Juan Gabriel, todo que dar

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Me pregunto qué falta por decir de Juan Gabriel. Creo que todo, que no hemos más que raspado superficialmente el fenómeno. Que las polémicas del instante desviaron la atención por lo fundamental. A menos que lo fundamental sea lo polémico. Pero entonces, podríamos buscar otro tipo de polémicas. O bien, comenzar un diálogo que aproveche nuestro conocimiento previo, es decir: el de toda nuestra vida pasada, y el que podamos documentar.

Pareciera que unos pocos versos no tienen la capacidad de soportar todo un discurso tan Poderoso. Pero mira qué sucede con su obra. Que este autor acusado de superficialidad puede en una estrofa breve testimoniar lo que pasa en un pueblo. “No tengo dinero, ni nada que dar / lo único que tengo es amor para amar”. Como para hablar largamente del amor y de la pobreza. Constantemente, el amado no acepta que el amante viva en la pobreza. El amado se casó con un rico. Y uno, ¡caray!, lloró noche tras noche. Deberíamos de saber si existe una transacción detrás del amor, o si el amante aspira a conocer el amor verdadero que no se vende ni se compra. Si no ha nacido para amar, ¿se debe a la falta de recursos? ¿Aquel rival que se llevó al amado tuvo ese privilegio gracias a su dinero? No lo sabemos a ciencia cierta porque el Tú a quien se dirige Juan Gabriel no ofrece mucho, sólo muros de palabras o de silencio. Por más que él pregunte y suplique, o bien pida sutilmente: casi nada.

El amor toma varias caras en estas canciones. Si se pone la máscara del Puede Ser, entonces es bello, deseable, un maravilloso idilio, la promesa que será. Pero si muestra el rostro del Es, entonces se llena de algo repetitivo, cuenta lo monótono que es caer y recaer en lo mismo, porque la costumbre es una fuerza mayor que el amor. Bueno, es que el problema del amor es que se debe de disfrutar en su punto, como un huevo tibio; pero aunque se le pueda pedir a la carta, o imaginar en su momento de mayor deseabilidad, el amor, parece que detrás de esa maravillosa palabra está la costumbre y el interés. Sólo hay algo eterno y es el amor a la madre. Pero, fíjense bien: no es un amor recíproco, como podemos documentar en la biografía del autor, sino un amor que fundamentalmente va del hijo a la madre. Por un lado, ya está impedido de consumarse a causa de la muerte. De nuevo, la promesa de amor que no está ahora. Pero de nuevo, es el amante que da amor y amor, pero que no tiene el dinero, su principal catalizador. Ya se dijo: es una poesía prácticamente sin imágenes, sin metáforas, en donde las palabras son más o menos concisas, con frecuentemes encabalgamientos a causa de sus largas ideas. Y todo, cantado con una gran intensidad.

La desgarrada voz acabó por desgarrar la voz de Juan Gabriel. No le interesaba modular de otra manera, sino gritar, exasperar. Esa manera de interpretación… Si se fijan bien, no es que el compositor quisiera callar su pena o su alegría. En todos los casos es un intento por hacer de su vida un espectáculo, el desenfado y el regodeo. Al final, en sus videos y presentaciones, Juan Gabriel parecía cantar con distancia. Como si trajera sus éxitos sólo rescatando la melodía, el placer de cantar y el humor, la actuación más o menos fársica. Como diciendo: es agua pasada. La historia de este amor, de esta canción, está más que superada. Queda disfrutar y mirar en retrospectiva. Esos dos aspectos tenían sus canciones, lo cual causaba cierta tensión en el momento de cantar, con el placer de presenciar y con la tristeza de abismarse en sus letras. ¿Cómo calificar este fenómeno? ¿Kitsch, cursi, naíf? Sí, hay cierta ingenuidad, pero no en todo su repertorio. Hay canciones que exigen más de parte del auditorio, mayor atención, son casi monólogos.

Lo cursi es una categoría que no le pertenece, porque no tiene la aspiración a la elegancia, ni le interesa. Más bien se regodea en freír el mismo discurso en la misma sartén, obsesivo. Lo kitsch es algo más lejano, de actitudes más estudiadas, conscientemente ridículas. En cambio, está lo camp, esa manera de sentir que construyó el pensamiento gay. Éste sí es un discurso creado en público con contenido en la sombra: la diferencia, el exhibicionismo gay, el logro de mostrar en público un contenido que se aprecia pero que no logra ser cuestionado de manera inquisitorial. ¡Qué bochorno! Mejor hacemos como que no nos damos cuenta. Y sólo así florece en libertad, hasta llegar a ser uno de los discursos más visibles de hoy, discurso estético. Hay algo de tensión, es cierto, una gran tensión. Porque si sólo nos fijamos en la parte exterior, en efecto, hay oropel: oro piel, algo que tiene la piel dorada pero que esconde algo más. Esa profundidad queda lejos de una visión desatenta. Y esa tensión es la gran vitalidad, la que permite que un público acuda a limpiarse a un repertorio y un estilo.

Al final, Juan Gabriel grabó su dos discos de duetos, con arreglos más que notables, como una culminación. Pero todas canciones clásicas, es decir: compuestas entre los años 70 y 80. Eso significa, como ha ocurrido con los grandes compositores mexicanos, que es la producción de una etapa de intensidad, cuando tenía tantas cosas por decir. Después, a depurar el repertorio, a construir el mundo de los intérpretes, las grandes creaciones. Y finalmente, la madurez de una trayectoria. Y sin embargo, no estábamos preparados para la despedida. Llegó cuando estaba renaciendo por quién sabe qué ocasión. Queríamos seguir escuchándolo más, así que no nos queda más que decir con desaliento: ¡caray, cuando te fuiste!

Pável Granados es escritor. Fue becario del Centro Mexicano de Escritores, tiene estudios de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha escrito libros sobre poesía y música. Es Coordinador del Catálogo de Música Popular Mexicana de la Fonoteca Nacional. Conduce el programa de radio Amor Perdido en Radio Red. Premio José Pagés Llergo de Comunicación.
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