Lo que la muerte no puede llevarse. La música con Rita Guerrero

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La mariposa no cuenta meses, sino momentos

Tagore

Como muchos de los mejores héroes, Rita murió muy pronto, a mitad del camino, pero nos dejó un legado y una misión clarísima a quienes estuvimos con ella en el impresionante despliegue de voluntad que fue su vida y que se intensificó durante su último año. Yo que me aferré a la decidida apuesta por la esperanza que emanó de ella durante el proceso de la enfermedad, me dejé llevar por el oleaje creciente de la esperanza hasta dar contra las rocas.

Un antiguo tañedor de laúd en China, rompió su laúd contra las piedras cuando murió su maestro y compañero espiritual. El califa Yecid II de Damasco, lloró sin interrupción durante quince días, la muerte de su cantora favorita, Hababa, hasta que él mismo perdió la vida. Algo dentro de mí está deshecho ahora; algo también llora continuamente, noche y día. Extraño mucho a Rita como amiga, y sé que la extrañaré con mayor intensidad conforme pase el tiempo, pero como cómplices que somos (esto debe decirse en presente y sin involucrar a la muerte) tengo la oportunidad de conservar cerca su espíritu si soy capaz de recrear su legado.

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Nos conocimos personalmente en el año 2000 y me impactó que coincidiéramos en vericuetos musicales tan particulares a los que nos había llevado una búsqueda personal. A diferencia de otros músicos que veían con cierto recelo que una cantante destacada en el ámbito del rock mexicano estudiara repertorio barroco y medieval, para mí era una virtud que le aportaba recursos valiosos. Además, mi historia era similar: en 1995 se disolvió mi grupo La Mala Sangre y empecé a estudiar el repertorio medieval y del renacimiento. Inmediatamente descubrí la huella que habían dejado en su alma ciertas músicas con las que yo también resonaba e intuí una gran afinidad musical.

Supe desde el principio que era una intérprete ideal para el repertorio sefardí y otros repertorios hispánicos de influencia oriental, incluyendo la música andalusí. El “factor árabe”, decíamos, y exploramos el repertorio privilegiando la vitalidad de la interpretación. Yo la invité a participar con el grupo Segrel, en el programa Estampas musicales de la España medieval (que presentamos en la UNAM) y ella me invitó a formar parte del Ensamble Galileo, con el que participamos, en ese entonces, en la parte musical de la presentación de la novela La caverna de José Saramago en el Zócalo de la Ciudad de México, con la presencia del autor.

Desde entonces trabajamos ininterrumpidamente en una serie de empresas que han moldeado mi ser, mi manera de pensar y mi forma de ver la vida. Nunca dejamos de reunirnos para estudiar música antigua, compartimos cursos y seminarios, conciertos, giras, juntas. Tuvimos proyectos fallidos y exitosos, pero todos formativos.

Tocamos en universidades, iglesias, antros, plazas, playas, casas, en el escenario del plantón del Zócalo en 2006, como protesta por la manera en que se llevó a cabo el proceso electoral; tocamos en la Merced, en Tepito, en el Museo de Guadalupe en Zacatecas, compartimos cursos de lírica medieval y el seminario. Colaboré en el proyecto de la formación de un coro dedicado a la música antigua, cuyos alumnos recibieron de Rita el entusiasmo por la música y la disciplina que requiere el trabajo vocal.

En el año 2007 preparamos un programa de voz y laúd, especialmente pensado para una gira por siete estados del país. Cantigas medievales, lírica sefardí, dos temas árabes, villancicos del siglo XVI y alguna selección de polifonía en América, era básicamente el contenido del programa que titulamos “El jardín de las delicias”. Subíamos a la cajuela del auto una alfombra, varias veladoras, atriles, partituras e instrumentos, encendíamos el motor y salíamos rumbo a algún pueblo o ciudad. No sabíamos qué público nos aguardaba ni en qué condiciones tocaríamos pero teníamos la certidumbre del repertorio que deseábamos compartir y una convicción de la importancia del arte como el más valioso de los bienes culturales que se puede brindar a la sociedad.

Conocimos Ixtenco, pueblo de Tlaxcala que tuvo importancia antiguamente en el comercio, en donde el profesor Humberto fue tocando casa por casa para invitar al público; en cada domicilio explicaba de qué trataría el espectáculo. Fuimos muy bien recibidos en Nepantla, donde el público llegó al Auditorio del Centro Cultural Sor Juana. Tocamos al lado de la virgen gigante de Chignahuapan.13898723_10153885598772149_54405845_o

Hoy no sé si atesoro más esos recuerdos tan felices, o aquellos donde hubo dificultad. Recuerdo que en Oaxaca teníamos que plantarnos por horas en las oficinas de Cultura para que nos atendieran: habíamos estudiado la música durante meses, habíamos llegado hasta allí listos para la actuación y resultaba que los cómodos funcionarios no habían encontrado un recinto para hacer el concierto y pensaban cancelarlo.

