Paco Ignacio Taibo II. Cuatro décadas del neopolicial mexicano

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Han pasado cuatro décadas desde que Paco Ignacio Taibo II se propuso otorgarle carta de naturalización a la novela policíaca en México. En aquel entonces, 1976, año de publicación de su primera novela, la crítica literaria no aceptaba que el género pudiera desarrollarse en el contexto mexicano, decían “cosas verdaderamente muy divertidas, como que la novela negra es un género anglosajón, pero ¿de cuándo a acá los géneros son propiedades nacionales?”, recuerda Taibo.

–Fue una batalla muy solitaria, era el laberinto de la soledad –dice el creador del detective Héctor Belascoarán Shayne–. Entonces yo estaba en estado de soledad absoluta. Incluso quienes escribían novela policíaca se negaban a reconocerlo. Vicente Leñero, que escribió Los albañiles [en 1963], si le decías: escribiste una novela negra; decía: no, para nada, yo estoy en la línea de la vanguardia y los ecos del Boom. Jorge Ibargüengoita con Las muertas [1977] y Dos crímenes [1979], tampoco. Rafael Ramírez Heredia llegó [al género negro] año y medio después [con la publicación en 1979 de Trampa de Metal].

El poco prestigio del que gozaba el policíaco en el país se vio reflejado en la crítica negativa que acompañó la publicación de las primeras dos novelas de Taibo II, Días de Combate y Cosa Fácil, con las que inaugura la serie Belascoarán Shayne. “Una crítica bastante virulenta”, dice. En esos años, sólo se publicaron dos reseñas favorables, escritas por Anamari Gomís y Cristina Pacheco.

–Lo demás era puro palo –agrega–, pero eran palos que se resbalaban, porque te los producía un sector al que no le tenías ni cariño ni respeto. No me atraía el mundo de la culturita, tenía un desprecio profundo por los escritores que se la pasaban bebiendo en cocteles de embajadas. Había un concepto de la cultura muy pretencioso y decía: ahí está el Boom y la experimentación del Boom, maravillosa y potente con estas grandes estrellas, Carlos Fuentes, Juan Rulfo; y en el camino de acceso gentes como Vicente Leñero; luego está La Onda, que ha sobrevivido en estos mares procelosos: José Agustín, Gerardo de la Torre, René Avilés Fabila, Parménides García Saldaña; y luego la nada; y yo era de los de la nada.

La poca estima que se le tuvo a la narrativa policíaca, siempre acompañada de la etiqueta de género menor, por parte de las instituciones legitimadoras del quehacer literario en México, al menos hasta la última década del siglo XX, contrastaban con el aprecio del público que hizo posible que las novelas de Paco Ignacio Taibo II agotaran sus tirajes y se tradujeran a varios idiomas.

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–Las novelas crecieron con un desprecio absoluto por parte de estos dos sectores [críticos y escritores], pero a mí me salvaron los lectores. Días de combate llegó a su segunda edición luego, luego; y Cosa fácil a la segunda y a la tercera; y luego gané el Grijalbo con Héroes convocados, y empezaron a publicarse fuera mis novelas, primero en Alemania, luego en Estados Unidos, en Francia; entonces tienes en México una respuesta de los lectores y un eco internacional que mis colegas no tenían, entonces era muy divertido, porque eras como el socialismo polaco, realmente inexistente, pero realmente muy existente. La vida de las novelas, editándose muchas veces, publicándose fuera de México, me dio un espacio de supervivencia que fue creciendo y creciendo hasta llegar a un grado que yo era uno de los pocos profesionales de la literatura que quedaban en este país que vivía de escribir, el resto de mis colegas viven de dar clases, de becas, etcétera, yo tengo que decir que nunca pedí una beca a nadie, ni estoy en ningún sistema de investigadores ni nada y que mantuve mi distancia respecto al aparato del estado.

