Fragmentos de otros

letters - Fragmentos de otros
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Una noche de junio salí del departamento. Me sentía optimista. Mi cuerpo se hundía en el calor del pasillo. El noveno piso tenía el aroma de una fruta navegando en el tiempo. Me dirigí al elevador para bajar a la tienda. Tenía antojo de una limonada para combatir el calor de la noche. Mientras caminaba podía escuchar el susurro de las cucarachas. Era como el transcurrir de un río muerto. Había montones de esos bichos por todo el edificio, sobre todo en verano. Trataba de pensar en otra cosa, deshacer la imagen, cuando vi a un hombre joven afuera del departamento número 6. Parecía esperar a que le abrieran. Miraba la puerta, dubitativo, como si tuviera dificultades para reconocer su existencia. En ese lugar vivía una mujer de unos sesenta años de edad. No sabía su nombre pero a veces la encontraba en el elevador. Me llamaban la atención el tinte rojo de su cabello y sus zapatos blancos de tacón. Supuse que el hombre era un visitante confundido. Para los extraños el edificio era confuso, algunos números no estaban marcados en los departamentos o no había una secuencia. Podría estar el número 3, luego seguir el 10 y, adyacente, el número 1. Cuando pasé junto a él, me detuve y le pregunté:

–¿Buscas a alguien?

El hombre me miró un poco sorprendido. Sus ojos chispeaban. Sus manos tenían un leve temblor.

–No.

Se quedó en silencio, mordisqueando la siguiente palabra. Sabía que esa negativa era, más bien, una invitación a seguir indagando. No suelo intercambiar palabras con extraños, pero el hombre tenía un aura de vulnerabilidad, parecía un niño perdido en un centro comercial, un objeto extraviado de pronto.

–¿Conoce a la señora? –me dijo antes de que intentara una nueva pregunta. Su voz, macilenta, un poco torpe por el nerviosismo, salió como un lamento.

–No la conozco, sé que vive aquí desde hace varios años.

El hombre me miró con una mezcla de asombro y preocupación. El silencio, en los siguientes segundos, fue el de un globo detenido en el cielo.

–Escuche, yo vivo solo en este departamento, el número seis, desde hace años. Hoy regresé del bar y me encontré a esta señora. Me saludó con toda naturalidad, como si yo fuera su esposo, y me empezó a decir un montón de cosas.

–¿Tu departamento es el número 6 del noveno piso? –pregunté.

–Así es.

Cuando mencionó el bar pensé que el alcohol era parte de la confusión. Sin embargo, sus palabras eran firmes. Su gesto, detenido, aún uniforme en su asombro, me seguía interrogando.

–¿Qué haré? Salí un momento a despejarme, pero no sé qué hacer.

–¿Pero es tu departamento?

–Sí. No hay confusión.

Junto a la puerta de entrada de cada uno de los departamentos hay una ventana rectangular. No entra mucha luz y muchos vecinos prefieren tener las cortinas cerradas. Desvié un poco la mirada hacía ahí. El hombre, comprendiendo mi intención, me dijo:

–Acérquese, mire.

Me asomé por la ventana. Había un resquicio entre las cortinas que permitía ver el interior. Ahí estaba, en efecto, la mujer que conocía. Estaba de pie, mirando por la ventana del comedor, dándome la espalda. Distinguí un par de sillones con cojines de terciopelo, un escritorio de madera y un pequeño librero. La mujer miraba las luces de la ciudad. Su cabello, a la distancia, semejaba el turbio contorno de una nube. Me sentí como un improvisado espía. Abandoné la observación y le dije:

–Esa señora ha vivido sola aquí desde hace años, pero tú afirmas otra cosa. Estoy confundido también.

Nos quedamos indecisos. El calor aumentaba en el pasillo. Casi no corría aire. Olía a soledad, a cartón viejo. Tuve la idea de decirle adiós y seguir mi camino al elevador. Sin embargo, comencé a sentirme culpable por no poder ayudarlo; además, quería llegar al fondo del dilema.

–¿Y si la saco a la fuerza? –me preguntó

–Hará un escándalo, te lo aseguro –le dije para disuadirlo.

Meditó mi respuesta. Sopesó, con un ligero movimiento de cabeza, las posibles repercusiones.

–Vamos a mi departamento –le dije dándole una palmada amistosa en el hombro –ahí podremos pensar mejor.

El hombre asintió y nos dirigimos a mi puerta. Adentro prendí la luz de la sala. El hombre dejó su portafolio cerca de la mesa de centro y curioseó el lugar con la mirada. El nerviosismo había desaparecido o, al menos, estaba apaciguado.

–Tengo un par de cervezas en el refrigerador –le dije, desde la cocina.

Mientras tiraba las corcholatas a la basura pensé en la solitaria vida del hombre. Pensé en el calor que nos mantiene, siempre, al borde la locura. Miré las gotas que resbalaban en los cuellos de las botellas.

Nos sentamos en la sala. Para postergar el tema de la mujer le conté que mi esposa había salido de viaje a un congreso para maestros de inglés. El hombre asintió por cortesía. Su mente aún estaba nublada. Vivos pensamientos le hacían parpadear más rápido. Movía los ojos por la sala. Se levantó y dio unos pasos hasta acercarse al comedor. Exploró, en el librero, una esfera de cristal con un barquito en su interior. La nave se balanceaba en un mar azul. Abajo se leía: “Recuerdo de Acapulco”. Había ido con mi esposa hacía un año y el objeto, lo único que habíamos comprado, estaba medio perdido entre libros y una maceta roja de la que emergía, tenebrosa, una planta enredadera. Era lo único que prosperaba en la atmósfera viscosa y caliente.

