La extinción de los peces

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Una aproximación apocalíptica a 20 años de la primera edición de Voluntad de la luz

 

Volundad de la luz
Luis Armenta Malpica
94 pp.
Salto Mortal, Guadalajara, México, 2016

 

Han transcurrido veinte años desde el día en que el premio de poesía más importante en México tomara la decisión que ha envuelto[1], en un espectro de morbo, el poemario de Luis Armenta Malpica, y que el planteamiento de su metáfora esencial ha mantenido vigente: lo memorable es el concepto evolutivo como sentido de orientación en la existencia del hombre. La forma en la que esta concepción del mundo se instaura, ocurre con la contundencia de la herida inmortal que Robert Frost[2] refiriera de manera imborrable en un lector que se ve golpeado por los poemas que manifiestan su firmeza desde la primera impresión; no tienen por qué esperar la prueba del tiempo ya que, como también afirma Frost, la permanencia en el amor y en la poesía se percibe al instante: la demostración de un poema no es que no debamos olvidarlo sino que, al verlo, sepamos que nunca podremos hacerlo. La perdurabilidad de Voluntad de la luz ha sido legitimada por los críticos que desde un primer momento han apreciado la contundencia estética que lo sostiene.

Luis Vicente de Aguinaga[3], al nombrarlo como un poema cosmogónico, lo comparó con «el poema cosmogónico por excelencia de la tradición judeocristiana» los once capítulos iniciales del Génesis, y planteó su semejanza discursiva en la constitución del origen. A partir de una declaración de Armenta Malpica de que «la poesía no narra: sueña», se refirió al poemario como «“El sueño” de Luis Armenta […] en el sentido que la poética y la retórica clásicas daban a esta palabra, es decir: meditaciones en primera persona en torno a la naturaleza de lo no visible». Por su parte, Luis Alberto Arellano[4] anotó que en el libro, «el origen del pez es el origen del hombre» para plantear que «como el poema y el pez, el paseante requiere de otra forma para superar su estado de agotamiento. Ésta es la consigna poética de Armenta: la progresión fundacional del poema solo se da en su aniquilamiento».

La unidad del libro, permite o incita a que se lea como un solo poema profético que en cinco tiempos se presenta con el tono de las revelaciones, en el sentido apocalíptico del término (Apocalipsis: Del lat. tardío apocalypsis, y este del gr. ἀποκάλυψις apokálypsis ‘revelación’). La estructura en la que está contenido el poema de Voluntad de la luz es paralela a la que contiene el discurso catastrófico del Apocalipsis de Juan: aunque se oponen en el punto de partida de su transcurrir narrativo, convergen en el cruce de los planteamientos para conformar las metáforas coyunturales; por un lado, el origen en su devenir evolutivo hacia la fundación y, por el otro, la civilización hacia el fin de los tiempos, encuentran unión en la orientación de sentido en la existencia.

El pez será una ausencia cuando ya no lo nombren
mientras no puedan verlo las arañas
ni se le dé por muerto
en algún nido.

El pez será el asombro que se finja
cuando al ir al zoológico
en la sección de historia se le mire
disecado
encima de una ficha:
Pez
extinto

Con estas líneas comienza el «“El sueño” de Luis Armenta» donde se percibe el final del argumento donde se nos presenta la catástrofe y se irá adentrando al momento revelador al que Juan accediera de manera extática, desde el estar en el espíritu, y que Armenta Malpica consigue desde la ensoñación, siendo ambos estados alterados de conciencia donde encuentran el material con el que conformarán sus profecías. Para desarrollar los símbolos constituyentes de la mitología que puebla estos dos poemas se habrá de fijar el centro: El pez (IΧΘΥΣ, fue usada por los antiguos cristianos como anagrama de “Jesús Cristo Hijo de Dios Salvador”)[5] para desplazarnos al territorio al que ambos nos conducirán a través de los personajes protagónicos. Mientras en el Apocalipsis sobresalen los cuatro caballos como enviados de Jesucristo (El pez), en Voluntad de la luz aparecen La migala y Malagua para acompañar la travesía del pez, aunque con las variaciones que permiten la orientación hacia una resolución distinta. La manera en la que se presentan los personajes también ofrece coincidencias, no sólo en la atmósfera sino en el momento en el que son anunciados como verdaderas iluminaciones:

Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero y con justicia juzga y pelea.

