Todo lo negro. Entrevistas con escritores de narrativa policíaca y criminal: Imanol Caneyada

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La novela negra puede fungir como un cañón de luz para iluminar las zonas más obscuras de la realidad: Imanol Caneyada

Originario de San Sebastián, España, Imanol Caneyada Pascual llegó a México hace 27 años viajando como mochilero. Era 1989 cuando entró a Cozumel, Quintana Roo, sin mayor expectativa que conocer el país. Un año después estaba en la Ciudad de México, donde su estancia se prolongó siete años, estudio teatro y empezó a ejercer el periodismo. Fue el oficio de periodista el que lo llevó al desierto de Sonora en 1997, y es en este territorio en el que se convirtió en escritor y se nacionalizó mexicano.

Con la novela Hotel de arraigo, publicada por Suma de Letras, Caneyada ganó en 2015 el Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares. Con esta obra culmina una trilogía, a la que también pertenecen Espectáculo para avestruces (Arlequín, 2012), y Las paredes desnudas (Suma de letras, 2014), en la que se concentra su visión de la realidad, permeada por la mirada del reportero y del habitante de la frontera del noroeste de México. El tema recurrente es la pérdida de la inocencia a causa de un entorno brutal que somete a sus habitantes tanto geográfica como socialmente.

—Fue a partir de la experiencia personal de llegar al norte —relata sobre el origen de esta preocupación reiterada en su narrativa—, de llegar a Sonora, a la frontera. Yo creo que yo mismo perdí la inocencia cuando conocí esta realidad. Toda esta brutalidad que estamos viviendo y que me parece que ingenuamente, sobre todo desde el centro, desde la capital, se sorprenden y lo achacan como algo nuevo, algo reciente, algo que tiene unos pocos años, pero hace por lo menos 20 años ya existía en la frontera del noroeste mexicano, en Tijuana, en Mexicali, en San Luis Río Colorado, mucho antes de que esto se convirtiera en un problema nacional.

Uno de los acontecimientos determinantes en su propio proceso de pérdida de la inocencia fue el asesinato del periodista Benjamín Flores González, a las puertas del periódico La Prensa, del que Imanol Caneyada fue testigo el mismo año de su llegada a San Luis Río Colorado, Sonora para trabajar como reportero.

—Fue de los primeros periodistas que mataron. Te estoy hablando de 1997. Dos sicarios con cuernos de chivo. Toda esta historia que ahorita la vivimos cotidianamente, en el 97 yo la experimenté. Ese evento para mí fue muy traumático, porque aparte de que era el director del periódico, era amigo. Un muchacho joven que tenía un proyecto modesto de un periódico regional. Yo estaba en la redacción del periódico cuando el director llegó, se bajó de su auto, se bajaron dos sicarios y lo ametrallaron. Me impactó mucho la brutalidad, pero sobre todo el poco valor que tenía la vida en esa región. Creo que ahí pierdo la inocencia totalmente, y a partir de mi experiencia personal veo una sociedad que está sometida y tiranizada por estos esquemas de violencia.imanol

Esta brutalidad, además de ser el tema central de su trabajo inicial como reportero de nota roja, impregna ahora su literatura. Y aunque reconoce que el principal objetivo de la novela “es contar una buena historia; seducir, atrapar al lector, para que el libro no se le caiga de las manos; crear personajes interesantes”, también considera que cuando el novelista se compromete con el acto escritural lo hace desde una realidad y una postura ética.

—Me parece entonces —dice —que la novela negra en este momento puede, entre otras cosas, fungir como una especie de spot, de cañón de luz para iluminar las zonas más oscuras de esta realidad que estamos viviendo, iluminar zonas de nuestra realidad a las que no nos queremos asomar, con la intención de plantear preguntas y, en el diálogo con los lectores, encontrar respuestas, para ver si entendemos qué nos está pasando; porque me parece que no nos hemos detenido a analizar qué nos está pasando. Creo que las explicaciones que nos damos son muy simplistas, culpar al narcotráfico de la violencia que estamos viviendo en el país es muy simple, no es cierto. Porque de hecho muchísima de la violencia que estamos viviendo no tiene que ver con el narcotráfico. El narcotráfico existe desde principios del siglo XX. [Francisco] Haghenbeck, en su novela La primavera del mal, lo ilustra muy bien. Entonces no creo que el narcotráfico sea la causa de la violencia. Hay cantidad de factores socioeconómicos y políticos que se nos están escapando.

