40 años de El pobrecito señor X no son nada

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A manera de festejo por los cuarenta años de la publicación de El pobrecito señor X, uno de los libros más entrañables de la poesía mexicana, si los hay, presentamos una entrevista con su autor, el poeta Ricardo Castillo (Guadalajara, México, 1954), además de una breve selección de poemas de El pobrecito señor X (ilustrados por Mr Pink, miembro del colectivo de arte acapulqueño Tsunami), realizadas por el poeta Antonio Riestra.

El poema

Supongo que hay diferentes formas de gestación, momentos en los que inmediatamente sale el texto y empiezas a apuntar y sale de un tirón, y hay otra forma, en donde es más lento el camino en términos de lo que está afuera de la poesía, porque lo que está adentro de la poesía no tiene tiempo-espacio, más que el que convoca la propia poesía. Lo veo así, como dos ritmos que te pueden llegar de diferente manera. Ahora, desde que empiezo con el interés sobre la oralidad, este tipo de textos aparecen de manera diferente: salen tres o cuatro versos y siento que hay un juego rítmico bastante interesante, y entonces empiezo a trabajar con él, digamos gracias a la computadora, porque yo soy de la generación que viene de la máquina de escribir; con la máquina de escribir era tortuosa y lentísima la escritura de un poema, un trabajo bastante más lento que con el procesador de palabras, en el que puedes empezar por el final, luego te vas en medio, puedes borrar la página, es decir, puedes trabajar el poema por todos lados, y de alguna manera es como la página en blanco de la que hablaba Mallarmé, pero físico, un tipo de confección que me parece fascinante,y que curiosamente este medio que es electrónico nos remite al pasado, a la oralidad, cuando no había escritura y todo era voz.

La voz de Ricardo Castillo, sus cambios 

No estoy seguro de que sea un cambio de voz (me gustaría verlo así) como un cambio de registro; un cambio de registro de esa voz. En esa equis que marca al señor X ya está implícito el proceso de creación poética: un centro que apunta el ombligo de la equis y cuatro varas que van hacia diferentes puntos cardinales; un punto que nos señala un centro, un vacío –este viaje interior– y las flechas que van hacia fuera. Creo que este es el proceso que tiene la escritura. Tienes que ir a tu propio vacío conjugado con el deseo de traducir ese vacío en palabras.

¿Hay algo místico en ese proceso?

Hay un algo que hace que la poesía sea una cosa sobre la cual no sabemos nada y que no podemos generalizar porque hay varios tipos de poesía, de registro, y pienso que existe una serie de poemas en donde está ese sustrato místico, pero hay otra serie de poemas en donde se está negando ese sustrato; un poco como lo que el texto quiso decir en ese momento.

El pobrecito señor X

Yo creo que eso tiene que ver con una ruptura en mi formación. Entré a talleres y lo primero que conozco es la tradición de la poesía mexicana, pero no conocía a Huerta; ni a Huerta ni a Sabines. Eran unas lagunas para mí, y en realidad lo que me llevó a ese parentesco con ellos, pues finalmente el señor X está vinculado con estas dos voces, es la poesía sudamericana, una poesía más directa: Parra, Vallejo, Cisneros, y me di cuenta de que podía escribir, desde mis 21 años, con mis asuntos, mis problemas, sin tratar de impostar una voz.

La vocación 

La poesía es más una vocación que una ocupación. El equívoco para un poeta, y sobre todo joven, es tener expectativas de ganarse la vida con la poesía, porque es realmente una quimera. Se tendrá que hacer otra cosa a la par. Por eso quién sabe si es muy recomendable estudiar Letras. Por eso es más una vocación que una ocupación. Ya si viene el oro o no, pues ya ni modo, es decir, es una convicción un tanto desinteresada, una vocación, y como tal, debe ser desinteresada, y tiene un fin en sí misma.

El final de un poema

Todo final es transitorio para mí. Creo que los poemas se pueden seguir releyendo y si los quieres cambiar lo puedes hacer. Y ese final transitorio se da casi por mandato del propio poema, además de tu criterio, pero es el poema el que primero está mandando. Muchas veces escribes un poema y terminas y no te das cuenta y sigues escribiendo algunas líneas más y hasta después piensas no, el poema me dijo que ya se había acabado ahí. A mí me ha servido el ejercicio de leer en voz alta y la memorización física, las sílabas están marcadas por un movimiento y esa memorización es la del músico que puede tener en la cabeza 500 canciones y pasarse toda la noche cantando, porque las trae interiorizadas en los dedos, en el cuerpo, y siento que es un buen filtro para decir “¡sobra una sílaba! ¡Sobra un verso! Esto, cuando lo quiero decir, no me funciona.” Es poner atención a lo que está uno haciendo.

 

Autogol

Nací en Guadalajara.

Mis primeros padres fueron Mamá Lupe y Papá Guille.

Crecí como un trébol de jardín,

como una moneda de cinco centavos, como tortilla.

Crecí con la realidad desmentida en los riñones,

una cursilería en el camarote del amor.

Mi mamá lloraba en los resquicios

con el encabronamiento a oscuras, con la violencia a tientas.

Mi papá se moría mirándome a los ojos,

muriéndose en la cámara lenta de los años,

exigiéndole a la vida.

