El quinto sacramento

cuento 4 - El quinto sacramento
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Mi padre siempre decía: “Es mejor curarse en salud.” Tenía razón. Por eso yo, Arturo Bernal Díaz, contador público y detective privado, escribo la historia del primer y único asesinato que he resuelto.

Todo empezó una noche que revisaba los cálculos de una declaración de impuestos. Era la última del día. Esperaba descansar largo, había preparado el sofá cama y avisado a mí esposa que me quedaría, una noche más, en la oficina. En eso estaba cuando sonó el interfono, pensé en algún vecino equivocado. “¿Quién?” La voz del Lobo ordenó: “Abre.”

Antes de pensar en qué chingaos quería mi amigo Carlos Ibarra, judicial federal, del que hacía meses no tenía noticias, lo imaginé, cansado y hasta la madre de perseguir narcos inefables. Nunca he entendido al Lobo, por qué vive a golpes, por qué pasa de bala a sangre como si nada, por qué no se dedica a administrar sus recuerdos y su empresa de seguridad privada.

El Lobo me saludó como siempre con un: “¿Cómo has estado, cabrón?” Yo nada más sonreí. De haber sabido ni abro la puerta, ni le invito una cuba con dos hielos.

Unos minutos después, recorríamos la autopista a Cuernavaca a 140 kilómetros por hora. El Lobo al volante y Javier Solís como banda sonora.

En mi mente, la explicación del Lobo, como siempre apresurada. Un recuento rápido: la situación en Morelos es complicada. La implicación del jefe de la policía estatal con una banda de secuestradores ha puesto al gobernador en la antesala de la renuncia. “Y ahora esto –dijo el Lobo-, el posible asesinato de la hija menor de Heriberto Fénix, uno de los principales empresarios farmacéuticos del país”.

Como muchos mexicanos, conozco al ingeniero Fénix; pero, a diferencia de la mayoría, cuyo saber procede de surtir sus recetas en alguna de las muchas de farmacias que posee, yo apoyé a su contable, sobre todo en los temas de elusión fiscal. Conozco la fortuna del ingeniero y sé también de los cuantiosos donativos a congregaciones religiosas. Estoy al tanto de su fama de hombre de fe, cercano a la jerarquía eclesiástica y a los políticos que trabajan para ella.

Pero el Lobo esa noche no me había buscado por mi conocimiento de la contabilidad del ingeniero.

-¿De dónde conoces al gobernador?- pregunté.

-Fui su jefe de seguridad cuando era subsecretario de Gobernación.

-Lo guarura lo traes en la sangre -dije no más por joder y porque cuando el lLobito se pone serio es insoportable.

Yo sabía que el gobernador era acusado por la prensa y por la oposición de solapar a bandas de secuestradores; que había cesado al Procurador, luego de que sorprendieron al jefe de la brigada antisecuestros, deshaciéndose del cadáver de un agricultor cuya familia se había negado a pagar el rescate.

También sabía que el gobernador, una vez electo, invitó al Lobo a trabajar con él; “Necesito gente de confianza- le dijo-. Las cosas acá están cada vez más cabronas”. Carlos se disculpó, le inventó el cuento de que debía atender a su hija que vivía en Monterrey. En realidad estaba aburrido de ser guardaespaldas, quería regresar a la verdadera acción. El Lobo siempre ha sido así, cercano al masoquismo. Le gusta la lucha cuerpo a cuerpo. El golpe recibido. Dar sin recibir no tiene chiste. Por eso, el papel de escolta, guarura o cosa que se le pareciera, le resultaba tedioso y lo evadía.

Al enterarse el gobernador de que, para acabarla de amolar, había aparecido muerta la hija menor de un empresario importante que, entre otras cosas, había apoyado económicamente su campaña electoral, el nombre del Lobo apareció en su mente. Ahora, más que nunca, necesitaba gente de confianza.

-Yo creo que tu cuate no dura mucho- dije- repitiendo lo leído en la prensa.

-¡Estás pendejo! El gober es compadre del presidente.

-No hay borracho que trague lumbre, ni presidente que respete el compadrazgo. Respondí arriesgando recibir una merecida mentada de madre.

Al llegar a Cuernavaca seguimos por la autopista rumbo a Acapulco. A la altura de Palmilla, una patrulla de la policía estatal nos aguardaba.

