En México, la complejidad del crimen nos lleva de regreso siempre al Estado: Cristina Rivera Garza

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Hasta 2007, con cinco novelas, dos libros de cuentos y tres poemarios publicados, Cristina Rivera Garza no era una escritora de novela negra. Su apuesta literaria se centraba en la exploración de los límites entre la fantasía y la realidad, el sueño y la vigilia, la cordura y la locura. Sin perder estas obsesiones, hace casi 10 años, publicó La muerte me da, con la que obtuvo en 2009 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, que se otorga durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara como reconocimiento a la excelencia del trabajo literario de mujeres en idioma español de América Latina y el Caribe. Con este libro se convirtió en un referente de la novela de detectives y se incorporó a la escasa nómina de mujeres que cultivan el noir en México.

-Como muchos lectores ávidos -dice en entrevista sobre su encuentro con la novela policíaca- me topé con el género en mis lecturas juveniles. No tanto novela criminal, sino la novela de detectives, y conforme fue pasando el tiempo fui leyendo a los clásicos del género; pero también libros menos encumbrados que, sin embargo, parecían darme este sentido de suspenso relacionado con ciertos aspectos poco cómodos de la realidad. La Dalia Negra [de James Ellroy] me impresionó muchísimo -agrega sobre sus lecturas-, no sólo como el tremendo crimen, sino la estructura, la combinación de escritura documental con la ficción. Estos detectives medio fresas, como Wallander [de Henning Mankell], me siguen gustando mucho, porque me parece que son libros muy bien escritos, independientemente de los misterios; también por las relaciones que establecen del crimen, que responde a condiciones sociales muy específicas. Pasé tardes increíbles leyendo a Agatha Christie cuando era muy niña, y la recuerdo mucho. María Elvira Bermúdez, que me parece una versión mexicana de Agatha Christie, al menos en estos cuentos de Muerte a la zaga.

En La muerte me da, Cristina Rivera Garza nos presenta al personaje de la detective, una mujer con vocación de fracaso, encargada de investigar una serie de asesinatos de hombres jóvenes, cuyos cuerpos son dejados desnudos y castrados sobre el asfalto, acompañados con versos de la poeta argentina Alejandra Pizarnik. Su intención -explica la también ganadora del Premio Roger Caillois 2013 de Literatura Latinoamericana que otorga el Pen Club de Francia, la Maison de l’Amerique Latine en París y la Sociedad de Lectores y amigos de Roger Caillois- más que escribir una novela policíaca, era encontrar un lenguaje común para comunicarse con el lector de esta historia.

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-Cuando yo decidí hacer, primero La muerte me da y después algunos cuentos con esta misma detective, no me proponía tanto escribir y adaptar o respetar u honrar las reglas del género negro, sino un poco jugar con ellas. En las distintas exploraciones y en los distintos casos (que pueden ser casos no sólo en términos de la trama, sino en términos de las estrategias literarias, de las estrategias de escritura), pensaba que eran cosas bastante poco familiares, y que si yo quería llevarme a los lectores conmigo en esta exploración y de inicio partíamos de una situación de extrañeza, iba a ser muy difícil encontrar compañía para el recorrido completo del libro; y hay algo que a mí me pasa con estas novelas de crimen o novela negra que es que hay un contrato preestablecido, una familiaridad ya construida socialmente, incluso si no has leído mucha novela negra, hay una imaginación social o colectiva al respecto. Entonces a mí me pareció que había cierta probabilidad de efectividad si partía de una situación que le resultara familiar al lector, en un contrato que nos precedía a mí y al lector: el crimen, la detective y el proceso de resolución; y con esos elementos tan básicos, llevarme a los lectores a zonas que no le corresponden a la novela negra o que no es tan fácil encontrar en la novela negra.

El resultado fue una novela que combina las reglas del género negro con la metaficción (al incluir como personaje a Cristina Rivera Garza, profesora de literatura especialista en la obra de Pizarnik, quien realiza el hallazgo del primer cuerpo y se convierte en la informante), y la experimentación formal (al construir la narración con diversos registros textuales: ensayos académicos, cartas y poemas, que conviven con la narración tradicional). Pero lejos de agotarse como recurso al concluir la novela, la estructura del género policíaco y el personaje de la detective permanecieron en la literatura de la autora.

-Lo que me llama la atención -dice Rivera Garza- es que conforme fui escribiendo la novela se me presentaron muchas dudas y muchos problemas que iba resolviendo en cuentos, y cada uno de los cuentos eran casos de la detective en los que tocaba algo que me interesaba y no podía realmente avanzar en la novela, hacer algo en ella, hasta que no lo resolviera; por eso fueron saliendo más casos; y después, lo que me ha sucedido es que una vez que acepté que la detective iba a ser parte de mis contratos de escritura, ya no me la pude quitar de encima, no en términos de la ficción al menos.