Y luego la ceguez de mi abuelo, los hermanos,

el desamparo sexual de mis primas,

el barrio en sombras

y luego yo, tan mirón, tan melodramático.

Jamás he servido para nada.

No he hecho sino cronometrar el aniquilamiento

Como alguien me lo dijo alguna vez:

Valgo madre.

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El chipote

Ahora puedo verme el cadáver, ahora puedo verme la sensibilidad del pulso.

La soledad tiene 360 grados. Nada gano con ir dulcemente al infierno,

nada gano con hablar de mí a estas alturas de ¡Pum! y olvido.

La calle tiene devastados los adentros; peatones de la ilusión,

farmacodependientes del miedo.

La belleza sólo ha pasado, sólo ha dejado mucho por desear,

sólo mezquinas gratificaciones de la intimidad, puros cuentos.

Ahora puedo ver lo que la equivocación llama suerte,

ahora puedo ver cómo el dolor domestica el rumbo vitalicio.

Es mentira que los ahogados se mueran en un vaso de agua.

Es mentira lo que tú crees de ti.

Nada me gano con oír los latidos del cuerpo:

El día de la violencia está cerca.

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Pin uno, pin dos…

Son las diez de la noche.

De nada sirven los 600 gramos de felicidad

que ha ahorrado mi padre.

Prevalece una agitación de ladrones en el seno familiar

y cada quien declina

con su particular manera de desventurar la sangre.

Parece como si el movimiento fuera la bancarrota,

como si el amor fuera tan sólo cosa de adolescentes.

Mi padre nos quiere,

mi madre nos ama

porque hemos logrado ser una familia unida, amante de la tranquilidad.

Pero ahora que son las diez de la noche,

ahora que como de costumbre nadie tiene nada que hacer

propongo cerrar puertas y ventanas

y abrir la llave del gas.

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El pelícano

Mi amor vale un pelícano.

Un tostón de cacahuates que no tienen precio.

Mi amor es una de sed, otra de hambre y otra de recontratopes en el portón del mundo.

Mi amor es vino, chance bien poco todavía.

Chance y a lo mejor no soy más que un campo de futbol sin porterías,

un sentimental opaco, con pedorrera.

A lo mejor ya no queda un tornillo que hablar en estos tiempos

en los que alguien cuenta el millón de su locura con los dedos,

en los que alguien chupa su hueso como una paleta helada.

Ahora que el Mar se amelcocha, se amierda al 100%

y los pelícanos de la costa tienen sed

y son pasto de los cangrejos de ojos babosos.

Ahora que el sol está amarillo como un huevo.

Ahora que la luna cuelga en el fondo como una pendeja,

un pelícano levanta pesadamente la quijada, sonríe y empieza a volar,

mientras los cangrejos de la costa se siente afortunados

porque no todos se levantan,

porque los culos nunca irán a la guerra.

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El que no es cabrón no es hombre

La suerte le dio el martillazo a su cochinito, sacó sus ahorros y acabó de mandarme

a chingar a mi madre.

Si seré pendejo.

No son épocas de echar el rol con contemplaciones, de jugar al buen amigo

con el pellejo.

La ciudad no da la mano, no abre las piernas, tira patadas como monito de futbolito.

(15 de abril, a la primavera le aprietan los choclos, trae la lengua de corbata

como si le hubieran robado toda su crema, toda su nata).

Salgo a la calle y no me queda otra que rumiar, que chupar calcio en la Avenida Alcalde.

Mi corazón echa vinagre, mi esqueleto se marea, el muy puto se lleva las manos a la cabeza

y dice que la muerte es un puchero sentimentalón difícil de tragar como el pinole.

Camino de a gallinita ciega.

La tranquilidad de las 6 de la tarde me pega en las costillas seis campanazos en todo lo alto.

Esta tranquilidad es una macana lista para cualquier mandado;

las moscas que atormentan la seguridad del sistema tendrán que vérselas

con el Borra-Manchas.

Caminen pajaritos, circulen por favor.

Y sigo, las mujeres están buenas y frías como sorbetes,

no quieren acostarse con uno, no se atreven siquiera a meter la mano por la bragueta.

Oh, oh desolación (esta risa es de pendejo).

Y qué pinche embuste,

qué momento para estar chingando a mi madre.

Si seré pendejo, si me faltará muchísimo para cabrón.

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Antonio Riestra (Ciudad de México, 1984) es poeta. Colaboraciones suyas han aparecido en periódicos y revistas de circulación nacional e internacional comoEl Universal, La Jornada, Milenio, Día a Día News, Luvina, Tierra Adentro, Punto de partida, Periódico de poesía, entre otros. También, ha sido jurado en dos ocasiones del Premio de Poesía Décima Musa de la Universidad Nacional Autónoma de México, en sus categorías Bachillerato, Licenciatura y Posgrado. Su libro Rayadura se publicó a finales de 2015 gracias al Proyecto Editorial 2014 IVEC/CONACULTA. Sostiene la columna “Tornavoz” en el suplemento Ágora del Diario de Colima y es uno de los coordinadores del Festival Latinoamericano de Poesía Ciudad de Nueva York.

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