Avispero de poesía, festival en Chilpancigo, Guerrero

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Chilpancingo de los Bravo celebró durante tres días (22, 23 y 24 de julio) una tertulia literaria pocas veces vista. El poeta Pedro Serrano fue el responsable de llevar a la ciudad el Primer Festival Internacional de Poesía “El Avispero”. Un enjambre se estableció en la capital del estado de Guerrero con derroche poético, evocando el acontecimiento de Tezulutlán.

El Avispero se recreó, se pronunció como una raíz fasciculada bajo una tierra fértil que lo recordaría y reclamaría. La recreación careció del divertimento necesario para mitigar la acedia de quienes se integraran al panal. Le fue insuficiente, pues se desbordó con el adosamiento de cada uno de sus miembros, quienes generaron, en voz alta, más que un ligero espasmo de alegría en sus humores.

El Avispero se amotinó bajo las fístulas de una Sierra Madre, desde la depresión del río Balsas, para exigir lo que siempre ha sido suyo: el goce cultural. Pensar en que éste nunca ha dejado de existir supondría un nuevo origen.

El comienzo había de ser poético. No podía ser de otra manera si lo que se buscaba era reclamar la condición de una ciudad agostada para devolverla a su estado natural. La recreación fue enunciación de toda su nómina: diversión, alegría, deleite; pero también un instante de implosión, de creación articulada entre un todo y sus partes, era el asomo del diálogo. La solemnidad, siempre uniformada, fue invisible.

Dos talleres a cargo de Rocío Cerón y Fabio Jurado se impartieron como una propedéutica poética ante la atención de los participantes, lo que sería una anticipación al resultado del festival. Con ellos dieron inicio las actividades.

“La lectura ha de asumirse como el acto de comprender e interpretar representaciones, sean de carácter lingüístico o de cualquier otra sustancia de expresión”, nos dice el crítico colombiano. Los asistentes asumieron la responsabilidad, fueron lectores apuestos y dispuestos en el espacio itinerante que durante tres días fue llamado con un solo nombre. Editoriales invitadas, agua fresca, café y semitas bastaron como ornato preliminar para los curiosos, dicharacheros o hambrientos; un consumo que promovía el receso para una consulta, una cháchara o un saludo. La atención habría de reposar en lo que era un momento de comunión entre el poeta y el lector.

Las mesas ofrecieron ponencias, conversatorios y lecturas, se integraron a un dinamismo que adoleció del carácter cautivo y sedentario. Los autores devenían juglares de espacio y tiempo narrativo. El público fue intérprete y traductor de la ofrenda que estos realizaban. Luego de presenciar la mesa que compartieron Jorge Aulicino, Minerva Margarita Villarreal y Silvia Pratt, quienes coincidieron en el acto creativo de la traducción, la disposición del lector atisbaría un espacio recreativo, María Auxiliadora Álvarez ofrecería a ese espacio un gesto amable, una donación, al leer un poema inédito con el que inició y concluyó su participación. Asomaba una dialéctica entre la angustia y la esperanza, una tensión, la mirada puesta en el Otro que resiste. La vacuidad siempre es colmada por la donación, que es libre. Andar por las ramas es el susurro de la libertad, el susurro que asemeja la voz de la escritora y el lema del festival. “Andar por las ramas significa tener la libertad para movernos, y hacerlo en el entramado de esa tupida red que nos protege, nuestros árboles, nuestras colmenas. […] cosas que nos ocupan y nos son urgentes: la preservación del entorno y la protección de la libertad. Los poemas son para eso”.

El Avispero conformó un remanso poético, no para transformar la realidad, porque “la poesía no transforma la realidad”, nos dice Rafael Courtoisie, “pero puede llegar al individuo”. Y la poesía llega a cualquiera, como considera Minerva Margarita Villarreal. El Avispero produjo un rellano donde sólo los cobardes y azuzadores no descansan. Por ello, la tradición también estuvo presente como cultivo crítico de la identidad a través del Colectivo Ometeotl, jóvenes originarios de Tlapa de Comonfort, y el poeta Hugo Jamioy, perteneciente a la Nación Kamëntsá. “[…] tus lenguas muerden, América”, nos recuerda Lauri García Dueñas, poeta salvadoreña.

El Avispero fue una fiesta, no una reunión veraniega. “La fiesta de la liberación de los pueblos que cantan, bailan, corren, saltan, exhaltan de alegría, son las fiestas de la salida de la prisión de la opresión”, escribió Enrique Dussel. No hay mayor opresión que la violencia. El festival llegó a puerto, pero no como barco, acorazado, pesado y torpe, sino como avispero, aglutinado y aglutinante, ágil, ausculto e inquietante como un tábano.

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