Rita creía en la tolerancia y la practicaba, pero la indignación hervía en sus venas frente a la desidia y mezquindad de los funcionarios y ante los múltiples hechos de injusticia que frecuentemente ocurren en el ámbito cultural del país. Evitaré narrar la larga historia de bilis, teléfonos y oficinas que pasamos en Oaxaca. Finalmente triunfamos: recuerdo bien a Rita, mi hijo Darío con 5 años y algunos amigos, acomodando la sillas y limpiándolas con una franelita para que el concierto se llevara a cabo.

En Acapulco la experiencia fue similar: viajamos durante la noche y cambiamos llantas en la autopista que estaba invadida por rocas; y cuando nos preparamos para el concierto el encargado de la Casa de Cultura, que más parecía un vacacionista perezoso que un servidor público, nos confesó que no había hecho difusión y que si no nos adaptábamos, podía cancelar el concierto, para lo cual bastaba hacer una llamada a no sé cual maestra, para prevenir a los pocos invitados ¿Qué tal nos sentimos esa vez? Optamos por el pacifismo: no ahorcamos a aquel flojonazo, nos adaptamos y dimos el concierto sudando a cada nota. Al anochecer Rita y yo cenamos rissoto con mariscos; estaba entera y satisfecha, ni una gota de amargura quedaba en su rostro. Esta es una imagen de fortaleza que tendré siempre en la memoria, abrigada de cariño.

No fueron batallas contra molinos de viento: creímos en la música como un bien que debe compartirse; creímos en la utilidad de los conciertos para la sociedad; creímos que vale la pena que el vendedor de discos piratas de San Jerónimo en la Costa Grande baje el volumen de su amplificador para dejar que resuenen los antiguos instrumentos de cuerda pulsada y desde el alma salgan cantando las palabras, nani nani, y en el aire se revuelvan con la brisa del Pacífico.

Nunca nos detuvimos, y los resultados del trabajo no sólo se plasmaron en las presentaciones sino también en el espíritu de cada uno: ahí vivirán por siempre. La enfermedad no fue un obstáculo para nuestra relación musical, de hecho la música cobró en su vida una importancia mayor. Organicé un pequeño concierto en apoyo tanto económico como moral para los duros tratamientos al final de 2010 y tuve la grata sorpresa de recibir un mensaje de ella antes de comenzar: “Me estoy sintiendo bien ahora y quisiera ir al concierto pero me da un poco de pena porque voy con mis familiares”. El concierto terminó con ella cantando sobre el escenario.

El 20 de enero tuve el último ensayo con Rita. Llegué con 12 piezas nuevas que nos provocaron una verdadera indigestión musical. Al día siguiente me di cuenta de mi imprudencia, provocada por una reacción pueril ante el temor poco consciente de la enfermedad y la muerte. Tal vez pensaba, ingenuo, que alzando las partituras con las manos y agitándolas gritaba: “Enfermedad, tenemos mucho que hacer, no se te vaya ocurrir interponerte en los planes”.13942242_10153885592167149_152644205_n

Recibí el último mensaje de texto suyo el 10 de febrero de 2011 que termina diciendo: “¿Cuándo nos vemos? Acabo de salir del hospital”. No pudimos concretar la cita, pero no dejo de ver en ese mensaje el fuego de su voluntad aún ardiendo y me conmueve profundamente su alta estima por el trabajo compartido durante poco más de diez años. De esto, como muchas otras manifestaciones de Rita, no se debe hablar en pasado.

Ahora funcionarios de cultura y políticos hablan de Rita y se lamentan. A ellos hay que pedirles silencio, porque Rita está viva, hay que escucharla y aprender de ella. Y ya sin afán de censura, pido a todos: hay que seguir escuchando a Rita, no solo su voz y su canto, también sus historias, su corazón palpitante.

Cuando llego al final de la página me doy cuenta que nadie disfrutaría tanto rememorar las escenas que he contado, las anécdotas, los personajes (benignos o pesados), a nadie conmoverían y divertirían tanto como a Rita. Me doy cuenta plenamente de eso y lloro.

Manuel Mejía Armijo (Ciudad de México, 1970) es intérprete de laúd y otros instrumentos antiguos de cuerda pulsada, compositor e investigador. Ha realizado aportaciones innovadoras para la cultura y el arte del país, en base a su trabajo en proyectos independientes de largo aliento o colaboración permanente con instituciones.

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