Cuarto con vista

rudo - Cuarto con vista
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No tengo comentarios sobre los recientes acontecimientos en el mundo. No sé cómo van las guerras. Ni quién ganó en los Juegos Olímpicos. Ni qué significa ser millennial. Me concentro en un remolino que no va a ninguna parte, pero vale la pena el mareo al entrar. Bolsas para vómito se reparten en el viaje. Piensa en tu niñez: había sol o la pasabas dentro del salón de clases. ¿Qué te hacían para comer en el recreo? Yo no recuerdo nada de eso.

Había otros niños en el patio, diferencias mínimas en rostros y detalles de ropa. Zapatos negros, uniformes. Gritos. Muchos gritos. El sol caía sobre nosotros, cuerpos estrenando vida sobre la tierra y creciendo agrestes, contra todo pronóstico. Nos encerraron ahí años, para aprender a leer y escribir y luego no ves a nadie y olvidas las bromas, los malos entendidos, las ecuaciones. Qué pasa si un auto va a 80 kms por hora y… morenos, con mala dicción, tímidos y boquiabiertos la mayoría del tiempo entraríamos a la vida de modo incómodo, malhecho, como un uniforme que se hereda, con remiendos, el cierre nuevo, los zapatos que aprietan.

¿Sabes para qué sirve la inteligencia? Para dos cosas. Una, para nada. Dos, para evaluar en escalas de grises la estupidez de los demás. Para sentirte solo, solo, en el mundito. Nadie con quién hablar, ni quién entienda tus chistes de mierda. Hablas un idioma que nadie conoce y que no pueden aprender. Y no te dan a elegir con quién relacionarte, condenado estás a la conversación trivial de los pasillos, la charla eterna sobre el clima, el bienestar inmediato de la gente, a dar recetas para el resfriado, consejos para las cosas más domésticas. Lo trivial es distracción, lo demás es un hoyo oscuro sin nadie que te lleve alimento o agua o vodka con hielo o que te ponga canciones de James Taylor. O eso te dices a ti mismo para asegurarte el encierro. Debes admitir que la otra opción es más lógica aún si dolorosa: no eres inteligente, eso te dijeron siempre para que lo creyeras, maestros, padres, compañeros, primos, y vivieras por encima del hombro de los demás. Eres una persona simple, tan simple como un pan sin grasa o sal. Tu inteligencia de caracol se alimenta de ego y éste se dispersa como un difusor a zonas de tu cerebro donde hay lenguaje, memoria, reconocimiento.

¿Has practicado estar muerto? Cierra los ojos en un lugar oscuro y no te muevas en veinte minutos. No muevas nada, ni los dedos de las manos, ni los ojos, nada. Es como un ejercicio de escritura automática, el pensamiento se va a diversos espacios físicos y anímicos de la memoria, un niño con los ojos vendados frente a una piñata.

Las venas de las manos son árboles. Las raíces se acentúan con la duración de tu piel en la tierra.

Vivir se trata de seguir instrucciones. Lo que de pronto altera todo es cuando las entendemos mal.

Dejé a una planta crecer como quisiera, sólo me aseguraba de que tuviera agua y sol pero indirecto, luz controlada. Pero creció tan imprudente que en poco tiempo tuvimos que dejarle la casa, era ella o nosotros. Y nosotros no teníamos la menor idea de cómo alimentarnos ni darnos luz, ella sí.

El sol, esa yema perfecta en un huevo frito gigante.

Luego sabría que una compañera de la escuela pobre donde estuve sería mesera en una cantina con ficheras. Su rostro era dulce, como a los 11 años. No supimos qué decirnos. Y actuamos como si no supiéramos quiénes éramos. Por dignidad o miedo o algo que no tiene nombre, mezcla de vergüenza por saber qué hacía ella ahí, qué hacía yo ahí, y por no saber comportarnos. Me quedé un rato, pedí un par de tragos y luego me fui a casa como si nada. Una vez me topé con un chico de la secundaria, recogía en la calle las bolsas de basura y las ponía en el camión municipal. Poco había en él del rostro que yo recordaba en el patio, a la hora de la división por grupos antes de pasar cada uno a su salón. Sus manos recogían la basura en directo, sin guantes, su tez morena por el sol diario. Me vio, lo vi. Recordamos quizá la misma escena del patio, de amigos en común, de bromas estúpidas sobre un maestro, la risa cohibida, los deberes que llenan todo el día, esa razón de estar ahí, sin gana alguna, cumpliendo el deber de ser hijo y educarse para no tener obstáculos en la vida y triunfar porque nuestros padres la tuvieron más difícil y era nuestra obligación superarlos.

¿Qué es lo que más me gusta del arte? Las comparaciones.

¿Qué esperabas de la vida? Que algún día me hicieran preguntas como esta.

¿Qué querías ser de niño? De donde vengo los niños no opinan, así que no me molesté en tener sueños ni creer en el futuro. Tampoco creo en el presente pero eso es uno de los pocos lujos que me permito. Eso y un sorbito de vodka antes de dormir, por si las dudas.

¿Qué es lo que más recuerdas de tus padres? Una pelea. Peleaban todo el tiempo, para eso se casaron, para pelear en la misma casa.

¿Algo que le quieras decir a los jóvenes que los haga estudiar, leer, ser artistas? Por dios, qué espanto. Uno sólo es ejemplo de la capacidad del error y la pendulación de haber estado a punto de algo que no comprendimos y que sin saber cómo dejamos ir. Mira, es como hornear un pan, te dan los ingredientes, te meten a una cocina y ahí estás como imbécil sin saber qué es primero ni qué sigue ni cómo puta madre prender el horno. Para cuando sabes hacerlo te dicen que tu tiempo se acabó, kaput, finito, no more, salga de la sala en este momento.

Por último, ¿En qué creías antes de morirte?

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Written by Brenda Ríos

Brenda Ríos

Autora de los libros Escenas del Jardín; Empacados al vacío, ensayos sobre nada; Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco; El vuelo de Francisca; Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector. Ha sido beneficiaria de los programas del Fonca; PECDA Guerrero y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013.