Así, la detective protagoniza “Simple placer. Puro placer”, “Estar a mano”, “El perfil de él” y “El último signo”, cuentos que aparecen en el libro La frontera más distante, publicado en 2008. Y llega en 2012 a una novela donde la investigadora, convertida en escritora, acepta localizar y traer de vuelta a una mujer que abandonó a su marido para ir detrás de otro hombre. Pero lo que la lleva a buscar a la mujer no es la solicitud del hombre abandonado, sino la curiosidad de entender “cómo es que eso, que quién sabe a dónde te lleve, es más interesante que esto, que es donde sabías que estabas”, explica Rivera Garza.

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-Creo que [en la detective] hay una curiosidad muy empática y una especie de nostalgia, casi de envidia. Es el contraste entre alguien que se atreve a hacer algo, de seguir un impulso, y alguien que sólo puede investigar el impulso sin seguirlo. Creo que por ahí va el asunto, la cuestión es más entre lo intelectual y lo corporal; entre quien piensa y diseña, y quien hace y se aventura. Al final -agrega- tuve muchos problemas decidiendo qué iba a pasar cuando finalmente, una vez más, la detective fracasa: hay una escena muy violenta con la gente que la había contratado, una escena que pareciera ser de violencia doméstica: el tipo la golpea. Era una escena que yo sabía que debía estar ahí, pero que incluso ahora me resulta muy difícil explicar. Me parecía más la golpiza que el hombre le querría haber dado a la mujer que se fue, y a la única a quien se la pudo dar fue a la mujer que quiere investigar; pero esa golpiza pone mucho en juego: ¿Qué relación existe de verdad entre el que contrata a una mujer para que se convierta en policía de otra mujer? Hay una serie de complicidades y deslealtades extrañas en términos de género que yo creo que forman parte de la estructura misma de lo escrito.

Así, la detective, de quien no conocemos el nombre, simboliza en estas historias la posibilidad de indagar sobre la condición femenina en distintos ámbitos; incluso en el caso de los hombres asesinados en la primera novela, los cuerpos son feminizados al castrarlos y nombrarlos en femenino: las víctimas. Se trata pues de una escritura que también se hace desde una perspectiva de género.

-A mi siempre me ha interesado el género en términos del género de los cuerpos, el género material. Creo que [la narrativa policiaca] es una muy buena manera de hacer ese tipo de investigación y exploración íntima sin tenerte que restringir al campo de lo doméstico; porque muchas de las cosas que se han hecho alrededor de la condición de la mujer, o de la condición de la mujer en relación a los hombres, o de lo femenino y lo masculino, en un primer momento de exploración tomaron lo que es obvio, el plano doméstico, donde evidentemente se desarrolla mucha de la experiencia femenina, aunque no únicamente, pero sí de manera preponderante. Entonces vas a investigar, sobre todo, condiciones femeninas alternativas, que se encuentran fuera del coto normalizado de lo doméstico; vas a investigar tal vez castigos monumentales e injustos, pero también escapes gloriosos y muy efectivos.

Esta perspectiva de género en las escritura de Cristina Rivera Garza trasforma la narrativa policiaca en un universo con personajes femeninos activos: además de la detective, la periodista y la profesora de literatura en La muerte me da; y la mujer que se fue en El mal de la Taiga; lo que no ocurre en la mayoría de la narrativa policíaca escrita por hombres.

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-Una de las frustraciones al leer novela negra, sobre todo cierto tipo de novela muy negra, es que los cotos de lo femenino son bastante limitados. Sobre todo son cuerpos femeninos que se vuelven pasivos, que son victimizados y revictimizados constantemente. Creo que a veces cuando hablamos de la víctima, tendemos socialmente a asociar la condiciónde víctima con una condición de pasividad y de fatalidad, yo realmente no creo que sea así, creo que hay una agencia [capacidad para actuar] también en el proceso. Estaba leyendo hace poco un artículo bien interesante sobre la necesidad de hablar de un proceso de desvictimización; pero no la desvictimización reaccionaria y de derecha de decir “no existe”, “todo esta bien”, “si a la gente le pasa eso es porque está en los lugares equivocados”, que sería una manera errada de hablar del proceso; sino en el sentido de quitar el lastre de pasividad y de falta de agencia en aquellos que son más afectados de maneras negativas, de maneras limitantes por las condiciones en que vivimos. Estamos tan acostumbrados, hay tantas víctimas en México, hay tantos desaparecidos, tantos cuerpos materialmente afectados, que corremos el peligro de no sólo desagenciar a las víctimas, sino de desagenciarnos a nosotros que quedamos como supervivientes de todo un proceso de desaparición constante en el país. Y yo creo que es algo que puede hacer la novela negra muy bien y creo que en sus momentos más felices es algo que logra también, hacernos ver el entramado, las múltiples conexiones, la complejidad del crimen y que en el caso de México nos lleva de regreso siempre al Estado, a máquinas institucionales que funcionan muy bien en el sentido más negativo del término.

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