La lectura como novela

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En la historia de la lectura se reconoce que hay autores y obras para iniciar una vida de lector y autores y obras que difícilmente pueden tomarse como primeras lecturas, a riesgo de desterrar del mundo de los libros —por siempre y con una idea de abominable incomprensión— a ese potencial amigo de las obras literarias o de otra especialidad. Por supuesto, la educación en México comete indiscriminadamente —con tristeza reaccionaria, años tras año— miles y miles de proclamas de destierro de lectores nonatos —no nacidos a letra impresa— bajo la premisa de “lectura obligatoria” a la hora de cumplir con el programa académico; imposible que un joven menor de 15 años lea, de principio a fin, La Ilíada o La Eneida. Imposible, también, que sus sentidos e inteligencia disfruten de las ensoñaciones verbales, de las músicas de “la palabra en el tiempo”, de los prodigios de la imaginación si en su corto pasado no hay más antecedentes que nos sean otros que en MTV, Facebook, Youtube, Instagram …

Pero qué tal si el guía de la sala de lectura o el profesor del salón de clases, eligiera algunos fragmentos de las obras de Homero y Virgilio, de seducción y belleza dramática probadas, y después de una breve explicación contextualizadora de la escena, los leyera en voz alta y demoradamente para concluir la dinámica lectora con un orquestado debate; pienso en el fragmento cuando Venus envía a Eros para que Dido sucumba de amor por Eneas, del libro primero de la obra suprema del poeta latino, o en el pasaje homérico en el que Aquiles arrastra el cuerpo sin vida de Héctor alrededor de las murallas de Troya. En un escenario mayor de audiencia, Alessandro Baricco corroboró la eficacia de la lectura pública del clásico poema griego que canta la guerra de Troya. ¿Por qué no probar en el aula escolar este ritual que anima la poesía dicha en voz alta?

A semejanza del niño que necesita un acompañante en sus primeras lecturas, el adolescente requiere también, en ese viaje por los libros, un cómplice interlocutor, una suerte de Sancho Panza o de Huckleberry Finn, compañía ideal para sus añoradas aventuras y extravíos; a veces se trata de un reclamo en silencio, pues es tal el orgullo y confusión del joven, que no pedirá apoyo o consejo alguno para dicha actividad lectora. El riesgo de perderse en “los demasiados libros” y en las imposiciones del mercado editorial diseñadas para el público joven es altísimo. Como los vampiros y los monstruos, el adolescente es un ser de soledad y penumbra; en tal sentido, la música callada de los libros, la oscuridad de la letra impresa, incluso, la forma de los volúmenes que simulan féretros, contribuyen en el creación de una atmósfera hospitalaria para las búsquedas juveniles.

Tampoco tiene lógica alguna que el docente de español o de literatura obligue a sus alumnos a leer, de buenas a primeras, La suave patria, Pedro Páramo o El laberinto de la soledad cuando, en muchísimos casos, ni el mismo maestro los ha leído —leído verdaderamente—, al grado de poder comentar, guiar, instruir generosa y seductoramente sobre las bondades de estos clásicos de la literatura mexicana, ya no se diga entusiasmar con esa singular euforia de quien ha descubierto un mundo nuevo y quiere compartirlo con sus semejantes. El tema es arduo y, mea culpa, el tono de estas líneas —de tío solipsista y gruñón—, no contribuye absolutamente en nada. Por eso, el obra de Daniel Pennac, Como una novela (1993), rompe con las maneras convencionales de intentar seducir a los jóvenes para acercarse a la realidad de los libros. Con una filosofía fraterna, cómplice y vital redactó los derechos del lector en un decálogo que debería estar en todas las aulas y bibliotecas; para darnos una idea de su particularidad, cito a continuación los tres primeros principios de su cruzada: a) El derecho a no leer. b) El derecho a saltarnos páginas. c) El derecho a no terminar un libro.

Tiene razón de sobra este escritor francés cuando nos dice que el verbo leer —como los verbos amar y soñar— no funciona en la vida en su conjugación imperativa. Cuando alguien nos ordena: “Lee este libro porque es importante, porque va a cambiar tu vida, porque lo escribió un genio…”, el resultado es casi siempre desalentador. Aunque viéndolo desde el decálogo de Pennac, el rechazar o renunciar la lectura de un libro es una garantía de nuestra condición de lector en ciernes; hoy nos aburrió El conde de Montecristo y lo abandonamos por ahí en la banca de un parque o de un cine; y a lo mejor mañana, sin saber cómo ni por qué, estamos a la mitad de El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, riéndonos como hacía mucho tiempo no lo hacíamos. O quizás sea al revés y la novela de Dumas nos tiene como posesos leyendo la Gran Venganza en las altas horas de la madrugada y la obra donde Holden Caulfield se asquea del mundo, la dejamos botada en el asiento de un autobús que viaja hacia el final de la noche; finalmente, qué importa cuál libro sea la balsa que nos transporte para descender las aguas del Mississippi o del Aqueronte, camino a nosotros mismos y a nuestro plenos poderes.

He escuchado a varios promotores de las salas de lectura que el libro de Daniel Pennac se convirtió en su biblia; ojalá fuera una biblia protestante que los llevara de puerta en puerta, en sus días de descanso, para divulgar el placer de la lectura, esa religión dionisíaca que no pide sacrificios ni ofrece la salvación de nuestra alma. Es cierto, esa divinidad pagana sólo requiere nuestra disponibilidad para ser curiosos e insumisos. Tras el éxito de Como una novela (2007), Pennac publicó el libro, también de corte autobiográfico, Mal de escuela; en sus páginas, el autor se pone del lado de los “burros”, de los malos alumnos que cambian de escuela año con año, de los zoquetes que nos les entra nada en la cabeza, ni por las buenas ni por las malas. Como el propio escritor fue uno de ellos, conoce esta especie de anarquistas tristes y confundidos. Sabe de su rebeldía y desesperanza al grado de anotar este epígrafe en uno de los capítulos del volumen: “Tengo doce años y medio y no he hecho nada.” Leída como punto de partida, esa confesión hecha por cualquier escolar, de Francia o de México, irradia insatisfacción, ilusiones, hambre de partir y cambiar el mundo. Pero ese estudiante “fracasado”, expulsado del colegio una y otra vez, estigmatizado como abúlico, holgazán y peligroso, necesita un cómplice. Daniel Pennac lo encontró en su maestro de matemática del bachillerato; por eso dice convencido: “Basta un profesor —¡uno solo!— para salvarnos de nosotros mismos y hacernos olvidar a todos los demás.” En la biografía de cada lector, basta desandar nuestros pasos, encontraremos ese maestro que nos dedicó unos minutos, después de concluida la clase, para hablarnos en un tono fraternal y secreto de otras vidas y otros mundos —intensos de aventuras y prodigios— que existen en colindancia con nuestra casi siempre anodina existencia.

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Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.