Gata bajo la lluvia

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Nunca han podido engañarme. Los noto desde lejos: si no es el tamaño de los pies, es el de las manos, el ancho de la espalda, la protuberancia en la garganta, pero algo siempre los delata.

En ocasiones, incluso de cerca, su apariencia física ha estado a poco de engatusarme, pero un matiz en la voz me permite darme cuenta que estoy frente a un puto.

No, no es que sea homofóbico, sólo tengo un talento natural para ubicarlos. Incluso los que aparentan masculinidad, los menos pensados, tienen una cierta tonalidad en la voz, un viso en sus maneras. Saben de qué hablo.

Sin embargo, debo admitir que hay un caso que sí me sorprendió. Es un compañero de trabajo al que le hacen constantes bromas homofóbicas, que él responde con ingenio y todos se ríen. Yo supuse que, como en muchos otros lados, las bromas sexuales eran nada más chistoretes que se cuentan entre camaradas para matar el aburrimiento de la oficina. Sentí desazón cuando, sin querer, pasé a espaldas de él, y accidentalmente miré la pantalla de su teléfono celular: La foto de una verga parada acaparaba su atención. El mundo a su alrededor se concentraba en esa fotografía. La escudriñaba con la delectación de un catador de diamantes ante una pieza de gran calidad.

Esa noche, al estar en mi casa, me pareció de lo más grotesco imaginar en una situación sexual a mi compañero de trabajo, que es moreno, obeso, cincuentón, lleno de verrugas en la cara, pelo hirsuto, bigote… la versión acapulqueña de Aniceto Verduzco, el amigo de Hermelinda Linda. Me preocupa que dirija un equipo infantil de futbol y verlo siempre en compañía de adolescentes, a quienes llama “sobrinos”.

En cambio, doña Fabi, mi vecina, cuya acta de nacimiento dice que se llama Fabián, es toda una señora travesti de 30 años, con las tetas operadas y vive con un “su marido”. Nunca he tenido problemas con la pareja, al contrario, doña Fabi me ha ayudado en ocasiones, en las que por la borrachera perdí las llaves de entrada al edificio.

Como vivo en el piso antes de llegar a la azotea, es frecuente que nos encontremos, porque sube a tender su ropa. Hace una semana subí a la azotea a fumarme un toque y vi sus tangas. Algunas normales, otras eran sólo una unión de dos delgadas tiras de tela. Tenía transparentes, rojas, con pedrería, con olanes, un buen surtido.

En mi pachequez, imaginaba cómo se podría esconder el pito en tan pequeño espacio. Sé que se puede porque me acordé del travesti Striperella, que se despoja de todo en el escenario y el espectador poco avezado puede caer en el chanchullo de pensar que es mujer de nacimiento.

Fabi, debo decirlo, está sabrosa. Ha hecho la cantidad precisa de ejercicio para tonificar piernas y nalgas, lucir músculos alargados en el abdomen y brazos delgados. Claro que también ayuda su operación de busto. Supongo que el único detalle es que mea parada. O quién sabe.

El trato siempre ha sido respetuoso. Dice cosas como “mi marido me compró tal cosa” o “mañana voy al cine con mi marido”, supongo que para crear una barrera y que no vaya yo a coquetearle o proponerle un acostón. Nada más lejano de la realidad. Mis respetos para los putos, pero no comparto su onda. A mí me gustan las viejas. Mucho, me gustan mucho las viejas.

Justo una de estas noches me dieron ganas de beber, pero no de ir a una cantina, así que tomé mi bolsa de mandado, le metí cinco envases de caguama y me lancé a la tienda.

De regreso, desvalido, tocando el portón, con la esperanza de que algún vecino le abriera, estaba doña Fabi, alcoholizado, maquillaje corrido por las lágrimas. Me vio como su ángel salvador. No pude sino corresponder el favor hecho otras veces y le abrí el portón. Notó el tintineo de mis caguamas, me preguntó si tenía fiesta. Me pareció razonable que, en nombre de la buena vecindad, y por el estado de afectación emocional que presentaba, debía invitarle una chela. Fuimos a su departamento.

