Seis poemas de Wallace Stevens

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En este quinto número, presentamos con gran gusto seis extraordinarios poemas de Wallace Stevens en versiones del poeta y traductor mexicano Hernán Bravo Varela.

Wallace Stevens sin duda es uno de los poetas renovadores de la poesía norteamericana del siglo XX. Contemporáneo de Pound, Eliot, Williams, cummings, Sandburg, el reconocimiento le llegó tarde. Inició su carrera a la edad en que otros suman ya varios libros; tenía cuarenta y cuatro años cuando se publica su primer volumen de poemas.

Una mujer mayor, pretenciosa y cristiana

 

La poesía, señora, es la ficción suprema.

Tome la ley moral y haga de ella una nave,

y de la nave un cielo encantado. Es así

como nuestra conciencia se convierte en palmeras,

huracanadas cítaras que apetecieran himnos.

De entrada, concordamos. Es claro. Pero tome

la ley que se le oponga y haga un peristilo,

y con él organice algún baile de máscaras

allende los planetas. Así nuestra impudicia,

que no expió el epitafio y fue absuelta al final,

termina convertida de igual forma en palmeras,

garabateadas como saxofones. Y de una

palmera a otra, señora, volvemos al principio.

Permita que en la escena planetaria, por tanto,

sus flagelantes bien cebados, desafectos,

golpeándose las panzas borrosas que desfilan;

orgullosos de tales fruslerías sublimes

―tanto tun, tanto tan, tanto tunta-tuntán―;

puedan, señora, puedan arrebatarse un poco

en alegre jaleo allá entre las esferas.

Respingarán las viudas. Pero lo imaginario

parpadea como ellas, mucho más si respingan.

El sitio de los solitarios

 

Dejen que el sitio de los solitarios

sea un sitio de ondulación perpetua.

 

Se encuentre en alta mar

sobre la rueda de agua oscura y verde,

o en las playas,

no debe cesar nunca

el movimiento o ruido que hace el movimiento,

el ruido renovado,

la continuidad múltiple;

 

sobre todo, el que hace el pensamiento

y su incansable iteración

 

en ese sitio de los solitarios,

que debe ser un sitio de ondulación perpetua.

 Hombre hecho de palabras

 

¿Qué sería de nosotros sin el mito sexual,

la ilusión de los hombres o el poema de la muerte?

 

Castratos de una luna hecha puré. La vida

consiste en sugerencias vitales. La ilusión

 

de los hombres es una soledad donde creamos

aquellas sugerencias, desgarrados por sueños,

 

por atroces conjuros de derrotas, por miedo

a que sean lo mismo el sueño y la derrota.

 

La raza es un poeta que anota las excéntricas

sugerencias que vienen de su propio destino.

Ramo de rosas a la luz del sol

 

Digamos que es un tosco efecto: rojos negros,

rosáceos amarillos, blancos anaranjados,

mucho para ser algo más a la luz del sol

 

de la habitación, mucho para que la metáfora

los cambie, muy auténticos; cosas que, al ser reales,

hacen algo menor de sus figuraciones.

 

Pero este efecto es una consecuencia del modo

en que sentimos. No es real, por tanto, excepto

nuestro sentido de él, del rojo más fecundo,

 

del amarillo como primer color, del blanco

en que el sentido, como lo hace un hombre, se queda

inmóvil, y es enorme, al concluir su verdad.

 

Cambia nuestro sentido de estas cosas y cambian

ellas. No en la metáfora, sino en nuestro sentido

de ellas. El sentido supera a la metáfora,

 

a los pesados cambios de luz. Es como un flujo

de los significados que no tienen lenguaje,

y de tantos de ellos como hombres existen.

 

Somos dos los que usamos las rosas como somos,

únicamente al verlas. Esto es lo que las hace

parecer a distancia del tacto del retórico.

Babieca

 

La flor extraña, el sol,

es eso que tú dices.

Tómalo como quieras.

 

El mundo es espantoso

y la gente está triste.

 

El penacho de plumas de la selva,

el ojo de animal,

es eso que tú dices.

 

El salvaje de fuego,

la semilla,

tómalo como quieras.

 

El mundo es espantoso

y la gente está triste.

La muerte de un soldado

 

La vida se contrae y la muerte es prevista,

como ocurre en otoño.

Se desploma el soldado.

 

No se convierte en una figura de tres días

que impone su separación del cargo

o exige una solemne ceremonia.

 

La muerte es absoluta, sin conmemoraciones,

como ocurre en otoño,

cuando el viento ha dejado de soplar,

 

cuando el viento ha dejado de soplar y las nubes,

sobre los cielos, a pesar de todo,

siguen su propio rumbo.

Hernán Bravo Varela ha publicado cinco libros de poemas y dos de ensayo literario, así como traducciones de Oscar Wilde, Emily Dickinson, T. S. Eliot, Leonard Michaels y Seamus Heaney, entre otros autores. Su libro más reciente es Hasta aquí (Almadía, 2014).

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