El son de artesa, una tradición que va desapareciendo

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El son de artesa, considerado por mucho tiempo como “música de negros” sin resonancia regional, comienza a ser abordado en su compleja dimensión cultural y territorial. El etnomusicólogo, Carlos Ruiz Rodríguez, se ha dado a la tarea de profundizar en una tradición que se entona con laudería europea, se canta y recita con verso español, se percute con instrumentos prehispánicos y se mueve con cinquillo, ritmo africano.

Expresión de identidad entre los pobladores de la Costa Chica guerrerense, ésta ha carecido de un análisis —salvo el estudio de su parte musical por el maestro Manuel Moedano— que comprenda todos los aspectos que la conforman. Por ello, el investigador adscrito a la Fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), realiza un ambicioso estudio que los integre.

Aunque el proyecto titulado (de manera tentativa) Versos, música y baile de artesa, de San Nicolás Tolentino, en la Costa Chica de Guerrero, remita al que se desarrolla en la señalada comunidad, su intención es cuestionar, entre otras cosas, la carga de origen africano de la propia tradición, la cual puede remontarse más allá de fines del siglo XVIII.

Luego de observaciones previas realizadas en el lugar, estimó, poco resulta verdaderamente vinculable a expresiones africanas. Se trata para él de un baile netamente mexicano, no obstante ser ejecutado por afro-descendientes —en general, comunidades mestizas, debido a la mezcla de sangre negra e indígena—.

En el nombre del son de artesa está su historia, la cual remite a la llegada de esclavos africanos traídos de Cuba durante el virreinato; escuchar a la distancia música española tocada en casorios, bautizos y fiestas patronales, les llevó a bailar sobre sus canoas, hechas con troncos de parota. Nacida la necesidad del baile se creó la artesa del mismo árbol para que sirviera de tarima.

La artesa es un cajón cuadrilongo que mide entre tres y cuatro metros de largo por uno y medio de alto, y tiene labrada en sus costados la forma de un animal, sea caballo, toro o lagarto. Anteriormente se utilizaba en celebraciones comunitarias, sobre todo, en bodas y en la fiesta de Santiago (celebrada el 5 de julio), ahora su uso se limita a encuentros culturales en la región.

Los tolentinos también llaman a la artesa, caballo moro, ya que alude a la vocación y destreza de sus antepasados esclavos en las haciendas ganaderas —quienes eran reputados arrendadores de caballo—, al color oscuro del tronco de la parota y al mismo ritmo del baile.

“San Nicolás Tolentino es uno de los pocos lugares en que se ha conservado esa tradición, es el centro de la misma. Bateas existen a partir desde Pochutla hasta casi el sur de Sinaloa, pero artesas (en los términos de las características mencionadas) sólo en la Costa Chica de Acapulco, Guerrero, a Puerto Ángel, Oaxaca.

“Respecto al baile, en África son de carácter colectivo y se llevan a cabo sobre el suelo. En ese sentido, el son de artesa (al que los viejos llaman chilenas de artesa) se danza en pareja y posee una raigambre más bien andaluza, está más vinculado al son jarocho y al tablao flamenco”, precisó.

El número de músicos partícipes en el son de artesa es variable, pero en la mayor parte de las ocasiones son cinco, uno de ellos toca el violín, otro más canta, dos interpretan un solo instrumento que es el cajón y el restante toca la charasca (especie de palo de lluvia).

Otro de los niveles en lo que sí puede observarse una relación con el continente africano, es el movimiento en la danza y los giros lingüísticos, no obstante que su estructura literaria (coplas octosílabas) están ligadas al español, pero de una forma menos evidente a la que puede encontrarse en el son jarocho.

Lo anterior, de acuerdo a la hipótesis del especialista, puede obedecer a las condiciones de desarrollo entre los puertos de Veracruz y Acapulco. El primero era la entrada marítima más importante en la Colonia; mientras, el segundo, era un puerto “ilegítimo” o de contrabando, lo que provocó un mayor aislamiento de estas expresiones.

Tradición aislada y oculta

Durante mucho tiempo el son de artesa estuvo aislado y oculto en el poblado de San Nicolás Tolentino (pequeño rincón de la sabana guerrerense de la Costa Chica). Salvo sus vecinos de Punta Maldonado y Cuajinijuilapa, en Guerrero, y los de El Ciruelo y Tapextla, comunidades de Pinotepa Nacional, nadie conocía su existencia.

“Entre los años 50 y 70 del siglo pasado, poca gente se acordaba de la existencia del son de artesa. La fuerte influencia de la radio y la televisión, que difundieron muchos otros ritmos musicales, contribuyó a que empezaran a archivarlo; eso sin contar la construcción de la Carretera Miguel Alemán. Factores en los que subyace la intermitencia de esa tradición”.

A pesar de los intentos por recuperar el son de artesa, promovido principalmente por una decena de personas mayores, quienes reconocen tener buenos recuerdos de éste, su continuidad depende de otras condiciones como la migración de los jóvenes tolentinos a Estados Unidos, en busca de trabajo, problemática que sufre —en general— toda la región de Cuajinijuilapa.

“A muchos de ellos (los jóvenes) no les importa mucho reproducir la tradición porque tienen otras ‘necesidades’ más inmediatas y pierden sus lazos socioculturales; cabe destacar que, ante todo, el son de artesa manifiesta una postura de burla y reto hacia los blancos, porque sus autores fueron esclavos fugados, a quienes nunca se pudo dominar”.

Por otra parte, mencionó el experto egresado de la Escuela Nacional de Música de la UNAM, las comunidades afro-mestizas son más individualistas, en comparación con las indígenas. “Yo sólo conozco dos agrupaciones de músicos de artesa de la infinidad que había en la región, antes cada comunidad tenía una artesa y ese hecho implicaba la existencia de músicos por todos lados.

“San Nicolás era uno de los lugares donde más violinistas había, y ahora sólo quedan dos, cuando en cierto momento era más de una veintena, bastante para una comunidad que en ese entonces debió tener menos de mil habitantes, y ahora posee cerca de cinco mil”.

Sobre la composición, Carlos Ruiz, señaló que en San Nicolás Tolentino sólo se ha compuesto un son de artesa, se trata de una “recomposición” sobre viejos repertorios, tomando la línea melódica o la parte de la tonada de varios sones y alguna que otra copla tradicional, para integrarle coplas recientes. El repertorio en total integra siete sones.

“En la otra agrupación, que es la de El Ciruelo, en Oaxaca, prácticamente el 80 por ciento del repertorio es de versada nueva y se han realizado desde 1996, su temática es muy cotidiana. Mientras, en el caso de San Nicolás Tolentino, es tradicional, pues refiere al robo de mujeres, a los casorios”.

Ruiz Rodríguez adelantó que próximamente serán editados (por el Colegio de México) dos fonogramas acompañados por un pequeño libro sobre el tema, en formato de CD —ambos de su autoría—, y que llevarán el título de Música y baile de artesa de la Costa Chica. Y hacia fines de 2005, espera concluir una investigación más profunda, por parte de la Fonoteca del INAH.

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