No fue una chela nada más. Me habló del problema que tuvo con su marido. De lo sola que se sentía. De cómo, en ocasiones, su marido se ligaba mujeres, a las que paseaba por la Costera, mientras que ella tenía que quedarse como la gata bajo la lluvia.

–¿Me puedo sentar contigo en el sofá? –me dijo cuando íbamos por la cuarta caguama.

–Claro Fabi, es tu casa, puedes sentarte donde quieras, –le contesté de inmediato.

El sofá era para dos personas. Nuestras rodillas quedaron a unos 20 centímetros una de otra. Tensión.

–Veo que siempre andas tomando. ¿No tienes novia? –me preguntó.

–Sí tengo, pero casi no la veo, –mentí, como siempre que me hacen esa pregunta.

–¿No te sientes mal por estar todo el tiempo solo?

–Pues no, veo la tele…

–Y fumas mariguana, no te hagas, hasta acá llega el olor, –me dijo con sonrisa cómplice. –A mi marido también le gusta fumar esa cosa, pero a mí nunca me ha llamado la atención.

–¿Tienes? –pregunté cruzando los dedos de los pies.

–Creo que sí, déjame revisar, –me dijo y se levantó. Regresó con una lata de galletas. En diez minutos ya estaba fumando.

–¿Me das? Quiero sacarme la curiosidad.

Le pasé el cigarro mientras terminaba mi vaso de cerveza. Recosté la cabeza, exhalé el humo. Luego, la consabida tos del fumador inexperto.

La mota y el alcohol le hicieron confesar lo de su marido:

–El hijo de la chingada me puso los cuernos, pero no con una vieja, como siempre, sino con un puto, un pinche puto feo, además: negro, pelos necios, gordo, bigotón, lleno de verrugas… un asco de puto.

–Qué mal, me imagino que debes sentirte muy herida por esa traición –respondí con cara de mortificación.

–Lo que me da coraje, manito, es que me puso los cuernos con un pinche puto feo, y yo no estoy tan jodida, ¿o sí? ¿Te parece que estoy jodida?

Se levantó del sofá, y sentí extraño en las rodillas cuando se dio vuelta y por fin pude saciar mi morbo viendo ese culo redondo y parado a mis anchas.

–Eres muy atractiva, joven, bonita, no deberías llorar por él –le dije con la boca seca.

—¿Te parece que soy bonita?

–Sí…

¿Qué debía decirle? ¿Eres una mujer atractiva? No manches, la respeto mucho, pero dentro de mí sé que es puto.

–Eres una persona muy atractiva –le dije y respiré orgulloso por mi rapidez mental, a pesar del alcohol y la mota. Volvió a sentarse, ahora un poco más cerca de mí.

–Me siento sola ahora, necesitada de cariño.

–Ven, –le dije en un gesto solidario. Se puso a un lado de mí, tomé con la mano su hombro y su cabeza quedó en mi pecho.

–¿Te molesta si pongo mi mano aquí?, –preguntó poniendo su mano encima de mi entrepierna.

Con sorpresa, me escuché decir:

–Claro, no te preocupes, hay confianza.

A mí, por lo general, a causa de tanta droga y alcohol, me cuesta trabajo que se me pare la verga, pero Fabi, con una destreza que yo desconocía, levantó mi falo en unos segundos.

–Mira, ya se paró –dijo con una risa provocadora mientras su mano, hábil, desabrochaba mi bermuda. El contacto de las pieles hizo de mi pito un monumento a la firmeza.

–Está bonita, le voy a poner tantita saliva para que no te roce –anunció comedida.

No puso la saliva en su mano y con ella sobó la punta, sino que, como tragaespadas, se la comió completa y la dejó en su garganta unos segundos. Enseguida levantó la cabeza y me miró. Sus ojos brillaban de nuevo, pero la tristeza no estaba en ellos. Mi verga estaba empapada por su saliva.

–¿Puedo seguir comiéndomela? Está sabrosa.

