El lenguaje literario o los usos de la hoja

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Hace unos días, un encuentro visual me proporcionó la mejor manera de ejemplificar el lenguaje literario. Mientras yo hacía fila para recibir un medicamento en el IMSS (que por cierto estaba agotado), observé los juegos que se inventaba un chico de seis años con una hoja de árbol de hule.

El primer uso que le dio a la hoja fue como pistola, un arma letal influida por el contexto histórico y cultural en el cual se encuentra inmerso el niño. Es decir, si asisto a la escuela donde me han enseñado que toda la civilización ha sido construida a través de guerras de conquistas, y actualmente mi país, México, vive una guerra contra el narcotráfico, lo más exacto es estar ad hoc. Este es mi primer tip literario, estar de acuerdo con lo social contemporáneo.

Después esta misma hoja pasó a ser unos binoculares, para poder mirar más lejos. Ésta es una función pragmática del lenguaje. El lenguaje literario siempre va más allá de lo que existe. Por eso se ha inventado el narrador omnisciente, para mirar incluso dentro de los pensamientos de ti como personaje.

Posteriormente, la hoja del árbol fungió como jeringa. Efecto provocado por la situación comunicativa en donde se encuentra el niño. Si estoy en un hospital me prevengo de un instrumento propio para ser funcional dentro del mismo. Si mi contexto o situación comunicativa es la playa, convierto al objeto en una hoja de parra que funcione como traje de baño; si voy a un entierro, en una pala, etc. Si voy al hospital, mi hoja será una jeringa.

Además de todos estos usos connotativos del lenguaje y sus contextos imaginarios, el niño empezó a llamar “tapasol” a la hoja de árbol. ¿Cuál mecanismo se lleva a cabo en esta designación?

Ésta es la invención de un término. La hemos visto en poetas como Huidobro, Cortázar, Pizarnik y otros. Si la palabra no existe, invento un neologismo. Pues, ¿cuál es la diferencia entre decir “parasol” que “tapasol”? En el primero uso la preposición “para”; en el segundo, un verbo más activo –tapar–, que denota dinamismo. Así, es más atractiva la palabra “tapasol”.

A pesar de toda esta creatividad, la mamá lo regañó porque esa hoja de hule contenía savia. Es cierto, dijo el niño, pero ésta no, es mágica, por eso no tiene savia, argumentó. Exacto, ¡siempre hay que convencer al lector que nuestras palabras son únicas, mágicas, diferentes!

Asimismo, como este juego infantil, el escritor debe emplear todos estos mecanismos: actualización del tema, uso connotativo del lenguaje, neologismos y la transformación del espacio normal a uno imaginario o “piscológico”. Finalmente, jugar con la hoja y, de ser posible, divertirse tanto como el niño.

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Elizabeth Delgado es doctora en Literatura, poeta y ensayista. Ha obtenido el Premio Nacional Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Artes Plásticas 2004 y el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2010. Administra el siguiente blog: veintiunletras.blogspot.mx