Mientras regresaba al sillón le dije que trabajaba como administrador de una fábrica. Había días en que los papeleos me volvían loco. Papeles y sellos; visitas a proveedores; interminables llamadas telefónicas. Él me dijo que estaba en busca de trabajo. Lo habían despedido, justamente, de una fábrica y dedicaba mañanas y tardes a visitar agencias de empleo. No quise ahondar más para no excacerbar sus problemas. Puse el ventilador a máxima velocidad. El zumbido nos llevó, por un instante, a un lugar más calmo. Después de unos minutos de comentarios triviales nos dimos cuenta de que la noche avanzaba. Apresuró el último trago a su cerveza y me dijo:

–Tengo que volver.

–Voy contigo –le dije sin esperar su aprobación.

La historia se repitió. Nos asomamos por la ventana. La mujer, ahora, estaba sentada en una silla del comedor. Había un vaso en la mesa. Nos daba la espalda, como si presintiera nuestra observación y quisiera preservar, a toda costa, el misterio.

Regresamos a mi departamento. Era poco más de medianoche. Parecía que estábamos metidos en el lento ensamblaje de un sueño. Para distender los pensamientos, jugar un poco con ideas, le dije:

–Lo único que puedo pensar es en una anomalía del tiempo.

–¿Cómo? –murmuró.

–Quizás ella es tu esposa en un futuro posible, por eso te reconoció…

–O es una loca que encontró la forma de entrar a mi departamento –continuó él intentando, casi desesperado, dar con una explicación más lógica.

–Podría ser –contesté tratando de no llevarle la contraria.

Mientras volvíamos a nuestro mutismo comencé a burlarme de mi idea. “Vaya cosa. La mujer, un espejismo; el futuro de este hombre que, de repente, se ha adelantado”, pensé.

El hombre miraba la puerta de mi departamento. La miraba como si fuera la orilla de un universo desconocido. Su gesto parecía estar hecho de escombros. Inició el movimiento para levantarse del sillón. Sin embargo, a medio camino, se detuvo. Su rostro, algo turbio, se inclinó un poco. La penumbra y el ventilador mezclaban nuestras respiraciones. Iba a decirle que olvidara mi teoría, cuando alzó de nuevo la cabeza, emparejó el torso, y me dijo:

–Creo que la única explicación a esto tendría que ser fantástica, aunque no sé si es la suya.

–Podría ser cualquier cosa –le dije, tratando de llevar las palabras a otro lado.

Él juntó las manos. Quedaron al descubierto sus uñas opacas y cuadradas. Me preocupé porque intuí que le añadía detalles a mi teoría. Murmuraba frases ininteligibles, juntaba pensamientos y trataba de embonarlos como las agrias piezas de un rompecabezas.

Volvimos al exterior de su departamento. Nos acercamos a la ventana. Vimos a la mujer salir de la cocina y, después de echar un vistazo a una esquina del comedor, dirigirse al estrecho pasillo que conducía a las recámaras. Íbamos a abandonar la observación, decepcionados una vez más, cuando miramos que una sombra emergía de la cocina. La sombra, frágil, temblorosa como una vela, antecedió a la aparición de un hombre. Cuando la luz del comedor lo descubrió por completo comprobé que su rostro repetía el de mi compañero. La única diferencia eran las considerables canas, la espalda ligeramente encorvada y los hombros caídos. El descubrimiento hizo que nos flaquearan las piernas, el cuerpo entero.

Regresamos de nueva cuenta a mi departamento. Nos sentamos, silenciosos, en los sillones. Él tenía la mandíbula apretada, los ojos huidizos y brillantes. Si lo que habíamos visto era real, entonces el tiempo, por una terrible confusión, se había adelantado. Quizás era un futuro posible, un escenario aún evanescente que había escapado para instalarse en aquella calurosa noche de junio.

–Tengo que entrar ahí –dijo él.

–Quizás mañana ya no esté el viejo –respondí simplemente para no estar callado.

Mientras caminábamos otra vez a su departamento pensé que mi frase debió haber sido “quizás mañana ya no estés tú”. También pensaba, sin mucho orden, en un futuro acaso ineludible que, de repente, se nos presenta en el momento menos imaginado.

El hombre se asomó por la ventana rectangular. Yo, un poco atemorizado, decidí esperar. Los ojos de mi compañero permanecieron muy abiertos, sin ningún pestañeo. Abandonó la observación y me dijo:

–No hay nadie.

Parecía que todo había vuelto a la normalidad. Me asomé para comprobar su dicho. En efecto, la pequeña sala estaba despoblada y el comedor sólo era recorrido por la bocanada luminosa de la ciudad. Le iba a decir que quizás la mujer –incluso él mismo– podrían estar en la recámara principal. Sin embargo, su gesto de triunfo, la premura con que llevó su mano izquierda al bolsillo de su pantalón para buscar las llaves, me hicieron desistir. Antes de abrir el picaporte me dirigió una sonrisa que mezclaba tranquilidad y agradecimiento.

La puerta número 6 se cerró. Quise comprobar si, en realidad, había recuperado su departamento, así que eché un vistazo a la sala y miré, de nuevo, al hombre viejo que dejó las llaves sobre la mesa de centro, detuvo la mirada en cada uno de los objetos del comedor, como si los reconociera después de un largo viaje. Después caminó, lento y satisfecho, por el pasillo principal hasta desaparecer de mi vista.

Alejandro Badillo (Ciudad de México, 1977)  es narrador y reseñista. Ha publicado, entre otros, los libros “Ella sigue dormida” (Tierra Adentro) y “La mujer de los macacos” (Libros Magenta). Coordinador de talleres literarios. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ganó en 2015 el Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela 2015 por su libro “El clan de los estetas” y en 2016 el Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo por su obra “Por una cabeza”.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn