Muerte accidental de un pasquinero

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En este séptimo número de Terraplén les compartimos el inicio del cuento “Muerte accidental de un pasquinero”, del libro Dispárenme como a Blancornelas, ganador del premio La Paz, publicado por Nitro/Press y el Instituto Sudcaliforniano de Cultura en 2016: www.nitro-press.com/disparenmecomoablancornelas

Tenemos plena conciencia de que estamos fabricando una acción narrativa que sólo en parte corresponde a la atmósfera ominosa que nos perturbó durante la noche. Los especialistas dicen que la función de esos sueños angustiosos consiste en descargar al exterior una energía innecesaria, de tipo venenoso… El sueño implica una defensa o un presagio.

Sergio Pitol

I

Antenoche me soñé escribiendo la biografía de Argemiro Montaño. En mi sueño escribí e investigué con tal fluidez y soltura que por un momento creí estar por fin dando forma a mi eternamente postergada novela nonata. Sí, en mi sueño la escritura fue hedonismo puro, un verdadero arrebato inspirador, pero aquello no era ficción ni poesía, sino una historia real, hecha y derecha, trabajada con mi riguroso método de biógrafo serio. La nitidez y el realismo del sueño fueron tales que al despertar dudé si habría estado yo antes en Nacozari —o en ese poblado que mi subconsciente representa como Nacozari—, a donde viajé para entrevistar a unos cuantos viejos que conocieron a Argemiro Montaño en su infancia y adolescencia. Tan completo fue mi sueño que me representé en mi fase de investigador, recogiendo testimonios y hurgando en documentos del registro civil del poblado, pero también hubo tiempo para verme escribiendo sin descanso en el cuarto de un hotelucho, al lado de una vieja mina de cobre. Tal vez la única diferencia con lo que creo es la realidad, es que hasta ahora sólo he escrito biografías de personas vivas que se han pasado horas frente a una grabadora contándome su vida (o lo que ellas quieren se recuerde como su vida). La de Argemiro Montaño, en cambio, es (o será) mi primera biografía que termina con la muerte del personaje. Es también la primera en que yo juego un rol fundamental, y si bien aún puedo contar con los dedos de una mano las veces que vi en mi vida a Argemiro Montaño, la realidad es que soy un personaje insustituible en su historia. Vaya, digamos que por vez primera en una biografía tengo algo realmente revelador que contar, aunque me alegro de haberlo contado sólo en mi sueño.

II

No soy dado a creer en premoniciones, símbolos o mensajes, pero después de lo sucedido esta mañana me es imposible interpretar mi sueño como una simple casualidad sin trascendencia. Hoy, poco después de las 11:00, he recibido una llamada del Instituto Sonorense de Cultura para invitarme a la entrega de los premios literarios Ciudad de Nacozari, en los que yo fungí (o dije fungir) como jurado, aunque, en honor a la verdad, ni siquiera me tomé la molestia de leer un solo manuscrito. Después de lo que aconteció durante mi último viaje a Hermosillo, no me quedaron ganas de volver a Sonora nunca en mi vida, pero ahora hay algo superior a mi raciocinio que me obliga a viajar. De hecho la idea de invitarme a fungir como jurado en un certamen literario, sin ser yo un literato o algo parecido, y pagarme excepcionalmente bien por ello, es un intento del instituto por tratar de lavar con lisonjas y honorarios elevados la pifia del pasado viaje. Una pifia burocrática que desencadenó, aunque ellos lo ignoren, el triste final de Argemiro Montaño y mi compromiso moral de escribir su biografía.

Nunca en mi vida he estado en Nacozari, pero hace dos noches mi sueño transcurrió justamente ahí. Alguna vez un colega me dijo que la escritura revelada a través del sueño es un don o un privilegio que muchos escritores no experimentan en toda su vida. La tercera persona creativa, ese duende interior que habita en las profundidades de cada aspirante a creador, puede desdoblarse con toda intensidad en los parajes oníricos. Sin embargo, me advirtió mi amigo, una vez que el duende nos ha dictado una historia a través del sueño, hay que escribirla cuanto antes sin permitir que se enfríe. Hacer caso omiso puede derivar en una severa crisis de atrofia creativa como castigo por la indiferencia ante la revelación. Admito que en un principio pensé que lo mejor y más sano era olvidar mi sueño, pero esta mañana al recibir mi reservación para un hotel en Nacozari, caí en cuenta de que no tengo alternativa ni escapatoria: escribir esa historia es una suerte de mandato o misión y he decidido cumplirla.

III

Los puristas del arte de la biografía dicen que el buen biógrafo debe estar siempre oculto en las sombras. Su mano debe revelarse en el rigor de la investigación, en la pureza del estilo o en la profundidad de la inmersión en ese territorio siempre abrupto y complicado que es una vida humana. Esas manías de autores que se revelan a sí mismos hablando sobre sus métodos e indagaciones y se inmiscuyen como impertinentes personajes en las historias de los otros, son, bajo el criterio de los “puros”, egocéntricas abominaciones. Hasta ahora he sido un biógrafo neutral, discreto hasta el extremo, pero tratándose de Argemiro Montaño, yo soy parte de su historia, y acaso antes de empezar a escribirla, deba narrar los antecedentes de esta actividad mía que a la fecha se ha transformado en una profesión.

