El presente impuro de la poesía mexicana. Entrevista a Julián Herbert (primera parte)

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Con la serie de entrevistas iniciadas hace dos números, Terraplén busca motivar la reflexión sobre el panorama y las singularidades de la poesía mexicana actual, con el objetivo de presentar al lector ideas que puedan ayudarlo a situarse y entender mejor algunas cosas sobre el tema. Terraplén ha intentando en todo momento ser respetuoso con nuestros entrevistados y nuestros lectores: su único interés es el arte y la cultura, la poesía y la reflexión en torno a ella. Nada más lejos de nuestro interés que insultar o dejar mal parado algún escritor o crítico. Esta publicación se disculpa por la difícil situación generada con el escritor Heriberto Yépez, debido a un error en redes sociales de Raciel Quirino, editor de esta revista.

Siguiendo su interés en el arte y la cultura, y en este caso, la poesía y la crítica literaria, Terraplén ofrece en este cuarto número una conversación con el poeta, narrador y crítico literario Julián Herbert, actor, sin ninguna duda, de los más destacados de la literatura mexicana contemporánea.

Además de tener una obra poética más que sólida, Julián Herbert con Caníbal. Apuntes sobre poesía mexicana reciente, se presentó como un crítico inteligente y claro. Han pasado 6 años de la publicación de este libro y nos parece que su lectura podría arrojar puntos de vista sobre muchas situaciones que ocurren dentro de la poesía mexicana en estos momentos. Con generosidad, Julián nos contestó algunas preguntas, hechas a la luz de Canibal.

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T: Cuentos para pasar los domingos (acción que realizas en Twitter), o los 30 libros de Tierra Adentro (enumeración post de hace unas cuantos días, también en redes sociales), o viejas selecciones anuales que has realizado. Discernir, discriminar, seleccionar. ¿Por qué esas acciones? ¿Escribir poesía tendría que ver con estos verbos? ¿Este afán de selección es voluntad de lectura de la realidad?

JH: Hago listas o elencos (no solo de literatura sino de canciones, cómics, pelis, objetos, frases para camisetas, nombres probables para bandas de rock, etcétera) porque se trata de un género literario muy antiguo: provine de la Edad Media Occidental y está presente, pongo por caso, en una obra japonesa del siglo X: El libro de cabecera de Sei Shonagon. Es un género que me gusta mucho, me divierte su aparente inutilidad; creo que hay algo subversivo ahí acerca de, precisamente, lo que se supone que debe ser la literatura. Casi nadie piensa que cuando haces una “lista” estás haciendo no un canon sino un objeto literario en sí mismo, con sus propias reglas y delimitaciones, con sus propias arbitrariedades u obstrucciones, con su propio sentido poético: una lista es un poema. Hay un bello libro al respecto: El vértigo de las listas de Umberto Eco.

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T: ¿Ante situaciones concretas como la posible llegada al poder de Trump, la violencia, el calentamiento global, qué observa Julián Herbert frente ese panorama, qué piensa del futuro en este planeta? ¿Y qué papel tiene la poesía frente a esa difícil realidad?

JH: Soy más o menos nihilista acerca de mi lugar en el planeta: yo soy un wey de Saltillo que intenta educar lo mejor posible a un niño de seis años y trata de que no se le mueran unas pocas plantas. Me preocupa y me da risa Donald Trump, pero evidentemente no tengo injerencia respecto de su probable elección, así que me lo tomo con calma. Vivo en la periferia del imperio, soy un bárbaro y disfruto ese rol; tal vez no me toque verlo, pero ese muro que aún no han construido ya se cayó en mi mente. Como Roma, una ciudad que por otra parte adoro. Ese para mí sería uno de los papeles de la poesía: enseñarnos a amar premoniciones y fantasmas; es decir Lo Real. No me atrevo a decir cuál es EL PAPEL de la poesía porque, a diferencia de muchos de mis coetáneos, no lo sé y no lo entiendo, por eso escribo; si no qué chiste tendría. Para mí la poesía es presente puro pero es también un oxímoron, una llave de judo: parafraseando a Melvin Udall, lo único que puedes hacer mientras te estás ahogando es describir el agua. A propósito de situaciones concretas.

