Un intento nauseabundo de escritura

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Nick Cave

La canción de la bolsa para el mareo

Traducción de Mariano Peyrou

Sexto Piso, España, 2015

184 pp.

 

Cuando Sartre propuso la idea de náusea en su novela homónima, como un concepto para referir la sensación que se experimenta cuando uno llega a comprender la contingencia («lo absoluto, la gratuidad perfecta»), hace una reflexión en la que me interesa detenerme para abordar la aparición en español del libro más reciente del músico y escritor australiano Nick Cave (Warracknabeal, 1957). Ésta consiste en el planteamiento de lo que está de más, desde la perspectiva de lo gratuito, asimilado por el existencialismo; tal es el primer estímulo que me provocó la obra que lleva por título La canción de la bolsa para el mareo.

¿Un trabajo de escritura “poética” necesita que alguien pida que se le tome en serio? El periodista Hari Kunzuru (según cita el diario El País en una entrevista publicada el 15 de diciembre de 2015) dice que «la poesía de Nick Cave merece ser tomada en serio». El comentario de Kunzuru me invita a hacer exactamente lo contrario y, a pesar de eso, me adentro en el libro, seducido por la belleza del material y burlón, por la grandilocuente anotación de Neil LaBute en la cuarta de forros: «Cave es capaz de hacer que sus lectores se arrodillen».

Un ángel desplegará las alas y me hablará al oído.

Tienes que dar el primer paso tú solo.

Después el ángel me dará un empujoncito y me enviará hacia lo desconocido.

Así es como empezaré «la canción de la bolsa del mareo».

Con las imágenes de la bolsa para el mareo, en donde el autor dejó plasmadas sus aspiraciones poéticas, se ilustran las traducciones de los textos que, olvidando los prejuicios, llevan al lector por los episodios de un hombre que va sublimando su experiencia de la náusea, al plantear con pericia la retrospectiva: el chico del puente, como anota en la dedicatoria y que es la imagen de la infancia que vuelve en esta escritura para avanzar al irse desarrollando la estructura de estas obsesiones. El chico crece para acompañar a la estrella de rock en su gira por los Estados Unidos:

Estoy como un perro despellejado sobre mis patas traseras y muestro
una amplia franja de piel húmeda y rosada. «¡Salten!», digo,
sujetando torpemente mi bolsita de vómito. «¡Salten cabronas! ».

Y todas las columnas de luz se agarran de la mano y, una por una, saltan dentro.

Este episodio, después de que vuelve a la visión de su infancia y encuentra entre la multitud de un concierto esa imagen, toma matices extáticos. Los buenos momentos de este trabajo se perciben cuando la honestidad nos revela que la visión del mundo descrita sensorialmente, nos permite acceder, con verdad, a la experiencia estética. Para la lectura de este libro sugiero prescindir de las ideas publicitarias y apelar a la seriedad del trabajo de la editorial Sexto Piso, que acierta la mayoría de las veces en sus publicaciones.

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Gustavo Iñiguez (Valle de Guadalupe, Jalisco, 1984) es licenciado en Turismo por la Universidad de Guadalajara. Textos de su autoría han aparecido en diversas publicaciones periódicas. Dirigió la revista literaria Quiescencia. Es coordinador editorial y editor adjunto de Mantis editores. Es autor del cuaderno de poesía Dromedario (2008). En 2013, con el apoyo del CECA Jalisco, publicó el libro de poemas Espantapáramos. Fue becario del PECDA en 2015. Junto a Luis Armenta Malpica es compilador de Equinoccio. 50 poemas ecuatorianos del siglo XX (Mantis editores, México, 2015). Una parte de su libro Vocación animal (Mantis editores, 2016) se traduce al alemán para su publicación bilingüe en una muestra de poesía mexicana reciente (traducción de Rike Bolte).