Cuarto con vista

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Al principio la casa estaba en un árbol. Luego se colocó a ras del suelo. Si alguien caía no se haría daño. Casa con barandales, protegida en las esquinas con hule espuma. Somos nenes que gatean en esto de la vida diaria. Babeamos, dejamos la huella por el suelo, gruñimos cuando las cosas no salen como esperamos.

No entiendo el amor por los gatos. Tampoco por los perros. Es tan extremo como el odio a las corridas de toros. Las personas se apasionan por tanto y tanto. Las fotos de las hambrunas etíopes no causan la misma conmoción.

Mi papá tenía auto. Me llevaba a todas partes. Luego mi marido tenía auto. Iba por mí a todos lados. Mi papá no está y mi marido se fue. No sé conducir. Tuve un auto pero me sentía en los carros chocones, excepto que el juego era de verdad. No aprendí a estacionarme. No pasa nada si no conduces. El lado derecho y el lado izquierdo del cerebro no tienen por qué jugar tenis si hay una pared para cada uno y pueden, en compensación, jugar squash.

Los vecinos del 301 de mi edificio ocuparon el inmueble de enfrente. Había departamentos vacíos. Así que invadieron la propiedad. La idea es ocupar todo el edificio, mientras los dueños no aparezcan tienen ventaja. Uno de ellos cuida la entrada por si llega la policía. Llevan tres semanas en sitio. Vigilan. Desde su gordura inmensa, vigilan. Son animales rapaces, buitres. Imaginación del crimen, eso tienen. Están en casa todo el día. Quién pensaría que un día tendrían la energía para cruzar la calle y convertirse en ocupantes ilegales. Aun así no veo que bajen de peso, ni un gramo.

En el espejo una mujer. Parecida a mí, a mi padre y a mi hermano. A nadie más. Comienzo a notar las arrugas alrededor de los ojos. Recuerdo estar en la casa de mi madre y despertarme a orinar a las tres am, y me vi en el espejo. Era muy extraño: tener 17 y notarse una misma. Era yo, la noche, la seguridad de la casa que estaría siempre. Pero no. Entre esa noche y la historia de ahora ha pasado mucho. No soy esa chica. Pero tampoco soy la de ahora. Una puta frontera entre ellas. La mujer del espejo se pone triste, se angustia, se preocupa por estupideces. Vivir es preocuparse por pequeñeces absurdas.

No tenemos a nadie más que a los hermanos, dijo mi padre. No confíes en nadie más, remató.

El amor es aprender a nadar. Primero debes saber respirar y descansar con la respiración. No podrás avanzar así. Ahora, si corres en la alberca sientes que no avanzas. Es caminar en cámara lenta. La piel se pone espesa y tú no eres tú, eres un átomo. Tocas el azulejo del fondo y respiras. No hay tiempo afuera ni adentro. Con suficiente práctica entrarás al agua como saliste de la vagina de tu madre: sin hacer preguntas, con violencia, sumiso y dócil. Bienvenido al mundo.

Por tu seguridad no confíes en nadie que sea abstemio, que no sepa mentir y que sienta lealtad a su país o, peor todavía, a su empleo.

No confíes en los hermosos: suelen echarse en la cama y decir: “Hazme”.

No hay familias ni perfectas ni imperfectas, hay familias donde un miembro asesina a otros por aburrimiento, por violencia natural o por odio.

No vuelvas a un lado si ves que alguien comete una injusticia frente a ti.

El secreto de todo, escucha bien esto, consiste en calentar bien la sartén.

Los hotcakes son las hermanas gordas de las crepas, esas tontas siempre a dieta, casi transparentes.

No consumas bebidas calientes antes de dormir, te calentarán el cuerpo por dentro y la frialdad del sueño hará que entres en estados de ánimo peligrosos. Podrías despertar, sin saber bien por qué, con rencores que habías superado hace años. Volverás a pensar la lista de cosas que dejaste a medias. Las lecturas, las llamadas telefónicas, las conversaciones que iban a cambiar tu vida justo cuando alguien aparece e interrumpe todo.

La familia es una planta. No la riegues. Si sobrevive estaba en su destino, si la intemperie la mata no te esfuerces, ni con tierra nueva ni con sol de otro país resucita.

Los viajes, como poseer una mascota o casarse, están sobrevalorados. Viajar es de las cosas más molestas que hay. Ya no diré lo otro pero el hecho de estar en un objeto que vuela, flota, se mueve, y aparecer en otra parte 14 horas después, con otro horario, otro idioma, comida, clima, costumbres, es para volverse loco. Te sientes fuera de ti todo el tiempo. Sin centro. Asientes, haces lo que dicen, y esperas salir de ahí lo más pronto posible.

Los viajes no ilustran. Conozco imbéciles que conocen el mundo y no cambiaron un ápice su mentalidad de mosca. Tampoco los libros hicieron nada por ellos. Imbéciles con bibliografía les digo, casi con cariño. Tontitos que saben imprimir un pase de abordar.

Aprende a no acumular, comienza por tirar los regalos que te han hecho y detestas. El apego es para débiles. Tira, tira, tira. No lo hagas en casa de tu madre, a ella hay que respetarle su incapacidad de desapegarse. Puede tener los objetos más horrendos pero, verás, se los regaló alguien que ella seguro quiere mucho y por eso los tiene ahí, a la vista de todos: el mal gusto de su hermana, su comadre, su ahijado, su mejor amigo. No caigas en peleas que ya perdiste desde que te tuvo en su cuerpo los nueves meses o los que sea, y que te recordará siempre. Eres el producto del amor y la falta de protección de natalidad, un accidente que si te fue bien, te quiere un poco, y te muestra también a los demás. Su objeto feo, más querible.

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Written by Brenda Ríos

Brenda Ríos

Autora de los libros Escenas del Jardín; Empacados al vacío, ensayos sobre nada; Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco; El vuelo de Francisca; Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector. Ha sido beneficiaria de los programas del Fonca; PECDA Guerrero y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013.