El presente impuro de la poesía mexicana. Entrevista a Julián Herbert (última parte)

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En este quinto número de Terraplén concluimos con la entrevista al poeta, narrador, crítico y cantante de rock Julián Herbert, al respecto de la poesía mexicana actual, realizada a la luz de la lectura de su libro Caníbal. Apuntes sobre poesía mexicana reciente. En esta ocasión se tratan dos puntos: las discusiones generadas a raíz de la aparición de la antología México 20 y las características que pueden advertirse en la escritura de las generaciones más recientes. Interesados en explicarnos qué ocurre en México al respecto de la poesía, esta publicación continuará realizando entrevistas sobre el tema a poetas y críticos durante los siguientes números.

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T: Julián, “La rivalidad y el desacuerdo son una constante de la poesía mexicana actual”, señalas en Caníbal, y mencionas tres componentes de ese constante choque: desavenencia entre los valores distintivos de la poesía, competencia por estímulos, y en algunos casos, por espacios de poder, y la proliferación de antologías. En el contexto actual parece que tu texto explica la situación. Ahora ocurre el conflicto alrededor de la antología México 20, conflicto que entraña los tres componentes de los que hablas. Además hace unos días un texto de Círculo de Poesía desacreditó el trabajo del programa Tierra Adentro. Desde el punto de vista de Julián Herbert cuál sería el diagnóstico. ¿Qué sucede en la poesía mexicana? ¿Por qué ocurre esta crisis?

JH: Primero, no creo que se trate de una crisis; creo que es un componente de nuestra crítica social y literaria que regresa una y otra vez, y qué bueno que regrese, porque es fundamental: una puesta a prueba del campo literario desde distintos puntos, que cuestiona lo oficial/institucional pero también los prestigios personales, la valía de las obras que se están produciendo y los instrumentos de la crítica literaria. Sin este tipo de ejercicios, simplemente la literatura mexicana no podría renovarse ni retarse a sí misma. Ahora, estos últimos ejercicios de los que hablas tienen un doble componente o, mejor: una doble sintaxis (de la que hablaré enseguida). Si a esto le agregamos el hecho de que en este caso particular las redes sociales se encendieron mucho más que las páginas de revistas o suplementos culturales (dada la velocidad de la discusión) creo que podría dibujarse con mayor claridad el panorama. Yo creo que en este caso las redes sociales actuaron como un catalizador nefasto, quemando el combustible emocional y postergando la reflexión; creo que si la polémica se hubiera dado en medios impresos habría sido productiva, y a mi juicio no lo fue.

¿Qué pasó con México 20? La mayoría de los críticos ha tergiversado la sintaxis de esa polémica y olvida un par de hechos: el primero es que el libro fue criticado de antemano sin que se conociera de él nada más que la portada y la lista de poetas seleccionados. El segundo es que los destinatarios iniciales de la andanada de críticas no fueron ni las instituciones ni los seleccionadores sino los poetas seleccionados. No solo se les atacó de entrada por estar en una antología oficial, sino que se les insultó, a veces directamente y a veces con indirectas, tratándolos de malos poetas, oportunistas, y en el caso de una de las autoras, de haber sido seleccionada por influencia de su novio. Muchos autores incluidos en la antología optamos de manera natural por responder a indirectas e insultos con sentido del humor: haciendo mofa –también indirecta– de algunas de las seudo-críticas originalmente vertidas. La reacción fue acusarnos de cinismo y falta de seriedad. Sin embargo, cuando yo propuse el argumento de “¿Por qué no esperamos a conocer el libro, a leer el prólogo y la selección, etcétera?” Heriberto Yépez y María Rivera me llamaron cobarde y me acusaron de ser ridículo, ignorante y defensor de Peña Nieto. Y aquí es donde quisiera hacer una inflexión: cuando Heriberto Yépez publicó el artículo más serio que se ha hecho sobre el tema, donde señala que la selección de los poemas no fue realizada por los seleccionadores sino por los propios poetas incluidos, y que esto contradice un pasaje del prólogo del volumen, está –sin decirlo– dándome la razón: había que conocer el libro de manera textual, y no solamente por su portada, para poder criticarlo de manera cabal. El problema –lo dije en otra parte, lo repito– es que cuando los críticos de México 20 se dejaron llevar por la ira y adelantaron vísperas para ejercer su crítica, los únicos destinatarios de esa virulencia (no puede negarse que la reacción ha sido virulenta) fueron los poetas seleccionados, como si uno tuviera la culpa de que lo seleccionen para una antología. Para cuando las críticas hacia México 20 adquirieron verdadera consistencia (que algunas la tienen, no está de más añadirlo), ya las aguas estaban envenenadas: demasiados insultos habían corrido de un lado a otro. Y eso no le hizo bien a nadie, y creo –esto también lo he dicho en otro foro– que ni los poetas incluidos hemos tenido humildad para reconocer la pertinencia de algunas de las críticas, ni los críticos han tenido la humildad de reconocer que sus críticas iniciales no solo se adelantaron, sino que se centraron en quienes menos responsabilidad tenían del modo en que se efectuó la antología: los autores seleccionados.