-No se te vaya a ocurrir decir que eres contador – me advirtió el Lobo.

-¿Y si los fraudes fiscales son el problema? –respondí.

-De todas maneras. Yo dije que iba a traer un investigador privado.

Entendí que mi doble personalidad me jugaba de nueva cuenta una mala pasada. Hubiera preferido que el ingeniero me contratara para eludir al fisco. Al menos la paga sería buena.

La casa de descanso de la familia Fénix se ubica en un fraccionamiento exclusivo del sur de Cuernavaca. Un jardín rodeaba la vivienda de dos plantas de arquitectura seudocolonial. En la sala, en un sofá, el cuerpo de María del Pilar Fénix, hija menor del dueño de la cadena de farmacias más importante de México.

Nos informaron que el cuerpo fue acomodado en el sofá por la servidumbre. “Lo encontraron en el suelo de la capilla que en honor de la virgen de Fátima levantó, al fondo del jardín, la familia Fénix”.

Observé el cuerpo de María del Pilar cubierto con una sabana azul. Tal y como lo encontró el subprocurador Fermín González.

El subprocurador se había hecho acompañar por el director de los servicios forenses del estado.

En la inspección del cuerpo, el médico forense notó, en el brazo izquierdo de la joven, huellas de una inyección intravenosa. La información proporcionada por la servidumbre llevó a la conclusión de que la fallecida no estaba en tratamiento médico. Una inyección intravenosa, informó el forense, no se explica en una persona sana como ella.

Luego de informar al gobernador que estaban ante un posible asesinato, recibieron la instrucción de no mover el cuerpo hasta nuevo aviso. “Les voy a enviar unos apoyos, gente de mi confianza”. Se refería al Lobo y al doctor Zepeda, médico personal y amigo de toda la vida del Gobernador. Seguro buscaba una visión menos pendeja que la del subprocurador.

El doctor Zepeda llegó antes que nosotros. Aunque de medicina forense no sabía gran cosa, el cuerpo de la joven hablaba por sí mismo. Revisó el brazo donde, según el forense notó, se había aplicado una inyección intravenosa y estuvo de acuerdo: alguien inyectó a la muchacha. Tomó una muestra de sangre. “Necesito que lleven urgentemente esta muestra al Hospital Ángeles del Pedregal”, dijo mientras escribía en una tarjeta de presentación un mensaje. Pidió, entonces, que lo comunicaran con el Gobernador.

El Lobo me presentó con el subprocurador como investigador privado. No usó a propósito la palabra detective, porque le parece mamona, sacada de programa de televisión.

Entramos a la sala donde nos esperaba el cuerpo de la joven e inicié una actuación digna de película mexicana de los cuarenta, nada más me faltaba el sombrero, la gabardina y gritar: “Dispara, Margot. dispara”.

Mientras el Lobo se reportaba con el gobernador, me hinqué a un lado del cuerpo de María del Pilar, miré el rostro plácido de la muerta. Era bonita. Quité la sabana con cuidado, como si temiera despertarla del sueño eterno. La muchacha vestía una falda hasta el tobillo gris y anacrónica. Usaba tobilleras y una blusa blanca que cubría su pecho. Imaginé sus senos dignos pero ocultos. Pensé en desnudarla para verla mujer, pero me contuve. “Soy detective”, pensé. Revisé los brazos y me detuve en la huella de la inyección. Me puse de pie para mirarla de cuerpo entero. “Parece novicia de convento tlalpeño”, dije en voz baja.

Me acerqué para estudiar su rostro, no hay señas de espanto. “Murió tranquila, tal vez ni cuenta se dio”. Pensé en sedantes, Valium intravenoso. Pensé en morfina, para una muerte sin dolor. Pensé en heroína, para el viaje de vuelta al origen del mundo.

Me hinqué de nuevo para observar de cerca el rostro. Hay algo que no cuadra, no hay signos de violencia. Vi, y aún lo recuerdo, un semblante de paz como el que imagino tiene el que por su gusto muere. Revisé la cabeza en busca de alguna herida oculta por el pelo, despejé la frente y al rozar las cejas sentí en mis dedos algo como sudor, pasé mi dedo índice por la frente. En la yema quedaron rastros de una sustancia viscosa que bien puede ser algún tipo de bloqueador solar. “¿A qué huele un protector solar?” me pregunté.