T: Poesía y política. En Caníbal realizas una crítica de varios poemas donde esta relación está evidentemente planteada, en el tema. Una de tus críticas más constantes es el conservadurismo formal de mucha poesía “política” en México, incluso de las nuevas generaciones. Desde tu perspectiva, ¿cuál sería la relación más saludable entre poesía y política (política como relación entre varios, en una comunidad)?, y pensando en dos obras recientes donde el asunto es fundamental, ¿qué piensas de Anti-Humboldt de Hugo García Manríquez, y Antígona González, de Sara Uribe?

JH: Anti-Humboldt y Antígona González responden espléndidamente a lo que me preocupaba en el ensayo que citas de Caníbal, “La revolución es el opio del pueblo”: no una poesía política cifrada en el tema sino en las estrategias del lenguaje. Mi ensayo fue una conjetura provisional y se publicó antes de que estos dos libros aparecieran. Conocí fragmentos de Anti-Humboldt antes de que se publicara como libro y me entusiasmó enseguida, incluso intenté sin éxito gestionar su publicación y me escribí con el autor durante una temporada. Con Sara Uribe me sucedió otra cosa: en una ocasión seleccioné una muestra de poesía del norte de México para Mandorla y no incluí a Sara porque no terminaba de convencerme la estética de sus poemas iniciales, me parecía más o menos convencional. Antígona González rompe por completo con el lirismo de los primeros poemas que leí de ella, algunos en prosa. Es uno de los libros de poesía mexicana reciente más refrescantes y al mismo tiempo duros que conozco, y hace poco en una lectura/performance que hicimos en París con Luis Felipe Fabre y Daniela Franco cerramos leyendo fragmentos de él.

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Ahora, ese talante político cifrado en las estrategias del lenguaje tampoco es cosa inédita: está en la obra de autores como Mónica de la Torre, Cristina Rivera Garza y Heriberto Yépez, en quienes es evidente la impronta de los language poets. También está en autores que me parecen menos epigonales, con estrategias más personales y que dialogan más radicalmente con la tradición de lengua española: Luis Felipe Fabre, José Eugenio Sánchez y Ángel Ortuño. Claro, digo esto y el Nuevo Triunvirato-Cisma de Hermanos Separados De La Poesía Mexicana pondrá el grito en el cielo, porque hablo de poetas muy reconocidos por la crítica (tanto periodística como académica), muy becados y antologados, muy aplaudidos por el stablishment. Pero es que la crítica ingenua de poetas como Heriberto Yépez o Mario Bojórquez o María Rivera (que por cierto tienen, los tres, radicales diferencias estéticas pero una muy obvia cercanía política: el resentimiento), parte de la idea de que si eres multi-reconocido es imposible que sea porque tienes talento sino que es porque eres un vendido, un “poeta oficial”. Lo cual es un sofisma sociológico que ha quedado exhibido tiro por viaje por todas las tradiciones poéticas del mundo, y apenas si vale la pena detenerse en el tema: es un enfoque que se pretende contemporáneo pero es trasnochadísimo, es –al menos en México– lo mismo que decía a principios de los 90 Sergio Cordero, uno de los críticos literarios más conservadores del país. Me parece curioso que la jerga de Cordero y la de Yépez sean completamente opuestas (uno viene de la retórica de Seudo-Longino y el otro de la teoría de los campos de Bourdieu), pero sus conclusiones sean casi idénticas. Absurdo reductio, lo que el enfoque plantea es que la única manera de ser un poeta probo es ser paranoico, considerarse genial a sí mismo y estar encabronado con el mundo. Por supuesto, la crítica establecida se equivoca: es capaz de postergar a autores de la talla de Deniz o Lizalde. Pero esa es la excepción, no la regla. Y evidentemente –pongo por caso–, la razón de que poetas tan disímiles como Charles Bernstein y Raúl Zurita sean importantes para sus respectivas tradiciones es que su estética política no es derivativa, y no el hecho de que hayan pretendido –por otra parte sin éxito– ser marginales.