Sus ojos eran como llamas de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo.

Se dice en “El jinete del caballo blanco” del capítulo 19 del Apocalisis. En “Invocación a Malagua” también hay una disposición de los elementos que envuelven al personaje en un ámbito de divino misterio. en donde el nombre se convierte en un acto esencial que puede repercutir en la transgresión y orientación en la esencia del mito:

[…] El fuego no dejaba mirarlo demasiado, ni siquiera acercarnos, ni siquiera callar. Vino después Malagua, el hijo de Malagua. Los que lo vieron dicen que mantiene unas hebras de semen en sus manos –apenas recibió la comunión– y que sonríe. Su nombre, emisario del fuego, no pudo ser cualquiera: le decimos Malagua, como decir veneno, ángel petrificado o pájaro en el sur.

Y es justamente, a partir del “Breve sur” que se advierte la aniquilación del mito mediante la conformación de lo civilizatorio. Es la ciudad el símbolo de la renovación («era una ruta que el pez ya sospechara») en el que se resuelve el cierre de los dos poemas. “La nueva Jerusalén” y “La ciudad de mar interno”. Los dos territorios plantean con un cambio la novedad: el fin de los tiempos (confusos) donde se ve la claridad que deja la voluntad de la luz en su transcurso. Es el final de la ira de Dios (purificadora) lo que posibilita la renovación de la tierra y el descendimiento de la Jerusalén en el relato extático de Juan. En Luis Armenta, la ciudad es una clarificación de las emociones, podría decirse como el final del trance de la ensoñación, cuando con plena lucidez nos dice: «mi corazón es la ciudad más grande que conozco» y que «no comienza ni termina con uno» sino que va hacia la unión amorosa para afirmar los elementos renovadores y fijar el norte en la aguja de la brújula con la que ha venido tomando (o dando) sentido al transcurrir de su discurso: «La ciudad es el hombre/ al que uno siempre vuelve de uno mismo».

[1] Juan Domingo Argüelles, Premio de Poesía Aguascalientes, 40 años. Conaculta, INBA e ICA, 2007, pp. 24 y 673.

[2] Robert Frot, “La poesía de Amy Lowell” en Prosa de Robert Frost, Argentina: Editorial Troquel, 1969, p 81.

[3] Luis Vicente de Aguinaga, “Todo a partir de un grano”, El pez no teme ahogarse. Lecturas de poesía mexicna, México: Arlequín, 2014, p 76.

[4] Luis Alberto Arellano, “El cuerpo abierto en dos”, Voluntad de la luz, Gramar Editores, Popayán, Colombia, 2012, p 8.

[5] Fernando de la Cruz Herrera, “Voluntad de la Luz y la Poética del silencio”.

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Gustavo Iñiguez (Valle de Guadalupe, Jalisco, 1984) es licenciado en Turismo por la Universidad de Guadalajara. Textos de su autoría han aparecido en diversas publicaciones periódicas. Dirigió la revista literaria Quiescencia. Es coordinador editorial y editor adjunto de Mantis editores. Es autor del cuaderno de poesía Dromedario (2008). En 2013, con el apoyo del CECA Jalisco, publicó el libro de poemas Espantapáramos. Fue becario del PECDA en 2015. Junto a Luis Armenta Malpica es compilador de Equinoccio. 50 poemas ecuatorianos del siglo XX (Mantis editores, México, 2015). Una parte de su libro Vocación animal (Mantis editores, 2016) se traduce al alemán para su publicación bilingüe en una muestra de poesía mexicana reciente (traducción de Rike Bolte).