Ignacio Padilla (1968-2016)

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Para Enzia y Pedro

El pasado sábado 20 de agosto, en una comida con amigos, me enteré de la noticia del accidente fatal de Ignacio Padilla. Afortunadamente tenía un tequila a la mano y el trago fue menos violento y  amargo. Han pasado dos días y la historia de su muerte temprana calcina toda explicación. Incredulidad y pesar. Malhumor y rabia. Un escritor querido y respetado por sus pares. Por eso, todas las notas, todos los comentarios en redes sociales y los obituarios coinciden en la cordialidad del fallecido escritor, ajeno a la pedantería y el esnobismo tan comunes en el gremio.

Durante los primeros años de mi llegada a la Ciudad de México, a finales de 1989, nos encontramos muy seguido, en fiestas y presentaciones de libros; aunque también asistíamos a una suerte de tertulia en el Café Trevi, en los márgenes de La Alameda Central donde, con desenfado y complicidad, leíamos nuestros primerísimos textos; a ese enclave citadino que permanece todavía de milagro, asistíamos ciertos viernes, Armando Oviedo, Pedro Guzmán, Joel Mendoza, Jesús Quintero, Enzia Verduchi cuando venía de Campeche, Nacho Padilla y otros menos constantes que los cometas. De todos los contertulios, Padilla era ya un escritor con un libro de relatos publicado, Subterráneos (1990), bajo el sello de la Editorial Castillo, mérito del Premio Alfonso Reyes de literatura juvenil concedido en Monterrey; era, además, colaborador estrella de Sábado del periódico Unomásuno y había sido becario del INBA en narrativa bajo la tutoría de Ignacio Trejo Fuentes.

En el arranque de la década de los noventa, la vida literaria en la Ciudad de México poseía bullicio y garbo. Con varios de los mencionados acudí a lecturas de poesía de Alberti, Paz y Bonifaz Nuño, a conferencias en el Colegio Nacional de Pacheco y Elizondo. Recuerdo que Nacho aún no concluía sus estudios de comunicación en la Ibero pero tenía ya en mente salir del país lo más pronto posible; en esos días de “detectives salvajes” hicimos el periplo a Malinalco en 1991 para recoger ejemplares de las plaquettes que Luis Mario Schneider publicó a dos de nuestros amigos y cófrades, Las maneras del mundo de Pedro Guzmán y Trenes de humo al bajoalfombra de Padilla, ambos títulos convertidos ahora en joyas bibliográficas. La foto grupal tomada por Alberto Tovalín en las vías del tren de Cuernavaca, que circuló en Facebook a partir de la fatal noticia, es de aquel año de 1991; nos habíamos reunidos previamente en la casa de Lomas Virreyes de Jorge Fernández Granados, otro amigo de correrías de aquel periodo, y luego nos fuimos caminando —bajo la capitanía de Guillermo Fernández— hacia ese paraje ferroviario hoy desaparecido.

Por esos meses comenzó a escribir su novela La catedral de los ahogados (1995), que habría de publicarse, cuatro años después, en Difusión Cultural de la UAM durante la gestión de Bernardo Ruiz. Para entonces ya era el editor de Playboy México y comenzó a ganar todos los premios de novela, ensayo, cuento, teatro y literatura infantil a que se presentaba. Como yo trabaja en la “Metro”, cuando Nacho nos visitaba para revisar las pruebas de su novela, planeábamos comer en la Cantina Don Quijote de la esquina de Puebla y Oaxaca, destino premonitorio de una de sus grandes pasiones: la novela cumbre de Cervantes. En aquella época era un lector voraz y curioso, especialmente de novedades editoriales que todavía no se publicaban al español: Saramago, Coetzee, Manganelli, Lispector, Otes, Lobo Antunes… A diferencia de Jorge Volpi y Pedro Ángel Palau, compañeros del Crack, Padilla no fue un lector de poesía atento y curioso; su potencia narrativa estuvo siempre en la intuición y en la vena imaginativa no tanto en la renovación discusiva del lenguaje a la manera de su admirado Samuel Beckett.

Cinco años después Nacho se fue a Reino Unido a continuar sus estudios, luego vino el Crack y su rápido reconocimiento literario con la publicación de Amphitryon (2000). Aunque dejamos de vernos y procurarnos, todas las veces que coincidimos, el amigo de andanzas se mostró cálido y cordial; nos encontramos en Lima en un festival literario y también en Londres durante su sufrida etapa de funcionario público. Aunque no soy lector de novedades narrativas, leí con deleite cómplice La Gruta del Toscano (2006) donde Padilla narra las diversas expediciones europeas al Infierno de Dante, una vez que un grupo de alpinistas austrohúngaros descubrieron el amenazante portón —con la leyenda endecasilábica de lasciate ogni speranza voi che entrate— en una zona del Himalaya. Al lado de las novelas El club Dante de Matthew Pearl y de la desternillante La ciudad del Gran Rey de Óscar Esquivias que convocan la poesía del gran florentino, esta pieza del narrador mexicano navega entre las aguas de la gran literatura fantástica, una verdadera excentricidad en el concierto de la literatura mexicana.

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Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.