De cómo conocí Luvina (primera parte)

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Siempre que voy a escribir algo que voy a publicar, lo hago con mi computadora en mi casa. Guardo mi pluma y mis cuadernos para mis notas, memorias, reflexiones o pensamientos privados, ideas que aún no tengo claras, y si claras estuvieran, son cosas que no pienso compartir.

Ahora en Acapulco, son cerca de las doce y el ventilador en el cuarto de Raciel atenúa un poco el chingo de calor en estas tierras. Diez días, sólo diez

—¿A cuánto el papel picado de la fiesta de independencia?

— Ya no queda. Nos preparamos para el Día de Muertos

Entonces me meto con ella en el Mercado de Sonora. Santeros adornados con piel de cascabel cantan cumbia a las chavitas y soplan chelas y mezcal en sus cuellos, las miran fijo, codician sus cuerpos. No, así no. Eso sería una postal, y no es la neta, pues.

— ¿Tiene faritos?

—No, sólo Delicados.

—¿Sin filtro?

—No, pero los consigue a dos cuadras, por el Eje.

— Vale, muchas gracias.

Entonces Alma me sirve un café. No me deja que se lo pague. Me cuenta de su anarquismo y sus placeres. Le gusta patinar. No, así tampoco.

Voy caminando por la calzada y se me baja la presión. Me siento y me agarro fuerte de la piedra. Hace tantito había cerca de 300 personas. Ahora estoy solo en esta inmensidad. Mi pensamiento hipocondriaco me dice que me voy a morir al rayo del sol (Coño, cómo pega el sol aquí). No quiero, pero cuando lo pienso no está tan mal. Mi vista se nubla y cuando voy a hundirme en un reposo de muerte escucho el coro de jaguares de barro. Desesperado hundo mi cabeza en un arroyo formado por la lluvia. El agua sucia de barro. En mi letanía escucho un vendedor que me dice:

—A doscientos el cuchillo.

“No te acobardes corazón mío:

allí en medio de la llanura deseo la muerte a filo de obsidiana.

Sólo quieren nuestros corazones, muerte en guerra,

De modo que allí en la guerra

Estoy deseando la muerte a filo de obsidiana”

Poema náhuatl

Parece el destino perfecto morir al filo de obsidiana, pero no, aún soy, no he mutado aún. Necesito mutar antes de morir. La Calzada de los Muertos ha de tener que esperar un tantito más.

Volviendo de San Juan de Teotihuacán, mi compañero de camión se presta a conversarme. Es mayor, muy mayor. Profesor de filosofía. Y me dice:

—Sabes cuáles son los dos males de México.

Lo miro y pienso, voy responder cauteloso, como suelo hacerlo: “ donde fueres, haz lo que vieres”, dice el dicho antropológico.

—El primer mal es la cercanía con Estados Unidos. Y el segundo, la religión.

Y sentencia: “México es un país de doble moral”. Ya me lo habían dicho antes, mucho antes. México es un país muy amable: un vendedor orgulloso me regaló una tostada, que es como un taco, pero como la tortilla tostada. México es un país de doble moral; me lo había dicho miles de veces aquí: “no vayas solo a la Merced, es peligroso”. Concha de su madre con esa manía de hacer todo lo que me dice que no haga. Esto, este escrito es un pensamiento borrador, apenas un despunte, en lo que se van llenando mis ojos.

Llovía suavemente y los dos bajo la lluvia. Ella aceptó un trago de mi chela y se fue a bañar. Yo fumo mirando las estrellas. Vuelve perfumada y con un bonito vestido. Hablamos como desde siempre. Aunque apenas la conozco. No quiere casarse, pero debe. Le llora el cuerpo de virginidad. Entonces la beso y hacemos el amor. Tiene entre los muslos la suavidad del mezcal de Tixtla: consistencia de miel, apariencia de agua, dulce cuando te recorre la boca, tienes que aspirar suavemente y puedes sentirle el gusto a la tierra, caliente y fuerte, me sabe a Guerrero. Nos dormimos abrazados y soy un poco menos yo. Felizmente soy un poco más yo.

Comí en el puerto y me cagué la vida. En México el perico no se acaricia se esnifa y peinamos uno y veinte más. Ruy me decía caminando por Tlatelolco, que adoraba vivir allí: es muy tranquilo y menos fresa que la Condesa, donde estuve parando. “No comas carnitas. Puede hacerte daño. No siempre tienen cuidado cuando las hacen”. El conseho es honesto y de cuidado. Me bajo a la calle, veo a Maricarmen; no sé cómo se llama, pero el nombre le quedaría bonito.

—Me da tres de carnitas. ¿No pica, no?”

—No, argentino. Lo que pica es la pobres.

No reímos y coño, qué rico es. Le pregunto la dirección a un mico en Pantitlán y me recomiendo coger un taxi. “No camines por aquí. Es un barrio peligroso”. No dijo “peligroso”, pero esa es la idea.

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Written by Mauro Zanier

Mauro Zanier

Mauro Zanier es fotógrafo, camarógrafo, editor de vídeo y director de fotografía egresado de Realización Integral de Cine y Televisión en Centro de Investigación Cinematográfica (CIC), Camarógrafo Gaffer CFP SICA, fotografía analógica en Foto Club Buenos Aires y Guión en el Taller de cine Raúl Perrone, Buenos Aires, Argentina.