Seguro mi actuación sorprendió al Lobo. Cubrí de nueva cuenta el cuerpo, me acerqué al subprocurador: “¿Quién la descubrió?”, pregunté.

“Jacinto, el hijo de Doña Julia, la encontró en la Capilla”, respondió González. Me explicó que la servidumbre constaba de doña Julia que se encargaba principalmente de la cocina y de la administración, y sus tres hijos, Jacinto, el mayor, que era el jardinero y dos muchachas que se encargaban de la limpieza y no vivían allí. “Además un chofer y un escolta, ambos judiciales federales”.

Entré a la cocina y allí, llorando, se encontraba doña Julia, la cocinera y “administradora” de la casa. Antes que nada me identifiqué, para darle tiempo de que se limpiara las lágrimas.

-¿A qué hora llegó la señorita? –pregunté.

-Como a las cinco.

-¿Venía sola?

-No. Llegó con el padre Enrique, su tío.

-¿Paterno o materno?

-Hermano del señor –respondió la cocinera.

-¿Cómo a qué hora se fue el tío?

-No sé, como a las siete, siete y media.

-Y el padre Enrique, ¿dónde vive?

-En Tepoztlán, ahí tienen una comunidad los legionarios.

“Con que millonario de Cristo”, me dije, “mal síntoma”.

Me dirigí a la capilla. Antes de entrar me alcanzó Jacinto, el jardinero. Luego de un saludo formal, caminamos hacia el altar. “Aistaba tirada –dijo-, abajito de la imagen de la santísima virgen, como si se hubiera desmayado. Cuando la cargamos pesaba retiarto. Yo creo que ya estaba bien muerta…”

-¿A qué hora la encontraron?

-Pusss como a las nueve la venimos a buscar pa’que cenara.

Exploré la capilla en busca de algún rastro de la jeringa, o la liga de caucho que se usa para las inyecciones intravenosas o el envase, algo que permitiera completar el cuadro.

-Disculpe, ¿tendrán bloqueador solar?

-No sé –respondió Jacinto con cara de qué chingaos es eso-, déjeme preguntar.

Desde que vi el cuerpo de María del Pilar Fénix, recordé las tardes en la iglesia de San Agustín y a las monjas y novicias que asistían a la misa de seis. Tlalpan es tierra de seminarios y conventos. Era común encontrar mujeres vestidas de igual manera que Pilar y, al igual que ella, bellas y serias, caminando a paso veloz, como si la tentación las persiguiera. Recuerdo el club juvenil de la iglesia y las obras de teatro que montaba el padre Rubén.

Pensar que al salir de la secundaria pasó por mi mente ingresar al seminario de los misioneros de Guadalupe. Ser como mi padrino de primera comunión, un predicador en tierra de infieles. Pero mi vocación de cura desapareció aquella noche en la casa del Zurdo, cuando jugué al sexo inseguro con la señora de la casa.

Continué mis pesquisas, entré a la recamara de Pilar. Me pareció sobria en extremo, sin lujos. Las paredes adornadas con un par fotos y una imagen de la virgen de Guadalupe.

En una foto aparecía ella con dos sacerdotes, uno cuya buena fama empezaba, a raíz de unos reportajes televisivos, a estar en entredicho: Marcial Maciel. En la otra foto ella recibía la bendición de un, todavía sano, Juan Pablo II. No había fotos de familia. En la mesa de noche, una edición facsimilar de El Libro de las Horas de San Ambrosio de Aquitania. Debajo de éstesu diario.

No pude contener el morbo y lo abrí. En la primera hoja una oración a la virgen del Pilar. En las siguientes páginas, reflexiones, pensamientos. Me detuve en una hoja en donde estaba pegada, con cinta adhesiva, la fotocopia del fragmento de un libro, a todas luces antiguo, que hablaba, si no recuerdo mal, de la fornicación. Del pecado de la carne. Recordé cómo molestábamos a las catequistas pidiendo que nos explicaran el sexto mandamiento, que en esos años era: No fornicar. Pobres mujeres. La cara que ponían. Cómo hablar de sexo con una bola de escuincles.