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Aquí el punto de inflexión me parece simple: te interesa la tradición y pretendes renovarla o no te interesa la tradición y no pretendes renovarla. A mí sí me interesa. Para mí los modos de hacer política y experimentación poética están vinculados (por simpatía, parodia u oposición) a los modelos de la tradición: son otro momento de esta última. No por una cuestión de retórica clásica sino al contrario: desde el punto de vista de la poética cognitiva: porque así es como funcionan –nos han enseñado neurobiólogos, lingüistas, físicos cuánticos y poetas– nuestras conexiones neuronales. Lo que hay fuera de ese campo me parece una de tres: o experimentación epigonal más o menos barata (que ahorita abunda a pasto, por cierto, en la poesía mexicana), o sociología educada por los libros que publicó Siglo XXI en los años 80, o simple y llana megalomanía.

T: Mencionas en Canibal: “muchas acciones que se practican en México han sido vistas con desdén tanto por los funcionarios culturales como por algunos pensadores posmodernos, quienes esgrimen como argumento central el hecho de que estas prácticas se ejercieron hace algunos años […] en los países desarrollados”. ¿Por qué esos funcionarios y pensadores amonestan al escritor cuando quiere hacer algo que ya hizo otro hace mucho, el utilizar elementos anteriores? ¿Hay punto medio entre la búsqueda de originalidad y la libertad del poeta de hacer lo que le de la gana? Por ejemplo, todas las estrategias que trae consigo la poesía conceptual, el plagio, la rescritura, que algunos críticos censuran por ser viejas tendencias. ¿Qué opinas de esto?

JH: Mi postura al respecto ha variado ligeramente desde hace cinco años: lo que entonces me parecía intensidad y abundancia ahorita me parece, en muchos casos, infatuación y reiteración improvisada. Por supuesto que mi postura política es la misma: la poesía conceptual es un instrumento pansemiótico fundamental como estrategia de lenguaje, y lo multidisciplinario produce una experiencia poética trascendente incluso cuando depende más del espacio o la ejecución que de la lectura textual (la lectura textual es solo un estadio de la lectura en sí). En ese sentido, y obviando los insultos mutuos, coincido de manera general con Heriberto Yépez y no con Christopher Domínguez Michael en su reciente polémica en torno a Ulises Carrión. En lo que estoy de acuerdo con Christopher es en que la figura de Carrión ha sido sobreexplotada en los últimos años. Y este me parece un hueco general en la constitución de la poesía conceptual mexicana reciente: todos tenemos diversos referentes, algunos conocemos ciertas tecnologías u oficios relativos (música, video, diseño, instalación, etc.), pero hay unos cuantos nombres y, sobre todo, unas cuantas técnicas combinatorias que se repiten una y otra y otra vez. Percibo el horizonte de la poesía conceptual mexicana un poco asfixiado en un espacio pequeño de experimentación y, al mismo tiempo, un espacio bastante saturado de oferta no siempre interesante. No veo muchas referencias a autores como Rainald Goetz o Bill Morrison o Preslav Literary School o Maja Ratkje o Ryo Fujimoto, y aun: no veo muchos ejercicios que se acerquen siquiera un poco a ese tipo de discursos. Están por supuesto los originalísimos trabajos de autores como Efraín Velasco, Eugenio Tisselli o Benjamín Moreno, pero mi percepción es que lo que predomina es una suerte de slam poetry travestida de poesía conceptual; casi todo se va en Ulises Carrión y Kenneth Goldsmith y Vj´s o foundfootage con poemas de fondo. A lo mejor por eso me alejé bastante de hacer poesía conceptual durante los últimos años y me clavé más en la música y en dar clases: siento que el combustible de nuestras referencias a nivel conceptual perdió un poquito esa aura lo-tech, malhecha y punk que tenía al principio, y que me gustaba mucho; siento que se refinó in a bad way. Perdón, estoy sonando a viejito bitch y no es esa mi intención, tampoco quiero ponerme a tirar netas amargas como Los Grandes Maestros de la Post-Experimentación: es solo una lectura personal.

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