Lector de sus contemporáneos, los españoles Manuel Vázquez Montalbán y Julián Ibáñez; los franceses Jean François Vilar y Daniel Pennac; los estadounidenses Jerome Charyn, Marc Behm y Martin Cruz Smith; el uruguayo Daniel Chavarría; el argentino Rolo Díez, entre otros; Paco Ignacio Taibo II supo desde el principio que el reto era crear una novela policíaca a la mexicana, sin facilismos; incluso cuando sus libros comenzaron a publicarse internacionalmente y se le recomendó que utilizara un lenguaje “más universal”, el autor no renunció al reto autoimpuesto de retratar su ciudad y los personajes de su ciudad.

–En el punto de partida, desde el diseño de Días de combate, yo tenía claras algunas cosas; algunas otras no, se fueron aclarando en el proceso y se fueron armando en el proceso de hacer novela policíaca; pero en el punto de partida tenía clarísimo que la mexicanización del género pasaba por construir historias, personajes y atmósferas que fueran nacionales; pero había que abandonar las maneras superficiales de acercarte a la mexicanización, por ejemplo que se llamara Pancho Pérez; entonces me negué a que se llamara Pancho Pérez. Si te la crees, te la vas a creer, no por los facilismos de las calles que recorre o el nombre del personaje.

Nace entonces Héctor Belascoarán Shayne, el ingeniero electromecánico, trabajador de la General Electric, que a los 31 años decide abandonarlo todo y convertirse en detective; un hombre que ha sido abandonado por su esposa, que no tiene dinero suficiente para pagarse un despacho y tiene que compartirlo con un plomero; que obtuvo su licencia como investigador a través de un curso por correspondencia y que a falta de un método deductivo se deja guiar por el instinto.

–A la búsqueda de un personaje complejo, encontré que lo que me interesaba era un personaje que tuviera elementos de desarraigo, y que estos elementos de desarraigo lo hicieran mexicanizarse obsesivamente; entonces, la historia familiar era más fácil, y construí un personaje hijo de una cantante de folk irlandesa y un marino vasco, suelto originalmente en Coyoacán, parece (tampoco me interesaba demasiado precisarlo), y con un nombre que dije: el día en que un locutor de radio aprenda a decir Belascoarán ya chingué; porque al principio era Belascoín, Belascorón, Belascocualquiercosa.

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La literatura de Paco Ignacio Taibo II, lo mismo que sus libros históricos, se han caracterizado por su compromiso político y social, sin embargo, en sus dos primeros acercamientos al género los crímenes que investiga Belascoarán Shayne forman parte del ámbito de lo privado, tal vez porque los crímenes de estado resultan inasibles para un investigador principiante.

–Tropecé con la primera historia de Belascoarán, la del asesino de mujeres, que era un rumor que corría en la Ciudad de México y no tenía base, era falso, la de un estrangulador de mujeres que atacaba en los baños de oficinas; y luego ya en el segundo dije vámonos, y me fui a contar la historia de que Emiliano Zapata estaba vivo, junto con la historia de una huelga en una fábrica [donde se pretende culpar al sindicato del asesinato de un ingeniero] y una actriz porno mexicana [cuya hija intenta suicidarse].

Como en el mejor Hard-Boiled, el método de Héctor Belascoarán Shayne es arrojar una barra de hierro en medio de la maquinaria para ver qué sucede, pero a diferencia de Sam Spade y Philip Marlowe, el detective mexicano se arroja a sí mismo y no sale ileso. Caso tras caso va perdiendo inevitable y literalmente partes de sí mismo: un ojo, la movilidad de una pierna. “No puede pasar por el pantano sin mancharse, y por lo tanto no puede pasar por un pantano de este tamaño sin herirse, sin irse degradando”, explica Taibo II. Sobre todo en la tercera entrega, cuando el detective se enfrenta por primera vez contra el aparato del poder.