Proseguí la lectura, en las últimas anotaciones reapareció el tema de la fornicación, ahora era una epístola de San Pablo. Del secreter tomé una hoja en blanco y copié un párrafo:

Bueno le sería al hombre no tocar mujer; pero a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. El marido cumpla con la mujer el deber conyugal, y asimismo la mujer con el marido. La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer.

Finalmente leí la última anotación del diario, fechada el día anterior, un poema de San Juan de la Cruz que también copié:

Vivo sin vivir en mí

y de tal manera espero,

que muero porque no muero.

¡Sácame de aquesta muerte

mi Dios, y dame la vida;

no me tengas impedida

en este lazo tan fuerte;

mira que peno por verte,

y mi mal es tan entero,

que muero porque no muero.

 

Lo repetí en voz alta. Me gustó. Pensé de nuevo en mi padrino de primera comunión, muerto en África cuando todavía no cumplía los cuarenta años. ¿Él también moría por no morir? No lo sé. Pero este ambiente religioso me hace evocar a ese joven guanajuatense de ojos claros, que jugaba futbol como pocos y hablaba con nosotros de la caridad y la justicia divina.

En esas estaba cuando escuché una voz a mis espaldas:

-¡Quién le autorizó a leer cosas que no le incumben!

-La policía –contesté con voz de detective.

-¿Y qué busca?

Antes de responder observe al hombre vestido de negro con alzacuello, deduje que era el tío legionario de la occisa.

-Quiero saber por qué se suicidó la señorita. Respondí nada más para ver qué cara ponía

-¡No se suicidó! –gritó el sacerdote.

-¿Cómo puede estar seguro de eso?, dije contento por saber que el pez había picado el anzuelo.

-Porque era una Consagrada. Nunca cometería el pecado de atentar contra su vida –respondió con una convicción propia del que conoce los misterios de la fe.

-¿Usted es el padre Enrique? –pregunté, nada más para mostrarle lo bien informado que estaba.

-Sí, señor, y usted, ¿quién es?

-Arturo Bernal Díaz, detective privado, me contrataron para investigar la muerte de su sobrina. Por cierto, usted estuvo con ella en la capilla. ¿verdad?

-Sí. Rezamos el rosario como todos los días –respondió mientras no dejaba de ver el diario de la muerta que, abierto en la última anotación, dejé sobre el secreter. ¿De veras cree que se suicido?

-O la mataron que es peor, ¿no cree?

Guardó silencio. Un preocupante silencio. Cerré el diario. Doblé la hoja en la que había copiado el texto de San Pablo y el poema. Guardé ambas cosas en la bolsa de mi saco.

-¿Se puede llevar eso? –Preguntó inquisidor y molesto

-Claro -respondí- es evidencia. Por cierto, usted fue el último que la vio con vida.

-¿Está seguro?

-Según lo que me dijeron doña Julia y Jacinto. Claro, existe la posibilidad de que él o la asesina se haya colado sin que nadie se diera cuenta, para cometer el crimen.

-Es posible –respondió.

-Lo que no me cuadra –dije- es que no hay signos de violencia…

-¿Cómo la mataron? –me interrumpió.

-Con una inyección intravenosa de morfina. –aventuré. Quise ver su reacción. Pero ese cura juega póker: ni un pestañeo. Nada.

-¿Está seguro?

Yo no lo estaba. Pero no podía dar marcha atrás. Asentí con la cabeza. –Voy a la cocina por un café. ¿Gusta?

-No, gracias. Prefiero rezar un poco.

Mientras caminaba hacia la cocina, repetía en mi cabeza los versos: “Muero porque no muero”. ¿Y si fue un suicidio?

Llamé a Jacinto: “Traite una lámpara, vamos a la capilla”. No importa lo que se haya inyectado. Cualquier sustancia no hace un efecto inmediato. Pudo haberse inyectado en el jardín y luego entrar a morir en la capilla.

Me encontré con El Lobo que fumaba para espantar el sueño. Esperaba las órdenes del gobernador.

-¿En qué piensas, Lobito? –pregunté.

-En que me caigo de sueño. ¿Tú qué onda? ¿Ya terminaste de jugar al detective?

-Para eso me trajiste no, güey.

El Lobo sonrió.

Mientras platicaba con mi judicial de cabecera, vi entrar al legionario en la capilla. Mandé a Jacinto a buscar en el jardín la jeringa.

-Voy por un café –le dije al Lobo y regresé a la cocina.

