Los ojos

Sin título10 - Los ojos
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Estoy poseído por un extraño espíritu. Es verdad. Me maneja a su antojo, hace de mí lo que quiere y sobre todo, me ata las manos. Si me atara las manos y después ocurriera el agradable accidente de una felación, sería algo muy ameno; pero los espíritus no hacen caso a deseos ordinarios, metafísicos y carnales. Además, tengo la impresión de que los espíritus no tienen boca, sólo sueño y una especie de lenguaje oculto, un ruido blanco que se mete por nuestras orejas y manipula nuestra actitud del día, nuestra sensatez y el poco dominio que tenemos sobre nuestro sentimiento (claro, pues, tenía que hacer la referencia obligatoria a la sensatez y el sentimiento porque no es fácil escupir una y después no pensar la otra. Dispense usted, porque aunque los espíritus no son feladores, parece que el autor se toma esas libertades. Eso pasa cuando se remueven espíritus de hace casi diez años, y se trabaja en la resurrección de los viejos y de los deseos).

Creo que mentí, pues, porque ningún espíritu me posee pero al final lo mío es un anhelo (ahí viene otra, una muy facilita de Nervo: siento que un Dios anida en mí…), quizás el mero aburrimiento me convierte en el posible protagonista de una película de terror. Ojalá un espíritu doblara mi cuerpo, como si fuera una hoja de papel, e hiciera un cisne de origami con él… pero también, qué se puede esperar de espíritus que no tienen boca, que no tienen sexo y cuyas felaciones las termina haciendo el autor (ahora, no puedo evitarlo, recuerdo una de esas estúpidas películas gringas donde un hombre obtiene placer gracias a un evento ectoplásmico y pienso que al actor no le pagaron lo suficiente por sus caras). Cada palabra que escribo me deja cada vez más receloso del supuesto espíritu y confío más en el anhelo que en el deseo; la aparición, de haberla, se encuentra en mis manos.

Las manos son un lenguaje muy importante porque dicen lo que haces y lo que dejas de hacer (corte al hombre de sonrisa amable y cabello cano que te mostrará, en este salón de usos múltiples, cómo leer los gestos corporales de tus amigos, tus enemigos, tus padres, tus novios, tus amantes). Las manos son las primeras ejecutoras del acto. Lo que se transmite a través de ellas son los pensamientos hechos trabajo. El que trabaja la tierra tiene manos de tierra. El que trabaja binario tiene manos binarias. El que no trabaja no tiene manos.

Cuando quiero conocer a alguien, en vez de entrecerrar los ojos y suponer que puedo leer su espíritu (o su aura), en vez de escucharlo, miro sus manos y el producto de ellas (claro, sólo si hay producto palpable porque de otro modo: uno no es adivino, ¿o sí? Ay, Martita, usted confíe en su intuición). ¿Los ojos no mienten? Tal vez no pero esconden. Unos ojos educados para la felicidad y la tristeza pueden llorar y brillar cuando su dueño lo necesita (¿recuerdan allá arriba cuando mencioné a un actor bien pagado para pretender un orgasmo de ultratumba?, datos más, datos menos: era pelirrojo y pecoso), pero el producto de las manos siempre delata. Una artesanía traerá los defectos de su creador. Una novela es el producto del tormento de un escritor. Una pintura, una partitura o una hamburguesa de autor. Qué se yo.

Parece que estoy menospreciando a los pies. Los pies los escondemos todo el tiempo y si los usamos correctamente, estarán siempre feos. Es lo que pienso. La gente que camina tendrá pies feos. La gente, cuando disfruta andar descalza, siempre los tendrá correctamente sucios (no para todo tengo paréntesis, ¿ven?). La gente viste sus pies con calcetas de colores y tenis costosos. Sudan, apestan, hacen el trabajo sucio. Mientras que las manos hacen el trabajo de la mente, el producto de los sueños, los pies son el motor del cuerpo y lo llevan al lugar de la necesidad (título de novela casi-chingona).

Entre la mano y los pies, más o menos al centro, con las manos levantadas y los pies bien extendidos. Se encuentra la diversión, y estoy hablando del ombligo (perdone usted pero, por más que busco cómo presentar la primera felación real en este documento, nomás no puedo). Es divertido soplar el ombligo de alguien que no lo espera: levantarle la playera y soplar, que suene como un pedo. Las carcajadas se extienden como fuegos fatuos en el bosque. Ay bueno, está bien, quise decir el sexo (el cosquilleo que se distribuye por todo el cuerpo y provoca lo que nuestras señoras de justa sociedad llaman: el bochorno). Al final, más allá de los pies y de las manos, más allá de los ojos y los fantasmas que deambulan sobre nuestras cabezas, y de los dos puntos de Daniel Sada, el sexo dice más de lo que quisiéramos saber: el olor de los fluidos habla de los alimentos, el pelaje espeso delata nuestra capacidad del aseo (¿qué? ¿No te enseñó tu mamá?), qué tan promiscuos, y altos, y si somos demasiado estrechos o dilatados.

Tengo un espíritu, sin ojos y sin pestañas, que se adueña de mí y me ata las manos. El anhelo, los pies, las manos, el sexo; un espíritu (entre paréntesis) que no sólo permite pasar pero también todo lo prohibe. Cuántos ojos se necesitan para el bienestar de un texto, de un trabajo y de un deseo. Cuántos ojos podemos poseer para encontrar el camino indicado. (Pobrecito guerrero, pienso en ocasiones, y quien susurre de dónde viene esta referencia tiene mi admiración y mi respeto porque es uno de los buenos, y también de los olvidados).

Agustín Fest es licenciado en Letras Inglesas por la UNAM. Nació en la Ciudad de México en 1981. Ganador del Concurso Nacional de Cuento José Agustín 2012 y becario del FONCA en la disciplina de Cuento, ha publicado en revistas y suplementos literarios tanto en soporte de papel como digitales. Dile a tu mamá que se calle es su primer libro.

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