Me llamo Marcelo Cota, soy mexicalense, y debo aclarar que soy biógrafo porque no pude ser beisbolista, pese a que no es poca la gente de mi entorno que a la fecha me sigue diciendo que nunca, ni en el profesionalismo, vieron batazos tan potentes como los míos. Cierto, jamás fui un jugador muy completo o versátil, pero nunca nadie superó mi potencia en el bateo. Tengo los brazos muy fuertes, y cuando logro conectar un batazo, lo único seguro es que la bola saldrá disparada al infinito y más allá. Mis batazos son históricos; el problema es que casi nunca logro conectarlos. Vaya, soy un bateador fuerte, pero nunca dije que tuviera puntería y coordinación, y por cada buen batazo que pego, soy ponchado unas cuatro o cinco veces. Eso sí, cuando llego a pegarle a la bola hay carrera segura, pues si el juego es en estadio, la pelota suele volar mucho más arriba de las gradas, y si es en campo abierto, simplemente se pierde en el horizonte. De niño tuve la seguridad de que mi destino sería jugar en las Águilas de Mexicali para de ahí brincar directo a las ligas mayores. No eran por cierto sueños guajiros los míos. Más de un visor de las Águilas quedó efectivamente impresionado por mi fuerza como bateador, pero irremediablemente se decepcionaban al ver lo fácil que era dejarme ponchado. Aun así yo estaba dispuesto a ser profesional, y tal vez pude llegar a serlo si me hubiera esforzado en corregir mis defectos, de no ser porque me encontró indeciso el momento de la vida en que se deben tomar decisiones. Mis opciones eran seguir jugando beisbol 14 horas al día o inscribirme a estudiar administración de empresas. Mi padre decidió que eligiera lo segundo para llevar el negocio familiar, una ferretería con dos sucursales, en Palaco y en Valle de Mexicali. Yo era el único hijo varón, y fungía un rol que bien podría interpretarse como algo parecido a la gran esperanza de la familia. Papá me hablaba siempre de negocios millonarios y exportaciones a California y Arizona que yo habría de concretar cuando aplicara mis conocimientos profesionales, como si la universidad fuera a darme fórmulas alquímicas para multiplicar nuestras ferreterías por todo el Valle Imperial. El problema es que al llegar a la mitad de la carrera me quedé sin ferretería y sin papá. A la primera se la comieron las deudas y los embargos fiscales, y al segundo se lo comió un infarto fulminante provocado por su exceso de colesterol. Al final de mi carrera yo era un beisbolista frustrado y un pasante de administración de empresas sin negocio para administrar. Como no tenía futuro, ni dinero para construirme uno, fui a parar a la redacción de un periódico, que es donde paran todos los que no saben qué hacer con su vida cuando les ha quedado claro que no tienen las herramientas para conseguir eso que llaman triunfo. El diario La Crónica de Mexicali requería de un reportero para su recién inaugurada sección empresarial, y al parecer yo llenaba el perfil, pues no me aburrían los temas de exportaciones e importaciones, y al menos pretendía comprender lo que eran los udis, los cetes y los puntos bursátiles. Mi nuevo trabajo no ofrecía mayores retos ni complicaciones, y se limitaba a estar atrás de los líderes de la Canaco, la Canacintra, la Coparmex, la Asociación de Ganaderos y todas esas cofradías de hombres de negocios que cada cierto tiempo emitían declaraciones ordinarias y respuestas predecibles que yo podía deducir y redactar sin tomarme la molestia de hacerles la pregunta. Cada cierto tiempo, los líderes empresariales se quejaban de la fuga de consumidores, aunque sus mujeres irremediablemente surtieran sus despensas en Caléxico; de los decretos centralistas, aunque rindieran pleitesía al presidente y a los funcionarios federales; de las cuotas arancelarias y la actitud persecutoria de Hacienda, aunque muchos fueran consumados evasores. Al cabo de unos meses yo tenía en mi agenda los contactos de todo empresario mexicalense que se diera a respetar, una pandillita de veinte o treinta ricachones que se alternaban en la dirigencia de las cámaras mientras jugaban “retas” de tenis por la noche y cenaban tortas del Casino. Los conocía y me conocían, y puedo afirmar que me fueron tomando confianza. Me consideraban un reportero serio, profesional, que no chayoteaba y entendía su lenguaje empresarial. En La Crónica pronto fui ascendido a coeditor y más tarde a editor de la sección de Mercados, y sin quererlo ni buscarlo me transformé en algo así como experto en el tema empresarial mexicalense, sin que ello significara que mis ingresos fueran a la alza ni que mi salario dejara de ser modesto. Aunque el código de ética de mi periódico prohibía tener cercanía y trato amistoso con las fuentes, lo cierto es que no pasaba semana en que no tuviera una invitación a comer con algún personaje del mundillo de las cámaras empresariales. Los restaurantes chinos de la avenida Justo Sierra y el comedor del Casino se volvieron mi hábitat natural del viernes por la tarde, en donde me acostumbré a escuchar anécdotas y confesiones de los hombres de negocios de la capital bajacaliforniana. Así, de la misma forma en que de beisbolista frustrado y aspirante a administrador pasé a convertirme en reportero de la fuente empresarial sin saber cómo había operado la metamorfosis, una tarde cualquiera el destino (o más bien dicho un viejo empresario) decidió transformarme en biógrafo.

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Daniel Salinas Basave (Monterrey, Nuevo León, 1974) es autor de los libros Mitos del Bicentenario (ICBC, 2010); Réquiem por Gutenberg (ICBC, 2012); La Liturgia del Tigre Blanco (Océano, 2012); Cartografías absurdas de Daxdalia (Cecut, 2013) y Vientos de Santa Ana (Literatura Random House, 2016). Ha ganado, entre otros reconocimientos, el Certamen Internacional Sor Juana Inés de la Cruz por Bajo la luz de una estrella muerta; el premio Gilberto Owen de cuento por Días de whisky malo; el José Revueltas de ensayo por El lobo en su hora y el Malcolm Lowry por Cartógrafos de Nostromo. Fue enviado a la Zona Cero de Nueva York en 2001.

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