Desde la publicación de su primera novela Los ahogados no saben flotar en el 2000, hasta la aparición de Hotel de arraigo en 2015, la narrativa de Caneyada Pascual se ha transformado. Todavía en Espectáculo para avestruces, reconoce, es el periodista quien escribe, el ritmo y la prosa periodística están presentes; también una visión maniquea de la sociedad, dividida en buenos y malos, víctimas y victimarios. Mientras que en Hotel de arraigo hay un novelista mucho más formado, mucho más maduro que construye a partir del lenguaje una realidad ficcional en la que las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan.

—A lo lago de todos estos años me ha empezado a obsesionar un tema que tiene que ver con las complicidades, que en Hotel de arraigo ya se cristaliza de manera muy explícita. Las complicidades de toda una sociedad, de la que formamos parte, por haber alimentado durante tantos años este monstruo que nos estalló en la cara. Mientras al principio tenía una visión más maniquea de los malos y los buenos, los victimarios y las víctimas, a lo largo de estas tres novelas, me parece que en Hotel de arraigo ya plasmo esta visión, que es más compleja, más de claroscuros, donde profundizo en el aspecto de los actos cotidianos, de mucha gente que estamos involucrados, que han resultado en esta situación en que vivimos, esta situación tan descompuesta.

Y es justamente desde los actos cotidianos desde donde Imanol Caneyada construye el personaje de Arnulfo Lizárraga, protagonista de Hotel de arraigo, un agente antisecuestros que enfrenta la posibilidad de quedar desempleado luego de reprobar los exámenes de control de confianza, agobiado además por las exigencias de una familia clasemediara aspiracional que demanda un estilo de vida que él no alcanza a sostener con sus ingresos.

–Me interesaba construir un personaje desde la cotidianidad. Son muy pocas las escenas en las que aparece este judicial actuando como tal, es mucho más lo que tiene que ver con su vida cotidiana, que tiene que lidiar con el suegro, con la esposa, en esta vida ordinaria donde las exigencias sociales lo llevan a comportarse como se comporta todo su entorno, con la idea de ahondar un poco en este concepto de que desde la cotidianidad construimos el discurso de la violencia y desde la cotidianidad armamos una serie de complicidades para poder sobrevivir.

Se trata, explicó, de mostrar lo que la periodista alemana Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal”, luego de escuchar en 1961 el testimonio de Adolf Eichmann durante su juicio por genocidio contra el pueblo judío, expresión con la que señala desde una perspectiva filosófica y política que las peores atrocidades no son cometidas por personas perversas, con una gran capacidad para la crueldad o mentalmente enfermas, sino por seres humanos comunes y corrientes que se adaptan al mundo en el que viven, y este mundo es el que los condiciona para realizar estos actos.

—Finalmente, Arnulfo Lizárraga, este policía judicial corrupto, forma parte de un sistema del que no puede escapar; no es la reencarnación del mal, no es el diablo hecho hombre que viene a victimizarnos; es finalmente un ser humano que tiene una esposa, que tiene además una hija con síndrome de Tourette, y tiene que responder a una serie de exigencias sociales, que él cree, y además le han inculcado, que debe llenar esas expectativas. Y como está en un ambiente donde fácilmente te puedes corromper y donde fácilmente puedes corromper, sigue el camino que todo el mundo sigue, que es una reacción muy común en los seres humanos, casi todos seguimos el camino que todo el mundo sigue sin cuestionarnos mucho si ese camino, si esas acciones, entran dentro de lo correcto, de lo bueno, del bien o del mal.

hotel

Otro de los personajes de Hotel de arraigo es Gabriel García, hijo de un empresario cercano a los círculos de poder, que elude el aburrimiento grabando en su celular sus encuentros sexuales y celebrando fiestas en las que el exceso de drogas y alcohol es una constante. La figura de este adolescente presagió de algún modo las acciones de Los Porkys, jóvenes de la clase alta veracruzana acusados de violación. No se trata, sin embargo, de una casualidad, sino de la manera en que el novelista es capaz de retratar una práctica que ocurre no sólo en Veracruz, sino en todo México, aunque no siempre cuente con la atención mediática y a veces ni siquiera con la denuncia de los afectados.

