El poeta alucinado

ojos rojos - El poeta alucinado
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1

Entre más viejo me hago, con más frecuencia sueño que regreso a Villa Coapa, donde viví apenas un año. Me veo, por ejemplo, armando rompecabezas con mi hija en mi departamento. O me veo llevándola al colegio, como a las ocho, antes de fumar el mañanero y pasear a mi perra. Me gusta ese sueño, sobre todo por la hora. Por las mañanas la colonia era una maravilla, colorida, solitaria. En su mayoría la gente andaba fuera, en la escuela o el trabajo, y la demás se encerraba a dormir la mona, a afanarse con los trastes, con la lavadora, con el trapeador. La serenidad me parecía tan perfecta que debía de ser falsa; una mentira funesta pero muy bien actuada, donde todos seguían su guión: las enredaderas que trepaban inmóviles por las jacarandas; los policías que daban sus rondas con desidia y bicicleta; los colibríes que libaban el sexo de las azucenas; las ropas que aleteaban en los balcones, recién lavadas, como si quisieran huir revoloteando.

Durante uno de esos paseos, me distrajo una insistente campana. Era el servicio de limpia, que atesoraba las bolsas de basura separando el plástico, los cartones, los residuos orgánicos, antes de empacarlo todo en un enorme escarabajo con ruedas. Mirando a esos carroñeros me senté en una banca, bajo un ficus, y me dieron ganas de fumar, pero había olvidado mi cajetilla. Trataba de recordar dónde la había dejado cuando mi perra se puso a ladrar como una loca y yo miré en la dirección que me señalaba.

Ante mí, a unos diez metros, vi a un hombre barbudo, con gorro de leñador, gabardina cochambrosa, paraguas roto y un costal de cachivaches. Al principio creí que era alguno de los carroñeros, pero en seguida comprendí que era un verdadero vagabundo y que se acercaba a mí, con un cigarro apagado en la boca, para pedirme un fósforo. Luego de usar y regresarme el encendedor, con sus dedos pringosos me ofreció una colilla de Camel, casi completa, que no se me antojó a rechazar.

Mientras paladeaba yo la primera fumarada, él puso su costal recargado en el ficus, y con un gesto pidió permiso para acompañarme. Una afable sospecha me aconsejó aceptar su compañía y sólo entonces, al encarar su sonrisa de piano avejentado, supe quién era: un antiguo compañero de licenciatura, del cual recordaba sus hazañas y su apodo, «el Maxi», pero no su nombre completo.

—Pensé que no querías reconocerme —dijo al fin, aprovechando estos guiones para exhalar un elegante anillo de humo por la boca—. Hace mucho que no te veía, camarada: ¿veinte años ya?

—Exacto —me reí sin ganas, nervioso, antes de preguntarle con ironía involuntaria—. ¿Y cómo te ha tratado la vida, Maxi?, cuéntame.

—No me va mal, camarada, aunque lo dudes, y no te fijes en mi disfraz, que ando vestido así para despistar a la Interpol: tú sabes, me andan persiguiendo por mis ideas políticas —aquí se detuvo un rato para averiguar si yo le creía—. Por cierto, ¿no tienes de casualidad una credencial, una tarjeta, un pasaporte que te sobre, alguna identificación que me prestes? Necesito cambiar de identidad cuanto antes.

—No, Maxi, lo siento. Sólo la mía; pero no te va a servir de mucho.

—Sí, tienes razón —y se quedó callado, fumando con verdadero deleite mientras yo me dejaba conducir por la nostalgia, tratando de encontrar su nombre completo entre mis desordenados archivos.

2

Por muchas razones, no podía perdonarme la desmemoria. En tributo a nuestra efímera amistad, acepto que fue grande, mucho, la deuda intelectual que contraje con el Maxi. El me inició en la obra de Apollinaire, en la música de Frank Zappa, en el anarquismo de Errico Malatesta y en otras malas artes. Nos habíamos conocido en una oficina, donde trabajábamos a medio tiempo por las tardes. Él estaba en la prepa de la universidad, yo en la del seminario. Se portaba como un típico joven distraído, que venía de un pueblo lejanísimo, que casi no hablaba con nadie y que poseía un talento especial para las matemáticas. Siempre dije que hubiera sido un buen ingeniero, un gran ajedrecista, un cinéfilo de categoría o un poeta brillante, si no hubiera querido hacerlo todo al mismo tiempo, sin método, sin memoria, sin remordimiento.

Al salir de la prepa, un año antes que yo, Maxi renunció al trabajo y nos perdimos de vista por dos semestres. Algo raro le debió de suceder durante ese tiempo. Cuando nos reencontramos en Ciencias Químicas, las grillas universitarias nos apartaron en grupos políticos antagónicos, pero seguimos juntándonos durante los cinco años siguientes, siempre en buen plan, para platicar de lo mismo que antes: literatura, ciencias, política y rocanrol. Como aquella vez, en el comedor estudiantil, cuando se sentó en mi mesa para mostrarme un libro de Ramón López Velarde y preguntarme, muy, pero muy serio:

—Oye, camarada, tú que fuiste seminarista, ¿qué opinas de estos versos? —preguntó antes de leérmelos—: «en abono de mi sinceridad / séame permitido un alegato: / entonces era yo seminarista / sin Baudelaire, sin rima y sin olfato».

—Pues qué ha de significar, Maxi: que cuando Ramoncito quería ser sacerdote no le llegaba aún a la poesía.