–Me metí al tema de Los Halcones [el grupo de choque que participó en la matanza de Tlatelolco en 1968], y resultó que lo maté, porque la historia me obligaba a que muriera. Luego llegó un impase y dije: bueno, voy a escribir una novela de antes de que muriera, y escribí la cuarta [Algunas nubes]. Y luego dije: ¿por qué el vaticano va a tener el monopolio de la resurrección?; y escribí Regreso a la misma ciudad, donde revivía.

Luego de que resucitó, Belascoarán Shayne apareció en otras cinco novelas hasta 1993, alternando sus participaciones con otros dos personajes emblemáticos del fundador de la Semana Negra de Gijón: el escritor de novelas policíacas metido a investigador José Daniel Fierro, y la joven periodista Olga Lavanderos, protagonista de Sintiendo que en el campo de batalla (1989), y Que todo es imposible (1995); Lavanderos es uno de los pocos personajes femeninos dentro de la literatura negra mexicana.

–Olga fue una venganza. Alguien una vez me dijo, no tienes novelas con personajes fuertes femeninos, son secundarios siempre; dije: en la madre; me revisé a mí mismo y dije: tiene razón, voy a escribir una novela, no sólo con un personaje femenino, sino en primera; y no sólo eso, sino que muchísimo más joven que yo, y nació Olga con esta decisión.

Siguiendo la escuela del nuevo periodismo que se desarrolló en Estados Unidos en la década de los sesenta, Olga Lavanderos busca profundizar en las historias a las que debe dar cobertura; primero, el hallazgo de cadáveres en un canal de la Ciudad de México; después, una serie de cuerpos que tienen las manos pintadas de verde. En ambos casos se encontrará con la corrupción de las instituciones policiales, políticas e incluso religiosas, y lo poco dispuestos que están los medios de comunicación a dar a conocer la verdad si ello afecta sus intereses económicos. Ahora, después de una década, así como Héctor Belascoarán Shayne regresó en 2005 en la novela Muertos incómodos, escrita a cuatro manos con el subcomandante Marcos, la periodista prepara su regreso.

–Tengo una novela empezada que se llama Lo juro por el osito Bimbo. Lo que pasa es que llevo años atrapado en la historia, y siempre por algún motivo pospongo las novelas policíacas.

Y es que para Paco Ignacio Taibo II tanto la ficción criminal como la historia son “dos elementos reconstructivos de identidad”.

–La novela negra en la medida que va contando en profundidad lo que está pasando, te da una percepción que a veces no tienes, porque sólo ves pedacería, y la historia es lo que te permite la creación de una relación diferente con el pasado, más de identidad, ¿quienes somos?, ¿a dónde vamos?, ¿de dónde venimos?

Pese a la distancia que en los últimos años ha tomado del género negro, el legado del escritor es indiscutible; sin su perseverancia, no sólo como autor, sino como promotor y difusor de la narrativa policíaca en México, no habría sido posible el desarrollo que ha alcanzado esta literatura en el país, y sobre todo el reconocimiento del que ahora goza, incluso por parte de las instituciones académicas y culturales, que ha permitido la realización de seminarios, jornadas, encuentros y festivales en todo el territorio nacional. Todo ello sin perder su capacidad de denuncia, de retratar la realidad social del país. Capacidad de la que no puede escapar, dice, la nueva generación de escritores de policíaco.

–El país se ha polarizando tanto en términos criminales que es casi imposible escaparse del asunto.

convocados

 

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) es autora de la novela 36 Toneladas (ZETA, 2011), del libro de cuentos Ojos que no ven, corazón desierto (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009), y de la obra de teatro Basta morir (Teatro de la Gruta VIII, Fondo Editorial Tierra adentro y Centro Cultural Helénico, 2008). Cuentos suyos han sido publicados en una docena de antologías. Fue nominada al premio Silverio Cañada 2012 a mejor primera novela negra en la Semana Negra de Gijón, en España; obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2008; mención honorifica en el Concurso Nacional de Cuento Joven Alejandro Meneses, 2008; Mención especial en el Concurso Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo,  2008.

 

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