Mi historia con la música: Ángel Ortuño

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Para este séptimo número de Terraplén invitamos al poeta mexicano Ángel Ortuño a que escribiera sobre la música, que no será sino su música, desde luego. El pasado y las aficiones, las aversiones y los desencuentros que vinculan la música a la vida de una persona. La música como una manera de colocar historias en la memoria.

Hace tiempo leí que Page Hamilton, de Helmet, había decidido el tipo de música que le gustaba en los trayectos que hacía a bordo del coche de su madre: todo menos eso.

Mi historia con la música también incluye a mi mamá, pero de otra forma. Los domingos me aburría espantosamente porque, en casa, mi hermano mayor y mi padre pasaban el día viendo futbol en la televisión. Cuando se terminaban todos los partidos, veían un programa donde repetían los goles y hasta las pésimas jugadas. Algo espantoso. Además, para que sintiera la emoción de la competencia (sí, cómo no…), invariablemente me asignaban los equipos más malos. “Perdieron los tuyos”, decían con un entusiasmo inexplicable. Pues bien, lo mejor de los domingos era largarme a hacer la compra en el supermercado con mi mamá. Ella tampoco podía explicarse ese entusiasmo mío y adquirió la costumbre de comprarme cada vez un pequeño obsequio. El día crucial fue cuando ese regalo salió de un botadero de discos de 45 rpm. Me dijo: “Toma el que quieras”. Yo busqué en el montón y, de pronto, vi uno cuya portada eran cuatro personajes con el rostro pintado. Era el “Strutter 78” de KISS. En cuanto llegué a casa, lo puse en el tornamesa.

Mi padre y mi hermano lo odiaron. Yo quedé completamente enamorado.

En el colegio marista me dijeron que eran satánicos. Supe que sería amor eterno.

La charla con compañeros de la primaria hizo que me enterará de que había grupos todavía más ruidosos que KISS. Quise conocerlos todos, pero era muy difícil. Los lp importados eran muy caros y muchos no salían en edición nacional. Por lo pronto, empecé a guardar dinero para comprar todo lo que pudiera de KISS. Fue la única vez en mi vida que conseguí ahorrar.

En secundaria —todavía en el abominable colegio marista— supe de Scorpions, Iron Maiden, Accept, Plasmatics, Sex Pistols… Y ocurrió una nueva revelación: el “Iron Fist”, de Motörhead. La pared de mi cuarto, llena de posters de grupos de metal, tenía un inobjetable centro: Lemmy, tocando un ruinoso bajo en el que estaba escrito “Born to lose, out to lunch”. El afán de conseguir todo de Motörhead, que hoy se habría resuelto con un par de clicks, entonces me llevó a vender cigarrillos y alcohol, a escondidas, durante los recreos en el colegio Cervantes del Bosque.

En la preparatoria —por fortuna ya en la universidad pública—, mi mejor amigo oía justamente la música que yo aborrecía: cumbias, norteñas y todo lo que diaria y generosamente me sorrajaban en los oídos —como parte de una evidente y poderosísima conjura— los choferes del transporte público. Ninguno de los dos podía entender que el otro escuchara “esa jodida música”. Él detestaba el rock.

Recuerdo que dedicaba largas parrafadas a demostrarle su error. Recuerdo, también, que mi afán proselitista no tuvo el menor éxito. Hice entonces lo único sensato: me desentendí de intentar siquiera decirle a alguien que lo que me gusta era lo mejor. De hecho, incluso dentro del metal, de inmediato me atraen grupos que los “puristas” (los hay en todas partes) aborrecen. ¡Vamos, empecé oyendo a KISS! Es decir, estaba desacreditado desde el principio.

No le veo el caso a hacerme el inteligente para hacerles sentir a otros que sus gustos son un asco. Y me divierte cuando alguien trata de hacerme a mí esa jugarreta. Pero, esperen, la historia de mis desencuentros musicales tiene también otra estación: ya en la carrera, en la Facultad de Filosofía y Letras, topé con el imperio de la trova cubana… y con los más sofisticados argumentos para demostrarme que aquello que me desagradaba tanto era poesía, compromiso social, combate por causas justas y que sé yo qué tantas idioteces más. Por supuesto, me volví un ferviente partidario de que todos los cantantes que dijeran cosas como “me mueroooooooooo” lo cumplieran cuanto antes y con el mayor realismo literal.

Y, bueno, me gusta el metal (de todo tipo), el noise, el punk, el grindcore… Y pienso que Charly García es inmortal. Eso.

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