Suicide: la sangre de los sintetizadores

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Recurro a la violencia sólo contra mí mismo. Me he cortado un par de veces. Cuando me ven sangrando, dicen: “Espera un minuto. No podemos intentar pasarnos de lanza con este hombre. Está más loco que nosotros”.

Alan Vega

Para 1977, Martin Rev y Alan Vega llevaban más de un lustro juntos. Tocando, ensayando, cambiando. Hartos ya en ese entonces del clásico guitarra-bajo-batería, se reducen a su mínima expresión. Asumiendo riesgo y espontaneidad, el dúo elabora un disco con 7 postales cuasi-apocalípticas, que hablan sobre lo que sucede en su país y hacia dónde, para mal, se dirigía: Suicide, su primer disco. Era el vehículo expresivo de un par de muchachos que veía su vida afectada y luchaba contra aquello que consideraba equívoco. Habitantes de un país dominante, conscientes de las tentaciones y vicios de un poder tal, y de una ciudad tan inmensa que atosiga; atacaron con aquello que dominaban, un lenguaje musical que resultó virulento y mordaz. Reflejaron lo trágico del caos, lo calamitoso de la realidad que vivían. Algo que ha ido in crescendo desde esos días hasta hoy.

Sus temas se presentan como pulsaciones inquietantes. La ejecución de Martin Rev es repetitiva, casi sin variaciones, minimalista, al punto de la exasperación. Alan Vega canta espaciadamente, con pausas, apurado, ansioso, pero con frases directas, concretas, insertando alaridos inquietantes, pero sin que eso evite que su fraseo sea sensual a los oídos. Vega canta sobre la desesperanza, hurga en lo oscuro, en la desesperación y el desamparo, es más político que el activista más duro de la época, y más confrontativo que tu banda punk favorita de este año. La portada, el nombre del dúo derramando torrenciales cantidades de sangre, no puede resultar mejor anticipo de su contenido (difícil de digerir, no tanto un placer culposo como sí una auto-tortura placentera, si cabe el término), aquello que se escucha manejado más por un impulso honesto de hacerle frente a sentimientos que sabes tienes dentro de ti, y que ya no quieres ocultar.

“Ghost Rider” arranca el frenesí sónico. El sonido callejero se cuela a partir de aquí. Se crea un ambiente visceral, influenciado por el gran Iggy Pop. Se trata de una canción de carretera, un road movie sonoro, en sí misma una declaración de intenciones. Teclado monótono y rígido, voces (o alaridos) a lo Gene Vincent con delay. Psicóticos y aventajados para su tiempo, se muestran también expertos en hacer relecturas aún cuando el rock todavía era joven: doo-woop, rockabilly, y todo aquello que alguien pueda ejecutar con dos notas, vistiendo de reverb y chorus los devaneos de Vega (“Rocket USA”). El amor se abre paso con una cochina y masoquista “Cheree”, delicia de letra que describe a una amante encuerada que te hará de las suyas, mientras que “Johnny” es la particular versión suicida de algún rock’n’roll perdido de Elvis, así como “Girl” es un calipso bastante sugerente y cautivador. Pero estos aperitivos son poco todavía para el plato de fondo.

Suicide

“Frankie Teardrop” es un opus de 10 minutos. Uno de los mejores retratos de la Nueva York setentera. Un X con 20 años encima, sin trabajo, sin suerte, pero con esposa e hijo. Una realidad que en el infierno que era la Gran Manzana en ese entonces sólo tenía un destino fatal. “Frankie…” es una canción sobre la supervivencia, a sabiendas de que no se conseguirá. No se tiene nada y eso no alcanzará para nada más. Frankie es una analogía tanto de Martin como de Alan, pues ambos en sus inicios no eran aceptados en una escena incapaz de concebir a un tándem de mequetrefes con organitos haciendo rock. Frankie coge un arma y dispara a matar, para luego apuntar contra sí mismo. “We’re All Frankies… We’re All Lyin’ In Hell”. No se puede ser más explícito.

Sería injusto considerar a Suicide con sólo un disco repleto de ruido y exclamaciones. Pero en este disco hay un sentido, una orientación, que definirá toda la vida de esta banda. Esa mezcla de tecnología y humanidad, de cables y venas, de frialdad y sensibilidad, que supera el facilismo punk de tres acordes y la música-hecha-con-drogas de sus coetáneos. Es el triunfo de la creatividad sobre el marasmo que te produce vivir en una ciudad donde siempre pasa algo, al punto de enajenarte por completo. Alan Vega y sus cadenas contra el piso, Martin Rev y su teclado de 5 dólares, ellos dos y su gran talento, redefinieron la música a finales de los setenta.

Quizás hoy, años en los que la música llega edulcorada a los medios, ya no se extrañe tanto una propuesta así de radical.

Sirva esta breve reseña como homenaje Alan Vega quien el pasado 16 de julio, a los 76 años, murió mientras dormía.

(Tomado de El hexágono Carmesí)

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