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(Cuento una anécdota rápida con la esperanza de que nadie se enoje, pues es un tema ya lejano: en 2004, Luis Vicente de Aguinaga y yo tuvimos un desaguisado a causa de una reseña que hice sobre uno de sus libros. Intercambiamos algunos correos electrónicos no muy amigables, de cuyo contenido no hablaré porque es privado. Al poco tiempo, tuve que escribirle de nuevo a Luis Vicente para solicitar su permiso de incluir algunos de sus textos en la muestra de poesía hispanoamericana El decir y el vértigo. Me respondió con un escueto: “Adelante. Yo no voy a interponerme en el trabajo de nadie”. En mi opinión, así es como debería pensar uno cuando lo invitan a una antología: pensar en el trabajo del otro. Yo francamente preferiría no formar parte de una antología tan mala como El canon abierto, publicada por Visor en 2015. Pero estoy ahí, como estoy en otras 20 antologías de distintos países e idiomas. Estoy ahí porque alguien me solicitó ser incluido, no porque yo lo pedí.)

Otro tema que exacerbó lo de México 20 fue uno que me da un poco de risa: el mentado Viaje-A-París. El coraje de muchos críticos no era tanto “los seleccionaron” sino “los llevan gratis a París. ¡Con dinero del erario!”. Digo que me da un poco de risa, primero, porque si a mí me dieran a escoger Berlín o París escogería nueve de cada 10 veces Berlín. Y a mí me habían invitado desde meses atrás –con los gastos pagados por Literaturwerkstatt– al Poesiefestival Berlin. Y lo de París era dos días después; cualquier funcionario que quisiera ahorrarle dinero al erario habría aprovechado esta coincidencia. (Idealizan demasiado París, chicos: es una Milf vestida de pastel de quinceaños. Vayan a Berlín.) Y me da risa, segundo, porque viajo dos o tres veces al año al extranjero –tan lejos como Japón, tan cerca como Nicaragua– y buena parte de esos viajes los han pagado universidades, festivales e institutos extranjeros. Y nunca nadie, en Santiago de Chile o Edinburgo o Tokio o Roma o Barcelona, me acusó de ser corrupto porque las instituciones de su país me pagaran un boleto de avión o una noche de hotel. Porque voy a trabajar, no nada más a contemplar el Tíber.

Por lo que respecta a Tierra Adentro, reproduzco lo que dije en mi muro de Facebook:

Me parece muy bien la crítica a las instituciones culturales. No me parece acertado partir en ella de títulos amarillistas como “El fracaso de Tierra Adentro”: lo que sería un señalamiento coyuntural -los propios redactores de Círculo de Poesía lo conciben así en los primeros párrafos de la nota que publican al respecto- parecería contener una diatriba absoluta acerca de uno de los programas culturales históricos del Estado mexicano. Esto, en un momento en que se está intentando desmantelar los programas culturales del Estado desde el seno del propio gobierno, me parece un harakiri (o, en todo caso, un intento desesperado y fantasioso de hacerse con el timón del FETA, una práctica que no es ajena al Círculo de Poesía y que ya intentaron una vez, hace años, con la revista Crítica de la BUAP).

Me parece bien que se cuestione la labor de los funcionarios públicos mexicanos. Me parece mal que, para hacerlo, se parta (en el caso específico de Mónica Nepote) de dos falacias, la segunda más ofensiva que la primera. Uno, acusan a la editora de haber publicado a “un grupo” de autores mexicanos durante su gestión (hombre, la afirmación es ridícula partiendo de la cantidad de títulos que el programa publicó en esos años: no hay mafias literarias tan grandes). Y dos, hacen una innecesaria declaración sospechosista sobre su relación con Mauricio Montiel Figueras (hasta donde sé, esa relación no existe; existió hace más de una década, mucho antes de que ambos autores ocuparan cada uno por su cuenta puestos públicos). ¿Por qué nadie diría casi nunca que Mauricio Montiel -o yo, o el actual director de publicaciones de un estado, da igual- ocupa u ocupó un cargo público por influencia de su esposa, y en cambio eso se dice tiro por viaje cada vez que una escritora o editora accede a un cargo?… Aquí no sólo se trata de ignorancia y de falta de corroboración –algo que cualquier periodista cultural serio hubiera hecho, y que por sí solo es un dato que amerita desconsiderar la nota desde el punto de vista más básico de la ética periodística–: se trata simple y llanamente de amarillismo y de machismo. Podría decir más cosas sobre el tema, pero la respuesta que Nepote dio ya a la nota en Facebook me parece más que suficiente.

