Playlist

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Recuerdo tener 6 o 7 años, la emoción de descubrir que hay en el mundo personas que trabajan en la radio, contestan el teléfono y ponen la canción que tú les pidas; luego la imagen de la primera chica mayor con la que sentí que hablaba en condición de iguales, que algunas tardes aceleraba la respiración con el dedo sobre el botón de rec para grabar los hits de la Trevi o de Caló en casetes que hubieran hecho llorar de orgullo a Bill Gates. Curioso culto a la repetición, o a la posibilidad de repetir, en todo caso; curioso porque esta chica de cualquier manera llamaba a la estación cada que podía y no acostumbraba variar mucho en sus complacencias, y porque al final de cuentas en la radio la gente suele pedir una de las mismas cinco o seis canciones; más en esa época sin youtube ni tanta televisión por cable, cuando ignorar las novedades del pop en inglés aún no era signo de tercermundismo digital y quizá nos daba menos pena reconocer, como los niños, que preferimos la repetición en vez del cambio o la novedad.

Pero en los últimos tiempos vendrán cosas no vistas, dijo más o menos el profeta Timoteo, con suficiente ambigüedad como para quizá referirse a internet, que es decir: la oscuridad parlante de cada día. Spotify abre la ventana para, si así se quiere, pasarse años escuchando música sin repetir ni una canción; no necesariamente buena música, ni algo que nos interese o cuya existencia nos alegre, pero por millares y sin oír dos veces lo mismo. Viéndola bien, no es tan buena la oferta; poniéndonos dramáticos, podría ser un infierno hermano del de aquella obra de Sartre: tres condenados en una habitación, cada quien escuchando en audífonos eternos el catálogo completo de Soundcloud.

Tal vez un marcador de cierta etapa de la vida, de quebranto y aceptación, si es que llega, cuando llega, sea el momento en que nos consideramos ya inaptos para hacer el amor en lugares distintos a la cama; acaso otro marcador sea el momento en que decidimos desinteresarnos por la música distinta a la conocida, salvo que ahí nadie siente derrota ni resignación. Dijo Rimbaud que yo es otro, pero la mayoría de las veces no sólo yo es yo, sino que yo soy sumamente yo. Por eso me gusta que me guste la música que me gusta, y en cambio no olvido el reconocimiento de la estafa cuando, después de un sueño intranquilo, mi itunes despertó convertido en un espantoso insecto que tenía el nuevo disco de U2.

Internet trabaja en modos misteriosos, porque en la sabiduría hay molestia, y quien añade ciencia, añade el mismo dolor que las recomendaciones ya hechas playlist, insondables: “Combinado semanal de música fresca. Nuevos descubrimientos elegidos sólo para ti”, dice la de Spotify, “Recomendado para ti. Mix ‘Voy a tener suerte’ según tus gustos musicales” la de Googleplay. Luego uno escucha la mitad de las canciones y puede preguntarse ¿qué concepto tiene este algoritmo de mí? Software, ¿por qué me has abandonado?

Huelga decir que la abundancia es ilusoria, tan sólo covers de los Beatles hay suficientes para iniciar una guerra y bajo el sol existen más versiones de Ne me quittes pas de las que el hombre merece sufrir. En fin. En el centro de la imagen al final sí aparecen dos o tres descubrimientos genuinos, pero el defecto de todas las playlists que recomienda la red es que se parecen en mala onda, como los duendes: su idea de variedad es en serio homogénea y un común denominador es la inclusión de 30% de canciones que si son chistes no les entiendo. A veces me pregunto si se estará burlando un programador de mí, si será porque nunca he pagado la suscripción de cien pesos, sino que aprovecho una promoción y cancelo antes de 90 días.

Dicen que dice Enzensberger, que los libreros de antes eran figuras de autoridad porque te recomendaban qué leer y, sobre todo, qué no leer, mientras hoy en los conglomerados de librerías ya no hay libreros, sino mayormente personas que buscan títulos en un catálogo electrónico, acomodan en el mismo anaquel a Patricia Highsmith y a Pérez-Reverte, y a veces también operan la caja registradora: alguien que vende un libro como si vendiera una resma de papel. En cambio, tú, yo, Spotify, el espíritu de un librero del XIX, no sé, piénsalo.

He escuchado a las mejores canciones de muchas generaciones destruidas por la cordura de los covers, pero no culpo a Alejandra Guzmán por intentar una versión de Dylan, sino a internet por desenterrar ese secreto y meterlo en mi playlist; no perdono al algoritmo ni a la vida desatenta, no perdono a la tierra ni a la nada. Mejor eso a que no sea un error del algoritmo, sino un guiño desde detrás del espejo; mejor eso a que estemos viviendo en la proyección de un sueño, como en The matrix, y esas canciones de John Mellencamp que salen entre las recomendaciones sean el verdadero yo, que ya despertó, pero sigue del otro lado, tratando de saludar, haciéndose el chistosito. Puede ser que el error en el sistema es que haya sistema.

Javier Ahumada Aguirre (Veracruz, 1985) es licenciado en Letras Españolas por la Universidad Veracruzana. Ha publicado cuentos, entrevistas y reseñas literarias en La Palabra y el Hombre, Frente, La Nave, entre otros medios culturales. Ha sido corrector de pruebas en la Editora de Gobierno del Estado de Veracruz, editor de la página cultural del periódico Crónica de Xalapa y director de la revista literaria electrónica Litoral-e, del Instituto Veracruzano de la Cultura; actualmente se desempeña como editor dentro del departamento de Publicaciones del Ivec y es uno de los gestores del proyecto autónomo sustentable Cartonera Nómada Editorial.

 

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