—¿Y cómo explicas a Baudelaire y al olfato? Yo te lo diré, compañero: con «olfato» se refiere, sin duda, a su debilidad por los aromas femeninos, y con «rima», obviamente, a la poesía; por tanto, la referencia a Baudelaire es reiterativa y sale sobrando, a menos que el pícaro de Ramón haya frecuentado Los paraísos artificiales, los cuales, como comprenderás muy bien, se caracterizan por sus delicias olfativas…

—¿Qué demonios estás insinuando, méndigo Maxi?

—Pues qué más: que saliendo del seminario a Ramón se le quitó lo pudoroso y se hizo poeta, mujeriego y mariguano. Eso explicaría las imágenes tan alucinadas de muchos de sus poemas, no me lo niegues. Pienso escribir un tratado sobre ese asunto, pero le tengo miedo a la censura, tú sabes como hay mojigatos aquí y en todas partes.

—Tienes razón, Maxi. Seguro que a todos, como a López Velarde, nos hace falta rima y olfato.

—Tú si me entiendes, camarada —festejó con su sonrisa de piano borracho, antes de rematar, en tono confidencial— Por cierto, necesito que me prestes tu calculadora para el examen de Termodinámica.

—¿Y tu Texas Instruments, pinche Maxi? No me digas que la perdiste…

—¿Cómo crees, camarada? La cambié por un huatote de Golden Acapulco: ni modo que me fumara mi calculadora, camarada.

Yo nada más reí, qué más podía hacer, antes de prestarle mi calculadora. Abusando de mi ingenua solidaridad, poco después el Maxi desapareció de mi vida y acaso también de la suya.

3

Bostezando entre las nubes, el repentino resplandor del sol me obligó a consultar la hora. Como solía ocurrirme en sueños, había olvidado que no uso reloj, pero durante ese lapso pude recordar el nombre completo de mi amigo: Matías Ximenes, el poeta maldito y revolucionario que un buen día abandonó su familia y su trabajo, esas instituciones pequeñoburguesas, para ejercer la soberanía absoluta del clochard.

Mientras él acomodaba sus bizarras pertenencias en su talega —un radio roto, una cabeza de maniquí, un trozo de bambú—, comprendí que su lógica no carecía de sentido: ¿quién necesita de una cama, si la calle es más amplia?, ¿o de un techo, si nos oculta la luna?, ¿o de un salario, si basta con extender la mano para cosechar el fruto de los muladares? Nadie, y mucho menos Matías, quien apagaba su Camel justo en ese momento, procurando guardar la colilla en la chamarra que traía puesta bajo la gabardina.

—Fue un gusto platicar contigo, camarada —me dijo mientras se ponía de pie y me daba una palmada—. Fue muy didáctico, pero ya es tiempo de regresar al rancho. Necesito resolver un asunto ahí, antes de cambiar de identidad. A propósito, espero que hayas recibido mi paquete; te lo envié hace unos meses.

—No recuerdo nada. ¿De qué se trata?

—Un paquete, como de este tamaño —con sus manos grasosas me dibujó en el aire el volumen de su envío—. Lo reconocerás cuando lo veas. Son los libros y los cuadernos de mi tío abuelo, un poeta de verdad, que se llamaba como yo y que vivió en un lugar llamado San Mezcalito Arcángel. Desapareció del pueblo, dicen que por culpa de sus ideas políticas. La Interpol está buscando los documentos de ese paquete, así que ten cuidado: nadie sino tú debe conocer su contenido, en especial su “Tratado de los proyectos veniales”.

—Ah, sí, la caja verde —recordé ese paquete, envuelto en cinta canela, que recién me había llegado por correo ordinario, sin señales, sin remitente.

—Hay que ser discretos, camarada —sonriendo como el gato de Cheshire con sus dientes de piano viejo, Matías colocó el costal sobre su espalda—. Es un alivio saber que está contigo. Cuídalo mucho, y salúdame a tus compañeros poetas. ¿Seguro que no tienes una credencial que me prestes, un pasaporte?

—Ya te dije que no, Matías. Pero te prometo cuidar bien esa caja. Además, todavía me debes una calculadora. Pero no te preocupes, ya no la necesito.

—Siempre lo supe, compañero, siempre lo supe —y se dio la vuelta, sonriendo, mientras se dirigía hacia el grupo de recolectores, quienes en esos momentos terminaban su labor en la colonia y se disponían a partir. Sin que esos carroñeros se percataran de su presencia, Matías arrojó su costal y su paraguas al interior de aquel escarabajo mecánico, antes de treparse él mismo por la rampa trasera y desaparecer entre los desechos orgánicos.

Solo comprendí que se trataba de un sueño cuando me dispuse a reanudar el paseo con mi perra y encontré, en la banca de al lado, la calculadora Texas Instrument que, en otra vida o en otro sueño, le había prestado al poeta alucinado. A Matías Ximenes, al pinche Maxi.

Gonzalo Lizardo nació en Fresnillo en 1965, es Ingeniero Químico y Doctor en Letras. Nunca ha ganado un premio literario, aunque sí obtuvo, en su juventud, un premio nacional de pintura. Como narrador, fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y del Sistema Nacional de Creadores de Arte. Ha publicado dos libros de cuentos, uno de ensayos y cuatro novelas: El libro de los cadáveres exquisitos (1997), Jaque perpetuo (2005), Corazón de mierda (2007), e Invocación de Eloísa. En la actualidad imparte un seminario sobre literatura hispanoamericana en la UAZ y escribe una novela sobre Don Guillén Lombardo, pirata irlandés, humanista español y hereje novohispano.

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