Por último: me parece muy bien que se cite un diagnóstico de Rafael Vargas acerca del estado en que encontró el FETA hace algunos años, y el balance de cambios que en ese entonces proponía. Lo que no me parece muy bien es obviar el hecho de que, durante los meses en que Rafael Vargas estuvo al frente de TA, ninguno de esos cambios de fondo se implementó, ni remotamente. Es más: me atrevo a afirmar que, al menos durante su primer año al frente del proyecto, Rodrigo Castillo atendió más al dictamen de Rafael Vargas que el propio Rafael Vargas durante su breve gestión. No es mi intención descalificar el trabajo de Rafael –como sí, en cambio, es intención de la nota de Círculo de Poesía descalificar a Mónica Nepote y Rodrigo Castillo–, sino señalar lo evidente: no es lo mismo hacer un dictamen que implementar mecanismos pragmáticos para renovar un proyecto cultural de alcance nacional.

No quiero opinar sobre las especulaciones acerca de quién podría o no dirigir TA en el futuro, entre otras razones porque no tengo ninguna clase de información (ni siquiera rumores) al respecto. Me conformo con aclarar que no tengo vínculo con TA (ni laboral ni consejeril o cortesano, aunque sí afectivo: es como una novia de mi juventud), rara vez he colaborado en la revista durante la última década (y aun: no estoy seguro de haber cobrado nunca, porque la burocracia de egresos del programa es detestable) y no tengo ni tiempo ni ganas de recibir ninguna prebenda de TA. Mi lectura es personal e independiente, y sí: me importa que el programa permanezca y sea bien administrado, y no caiga en ese truco pertinaz con el que históricamente se ha vendido el Círculo de Poesía, y que cada vez me parece más ingenuo: decir que determinado proyecto cultural es amafiado para acceder luego a él y subyugarlo a sus propios designios (esos sí los designios de una mafia –pequeña y camarruda y sin ideas, pero mafia al fin).

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T: Julián, desde tu perspectiva, ¿qué está sucediendo en la poesía mexicana en los últimos años? Algunos críticos han advertido una tendencia hacia registros más bajos, menos solemnes, más hacia lo que pasó en España con la generación de los novísimos, por ejemplo, en la que un Panero, o un Pere Gimferrer, o Montalbán, jóvenes de 20 años, escribían con referencias de su entorno inmediato: los cómics, las películas, la televisión, el rock, lo popular. Otros con una tendencia hacia la copia de modelos sudamericanos: peruanos, argentinos, chilenos, en cuanto a búsqueda. Otros un acercamiento “tardío” a estrategias conceptuales norteamericanas y a las enseñanzas de Ulises Carrión, tan actual últimamente, y de poesía visual sesentera. ¿Tú qué adviertes como lector de poesía mexicana actual? ¿Es muy diferente a la de las generaciones pasadas? Si ha cambiado o no, desde tu punto de vista, ¿es positivo?