—Yo te aseguro que en cada estado de la república mexicana hay muchísimas jóvenes que han vivido situaciones muy parecidas, que se han topado con estos mirreyes, con estos juniors poderosos, impunes y arrolladores; y han sufrido violaciones, abuso, violencia, y que por supuesto no han ido a denunciar y si han ido no ha pasado absolutamente nada. Yo creo que el enorme problema que tenemos en México es la impunidad y la impunidad es la que genera estos pequeños diosecillos, hijos de caciques, que son dueños de las vidas de una región. Es normal que los hijos de estos empresarios, de estos políticos, que tienen una concepción tan medieval del poder, tan feudal, se muevan con este sentido de impunidad, de que no les puede pasar absolutamente nada y de que sus actos no tienen consecuencias. A mí me interesaba abordar la figura de estas segundas generaciones de los forjadores de este poder tan irracional y tan brutal, tan feudal, tan caciquil, y su impunidad.

Sin embargo, la atención mediática puntual que reciben ciertos casos de violencia en México es un arma de doble filo, advierte.

—Pasó antes con Ayotzinapa. Esa atención mediática tan exclusiva nos da a entender que es algo que pasó de manera aislada en un lugar, cuando es algo que está pasando en todo el país, todos los días. Es terrible lo que pasó en Ayotzinapa, cuando empezaron a decir “nos faltan 43”, “¿dónde están los 43?” No, ¿donde están los veintitantos mil? El norte del país esta lleno de fosas y de gente enterrada. Me parece un poco ingenuo de parte de la sociedad mexicana que de pronto, a partir de estas explosiones mediáticas que hay en torno a casos muy específicos, nos sirva para decir: “bueno, esto pasa en Veracruz, esto pasa en Guerrero”. No, eso pasa en Tamaulipas y en la Ciudad de México y en todo el país. Es una realidad latente y creo que es obligación del novelista estar atento a estos signos para poder narrarlos.

Pero no sólo la realidad y su trabajo como periodista han tenido influencia en su labor cómo escritor. En este sentido considera que Cormac McCarthy y James Ellroy son dos autores que le hicieron “entender la posibilidades que tiene el género más allá de la ortodoxia”, entendiendo la novela negra en un sentido amplio.

—Yo conocí el genero y me acerqué a él y decidí yo quiero hacer esto, siendo muy joven, con Manuel Vázquez Montalván y posteriormente con Paco Ignacio Taibo II. Para mí sí son dos influencias claras; y dentro de los mexicanos, además de mis contemporáneos, que me parece que están haciendo una gran novela negra [Francisco] Haghenbeck, [Bernardo Fernández] Bef, Hilario Peña, Elmer Mendoza, que es un poco nuestro papá; pero hay un autor que injustamente se ha condenado al olvido y me parece que es un gran, gran autor de novela negra. Cuando lo leí me conmovió, me sacudió desde todas las perspectivas, desde cómo concebía el género y desde los temas que tocaba. Es Juan Hernández Luna. Especialmente Cadáver de ciudad me parece que es una gran novela negra.

Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) es autora de la novela 36 Toneladas (ZETA, 2011), del libro de cuentos Ojos que no ven, corazón desierto (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2009), y de la obra de teatro Basta morir (Teatro de la Gruta VIII, Fondo Editorial Tierra adentro y Centro Cultural Helénico, 2008). Cuentos suyos han sido publicados en una docena de antologías. Fue nominada al premio Silverio Cañada 2012 a mejor primera novela negra en la Semana Negra de Gijón, en España; obtuvo el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano 2008; mención honorifica en el Concurso Nacional de Cuento Joven Alejandro Meneses, 2008; Mención especial en el Concurso Nacional de Dramaturgia Joven Gerardo Mancebo del Castillo,  2008.

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