Los divinos gobernantes

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Durante las Guerras Médicas, en la segunda expedición de Jerjes I, sucedió un episodio que explica, a mi parecer, cierta visión y creencia que de sus gobernantes tenían las culturas antiguas. Una noche se inició de pronto una fuerte tempestad que causó grandes daños y dio como resultado la destrucción del puente de barcas que Jerjes había mandado tender sobre el Helesponto para el tránsito de su ejército (el ahora estrecho de los Dardanelos, que comunica el mar Egeo con el mar interior de Mármara). Recibidas las noticias de la catástrofe militar, un curioso ritual tuvo lugar. En él, los sacerdotes del Rey y verdugos sometieron a proceso a la franja marina, y Heródoto lo narra de esta forma en su libro VIII de la Historia:

“Llenó de enojo esta noticia el ánimo de Jerjes, quien irritado mandó dar al Helesponto trescientos azotes de buena mano, y arrojar al fondo de él, al mismo tiempo, un par de grillos. Aún tengo oído más sobre ello, que envió allá unos verdugos para que marcasen al Helesponto. Lo cierto es que ordenó que al tiempo de azotarle le cargasen de baldones y oprobios bárbaros e impíos, diciéndole: —“Agua amarga, este castigo te da el Señor porque te has atrevido contra él, sin haber antes recibido de su parte la menor injuria. Entiéndelo bien, y brama por ello; que el rey Jerjes, quieras o no quieras, pasará ahora sobre ti. Con razón veo que nadie te hace sacrificios, pues eres un río pérfido y salado.”

El castigo fue ejecutado, según el querer del rey, infligiendo al mar 300 azotes acompañados de una terrible y ofensiva maldición. El rey ordenó también que fueran arrojados al mar dos cepos con una marca de fuego, para dejar sobre él un deshonor permanente, como el de cualquier esclavo o cautivo de guerra.

El gesto puede ser juzgado actualmente encuadrándolo en un sentido ritual y religioso. Entre los objetivos del ritual estaba probablemente el de quitarle el sentido sagrado que se daba a los Dardanelos, sobre todo si se toman en cuenta las diversas leyendas y mitos que existían sobre la zona, recordando siempre que el Medo era un ejército ampliamente multicultural y que muchos de los clanes envueltos en él rendían culto al estrecho (de ahí la fórmula: Con razón veo que nadie te hace sacrificios). Sin embargo no hay que olvidar que tan furioso castigo estaba también entre las atribuciones de Jerjes, quien según alguno de sus títulos, era Rey de las Naciones, o lo que es decir, rey del mundo. La naturaleza divina de su poder había sido demostrada muchas veces, como cuando secuestró la estatua de Baal y clausuró, por así decirlo, el reino de Babilonia. Jerjes también era, por derecho de conquista, faraón de Egipto, y por lo tanto, cuando menos para una parte de su ejército, una deidad viviente.

El tono de Heródoto nos parece irónico a la distancia, y tal vez así lo sea. El pueblo griego era en realidad una rareza en el mundo antiguo. A Heródoto, perteneciente a una confederación de estados naciones rabiosamente independientes entre sí en donde cada tanto se proclamaba una cierta igualdad entre los hombres (entre los hombres griegos, ciudadanos, cabe decir), le parece tan extraño como a nosotros la inusitada reacción del rey persa y desproporcionada la confianza en sus facultades. Pero el hombre antiguo por lo general creía ampliamente en la autoridad de sus reyes, a la vez sacerdotes, juristas y militares. Frazen, en muchos capítulos de la Rama dorada, señala que el rey tiene siempre algo de divino y que esa parte divina es la mediadora entre los dioses y los hombres. El rey es un mal necesario en un mundo de deidades ciegas y sordas a los insignificantes humanos, alguien que asegura la buena cosecha, la lluvia, la fertilidad de las mujeres y la ausencia de las plagas. En parte el gesto de Jerjes era una obligación de su cargo.

Hoy en día difícilmente atribuiríamos algo de divino a nuestros diputados o al presidente. Al contrario, a veces dudamos incluso de su más sencilla humanidad. ¿Cómo llegan estos changos al poder?, nos preguntamos con cara de acidez mientras leemos el periódico por las mañanas. Pero basta encender la televisión, o asistir a un mitin político para contemplar el fervor de las masas de la que estos personajes son objeto. Cuando Rosseau dijo que el poder de los gobernantes descansaba en la soberanía del pueblo, si bien revolucionó la historia del mundo, no sentó realmente las bases para una comprensión racional de los fenómenos del poder. La soberanía del pueblo, esa suma ideal e inexistente de voluntades, es un ente igual de lejano que Ahura Mazda, el dios tutelar de Jerjes.

En la parte superior del código Hammurabi puede leerse: “(…) entonces Anum y Enlil me designaron a mí, Hammurabi, príncipe piadoso, temeroso de mi dios, para que proclamase en el País el orden justo, para destruir al malvado y al perverso, para evitar que el fuerte oprima al débil, para que, como hace Shamash Señor del Sol, me alce sobre los hombres, ilumine el País y asegure el bienestar de las gentes.” Podemos ver que Hammurabi o sus consejeros ya tenían de por sí preocupaciones ontológicas respecto a la legitimidad de la ley que proclamaban. ¿Qué obligaría, moralmente a una persona, a seguir los preceptos recién promulgados? Si bien una legislación puede imponerse simplemente por el monopolio de la violencia por el estado (Hobbes dixit), tal orden no prosperará sin una teoría convincente que lo respalde. El lector podrá creer que las apariciones de los dioses a Hammurabi (no muy lejanas de las intervenciones legislativas bíblicas de Yahvé) suenan como a cuento de hadas. Una compañera muy laica me dijo hace poco que el matrimonio, como se veía en el código de Hammurabi, no era un matrimonio civil, porque era sancionado por el rey, quién a su vez era sancionado por los dioses. Nunca pude explicarle que un matrimonio siempre es civil, por una parte, y que las atribuciones que ahora tiene el estado antes la tenían otro tipo de instituciones, que el Rey era el estado y que, además, era indisoluble de su condición divina. Esto me dejó pensando en el hecho de que todas nuestras leyes, y las de la mayoría del “mundo civilizado y moderno” descansan en la noción del derecho positivo, a saber: que el hombre ha creado el Estado y en él ha constituido los poderes en los que se manifestará la soberanía. Es decir, un andamiaje en el aire, tautológico, donde A (el Estado) es la causa de B (la soberanía) y a su vez B es la causa de A. Es decir, que tampoco hemos encontrado un asidero racional a la legislación y gobierno del mundo moderno.

Es mi deber matizar todo lo antes dicho. Las formas modernas de gobierno y legislación, basadas en la soberanía y en la libertad e igualdad de los gobernados y los gobernantes, son por supuesto preferibles y más efectivas. Permiten la rendición de cuentas (más o menos) y el perfeccionamiento paulatino de nuestros derechos y obligaciones, al ser en teoría la sociedad civil quien crea tales leyes ateniéndose a sus propios intereses. Pero si escarbamos en el fondo, en los cimientos de todas nuestras instituciones, es preciso reconocer que están basadas en la práctica y ejercicio del poder, más que en una teoría que se sostenga firmemente. Es hora de darnos cuenta que tan lejos estamos de la visión del mundo de los antiguos, y a la vez, paradójicamente cerca.

 

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, 1984) es estudiante de Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha publicado El genio de la familia (Tierra Adentro), Los dones subterráneos (Posdata) y La muerte del pelícano, junto con Daniel Espartaco (ediciones B).

 

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