JH: Claro que percibo un cambio de paradigma, sobre todo a nivel poético-demográfico y no necesariamente de calidad literaria: si agarras un catálogo de Tierra Adentro y lees los títulos de los libros de poesía que se publicaban en los 80 y 90 y lo comparas con los de los dosmiles, ese cambio de paradigma se percibe de inmediato: menos agua y nubes, más coches y galaxias –estoy simplificando, claro–. Ahora, si se trata de algo bueno o malo para la poesía mexicana, esa es una pregunta mucho más compleja. Primero, en Caníbal hablaba yo de ciertos tics formales y ciertos discernimientos mitificados que rodean a la poesía cuando la vemos como un todo dentro del mundo social (ese para mí es el principal riesgo de las lecturas sociologizantes); es algo largo y no voy a detallarlo aquí. Sólo voy a decir que esos tics y esos discernimientos mitificados pueden desplazarse de un determinado estilo dominante a otro determinado estilo dominante sin que la experiencia poética sea más fructífera o más intensa (aunque quizá sí más divertida) ni para los poetas ni para los lectores de poesía. Un buen ejemplo de ello son los Novísimos en España, donde hay un par de buenos poetas y una legión de pésima poesía encabezada por autores como García Montero, donde la referencialidad solo sirve como pretexto del sentimentalismo ramplón. De nuevo: me parece un error de enfoque crítico acercarse a la poesía exclusivamente desde el punto de vista de su referencialidad, porque la poesía como experiencia es sintaxis y pansemiótica: una percepción que se tensa a través del lenguaje entre el orden de la naturaleza y la techné, el mundo social y político y el orden quizá más complejo de las premoniciones y fantasmas –es decir de la psique. En general prefiero la poesía que habla de coches y galaxias que la que habla de agua y nubes, pero su referencialidad no la vuelve mejor poesía: puede ser una poesía sumamente superficial, así como la mala poesía de agua y nubes puede ser sumamente solemne. Luego está el tema de las estrategias más complejas de lenguaje, la influencia de la tradición gringa y sudamericana; el problema para mí es que cuando leo poemas con un trasfondo interesante pero escritos en una prosa que repite con sonsonete sintáctico el fraseo de Viel Temperley, o imágenes celestiales en letanía torturada a la manera de Zurita, o exploraciones conceptual/barrocas de ideas que ya están en los language, me parece que lo que le falta al poeta no es instrumental sino visión: una experiencia humana que atraviese algo más que la sola política o la sola literatura. Aun así, creo que en este segundo registro hay cosas más complejas e interesantes.

Para mí existen tres problemas estéticos que de algún modo u otro te permiten resolver todos los demás: el problema de lo sublime, el problema de la parodia (que es en realidad el problema de la literatura en segundo grado: el problema de la influencia) y el problema del punto de vista. Si no has meditado y ejercitado esos tres problemas en tu escritura, no sé… Se me hace difícil entender por qué no lo harías. Sé que no suena novedoso, y no pretendo que suene; yo en realidad soy un escritor medieval, no experimental.

Tengo que aclarar que en medio de este proceso del que hablamos dejé de escribir –y en cierta medida de leer– poemas durante tres años, apenas estoy regresando. Me siento como el chico que salió lesionado en el primer tiempo de la final y tuvo que quedarse en la banca durante dos temporadas. No estoy satisfecho (ni como lector ni como autor) con la poesía mexicana actual, aunque en general los poetas nacidos en los 80 me complacen (no necesariamente me gustan o me sorprenden o los amo: me complacen) más que los de mi generación. 

T: Si has tenido tiempo de leer a los nuevos poetas, los de la generación de los noventa, qué has advertido en ellos? ¿Alguna cualidad específica, o elementos de las generaciones anteriores? ¿Qué se puede advertir desde este punto en el que te encuentras?

JH: He leído a algunos nuevos poetas, sí, pero no mencionaré nombres: luego uno cuando es viejo menciona nombres por entusiasmo momentáneo y algunos lectores confunden esa forma de alegría con un intento de armar una mafia o apuntalar a supuestos discípulos. ¿Veo en esos poetas alguna cualidad específica?… Sí: la cualidad específica de cada escritura y de cada poema con los que he venido trabajando. Me explico: en este momento mi mood no es tanto hacer antologías, escribir crítica o producir poesía conceptual; me cansaron un poco esas cosas, te soy franco. Me cansa un poco tanto pinche fratricidio, aunque no lo parezca –porque también soy muy cerillito y me enciendo de volada. Pero en fin: en este momento lo que me interesa es el taller: volver a lo básico: the craft: el oficio. Estoy intentando, en la medida de mis alcances, compartir lo que sé sobre mi oficio –no nada más como poeta, también como narrador y crítico y cronista– con otros escritores. Coordino desde marzo de 2015 una chingadera que se llama el Seminario de Literatura Francisco José Amparán. Sesionamos todos los miércoles de manera presencial en Saltillo. Se supone que dura cuatro horas, pero a veces nos la ingeniamos para que dure cinco o 10 y una vez hasta 13 horas. ¿Qué hacemos?: fijamos módulos temáticos, discutimos ciertos libros, revisamos textos originales (cuentos, poemas, guiones, crónicas); lo elemental. Eso es lo que consume la mayor parte de mi energía últimamente: tratar de volver a aprender a leer en compañía de amigos y colegas, algunos de ellos muy jóvenes. Eso, y reponerme del divorcio.

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