilla, ¿no lo crees? Y justo ahora nunca entonces nadie el refrigerador se enciende.

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Written by Brenda Ríos

Brenda Ríos

Autora de los libros Escenas del Jardín; Empacados al vacío, ensayos sobre nada; Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco; El vuelo de Francisca; Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector. Ha sido beneficiaria de los programas del Fonca; PECDA Guerrero y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013.