No dudé en decirle que sí. Bajó mis bermudas hasta el piso, me quité la camiseta, terminé lo que quedaba del toque y me relajé. Se hincó entre mis piernas, las abrió con determinación, empujó mi verga hacia mi vientre y me olisqueó los huevos.

–Qué rico huele un hombre, –dijo mientras comenzaba a lamerlos. Primero el izquierdo, luego el derecho, fue de uno a otro con pericia, sin olvidarse de la punta. Tomó uno de mis pies y lo subió al sofá. Ya podía alcanzar con la punta de su lengua mi perineo, pero no era suficiente. Tomó el pie que aún tenía en el suelo y, suplicante, preguntó:

–¿Puedo?

–Sí, –respondí nervioso, intuyendo lo que vendría. Puso mis pies en sus hombros y de manera gentil empezó a lamerme el culo. Daba pequeños lengüetazos en los pliegues, y metía la punta de la lengua. Sentía pequeñas descargas eléctricas desde los testículos hasta el vientre. Ella lo notó.

–¿Nunca te lo habían hecho así? –me preguntó con una expresión en el rostro de excitación y orgullo.

–No, nunca, sigue, sigue, –le respondí gimiendo.

Siguió empujando más y más, masturbándome al mismo tiempo, hasta que sentí que ya tenía la mitad de su lengua adentro. Me di cuenta cuando intercambió la lengua por un dedo, pero ya nada importaba, un mundo nuevo y salvaje se estaba abriendo para mí.

Cuando desocupó la boca y me empezó a dedear el culo, regresó a mi verga, y la mamaba al mismo ritmo que ensartaba su dedo. A veces la punta llegaba hasta su campanilla y sus arcadas me parecieron la cosa más sensual que pudiera haber. Con su dedo índice izquierdo entrando y saliendo de mi ano, con su mano derecha frotando mis testículos y con su deliciosa boca jalando mi verga con fruición, no pude sino explotar en miles de pedazos mientras gritaba en el orgasmo más intenso que había experimentado.

El entumecimiento posterior duró cerca de media hora.

Fabi estaba sentada a un lado de mí, pasando su larga uña sobre mi flacidez.

—Te veniste muchísimo, –me confirmó.

–Es que nunca me la habían mamado así.

–Y eso que no has probado lo otro.

—¿Qué otro?

–Sí conoces el dicho, ¿no?

–¿Cuál?

–La mujer es querida por su hermosura, y el puto, por su apretura.

—¿Te refieres a..?

–Sí, a eso mero, ¿quieres conocerlo?

En las primeras embestidas la idea aparecía a los lejos, como el vaquero que llega a casa luego de la faena, pero conforme avancé y la fui abriendo, la idea aparecía más clara en el horizonte. Al terminar, dije:

–Fabi, ¿te gustaría que yo fuera tu nuevo marido?

Empaqué mis maletas esa misma noche. Cocina rico.

Charlie Punketo (Guerrero, 1975) es escritor y periodista. Colaboró en las revistas Amate, Arte y Cultura de Guerrero; Atrás de la Raya que estoy Escribiendo y Entre Líneas, así como en diarios de Chilpancingo (PUEBLO y Guerrero Hoy) y Acapulco (La Jornada Guerrero, El Sur, Diario 17), donde fue reportero, redactor, editor, jefe de Redacción y actualmente es el coordinador de la sección de Cultura de Novedades Acapulco. Es miembro de la primera generación del curso taller Red de Letras (Dirección de Cultura de Acapulco), cursó el taller “Estructura del cuentro posmoderno”, con Julián Herbert (Secretaría de Cultura de Guerrero) y del Seminario de Periodismo Cultural, de la Secretaría de Cultura Federal, así como el Seminario “The Key of the Writer”, impartido por Natalia Lazarus, del Promenade Conservatory, de Los Ángeles, California. Obtuvo mención honorífica en el Concurso Estatal de Cuento “José Agustín”. Tiene publicada la plaquette de cuentos y poemas “Profanaciones”, y además ha publicado cuentos, poemas y crónicas en revistas y periódicos del estado. Actualmente prepara su libro de cuentos “Atajo al Nirvana” y el de crónicas “La letra de la rola”.

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