Mientras doña Julia preparaba el café, no paraba de hablar: “… la niña estaba muy triste desde que sus papás se separaron. Fue muy feo. No está pa’ saberlo pero el ingeniero dijo cosas muy feas… le dijo puta a la señora y la niña estaba presente…imagínese nomás, si la niña es Consagrada, una santa… pobrecita…”

“…el señor y los muchachos se fueron al Miami… desde que se divorciaron la señora se regresó con sus papás a Guadalajara… la niña se quedó, ella nació para rezar y hacer buena obra y como su tío regresó de Roma… pues se la pasaban juntos”.

-¿Por qué se divorciaron los señores? –pregunté.

-Pa’ qué le cuento. Fue algo muy feo. La cocinera miró hacia la puerta para confirmar que no nadie más pudiera escuchar.

-La señora engañó al ingeniero –continuó- y con un escuincle que podía ser su hijo. Fue horrible porque el señor tenía fotos y se las mostró a sus hijos. Amenazó a la señora, le dijo que si no se largaba la metía a la cárcel, quesque porque el adulterio es delito. Los muchachos lloraron pero apoyaron a su papá, la única que no aceptó que se divorciaran fue la niña. Dijo que era peor pecado el divorcio. Le rogó a su papá que perdonara a su madre, pero el ingeniero se negó. Como vieron que la niña se puso muy mal, el señor trajo de Roma a su hermano para que la orientara; desde entonces se veían a diario. Ella se consagró, pero seguía triste porque tenía prohibido siquiera hablar con la señora. Yo creo que eso le partió el corazón. Tan jovencita, tan buena.

A doña Julia se le llenaron los ojos de lágrimas. Me sirvió la taza de café. “¿Quiere algo más el señor?”

-Sí, ¿tendrá aceite de oliva?

-Claro –Respondió con cara de “este está loco”.

Sacó de la alacena una botella pequeña y la dejó junto al café.

Mojé las yemas de mis dedos pulgar e índice con aceite, los tallé para sentir la viscosidad y los acerqué a mi nariz para recordar a qué huele la oliva.

Recordé mi primer tiroteo. Fue en Mexicali, en un congal llamado San Diego y conocido como el Zoo. Salía acompañado por una sinaloense que trabajaba de puta y afirmaba tener información sobre el caso que estaba investigando con el Lobo.

El primer disparo fue para ella, certero le partió el corazón. Luego una ráfaga de cuerno de chivo. Por suerte alcancé a cubrirme detrás de una camioneta estacionada. El Lobo, que me esperaba afuera con dos judiciales más, repelió la agresión. Pero el daño ya estaba hecho, la informante agonizaba en mis brazos. Traté de controlar la hemorragia aplicando presión en la herida, pero era en vano. Entonces recordé lo que mi padrino de primera comunión me dijo un día: “Hay dos sacramentos que cualquier buen cristiano puede celebrar: el bautismo y la extremaunción. El inicio y el fin de nuestra vida. Si alguien agoniza, cualquiera puede celebrar la unción. Y así lo hice. Mojé con saliva mi dedo índice y tracé la cruz mientras decía: “Que Dios padre te libre de tus pecados y te conceda la salvación y la vida eterna”.

Entré al baño a pagar el tributo al café. Mientras orinaba, me percaté de que no había revisado el botiquín que estaba detrás del espejo.

Lo abrí, nada extraño. Analgésicos, agua oxigenada, repelente de insectos y protector solar. Abrí este último para olfatearlo, quiero saber si la sustancia viscosa en la frente de la consagrada era bloqueador solar. Me di cuenta que no, no era lo que tenía en la frente la Consagrada. Probé con una crema humectante, tampoco. Recuerdo que en la recamara no había cosméticos ni perfumes. Las consagradas no los usan. Cerré el botiquín y me enfrenté al espejo, vi el reflejo de mi rostro cansado, sonreí. En ese momento lo supe. Supe no sólo lo que tenía en la frente María del Pilar, también lo que significaba.

Me alegré por saber quién había asesinado a la consagrada, pero no sabía el por qué. Y seguro, sin el arma homicida, no podría culpar a nadie.

La solución propuesta, no sé bien por quién, era simple. Asumir que la hija de Fénix murió de un infarto provocado por una malformación congénita. El doctor Zepeda expediría el certificado de defunción. No sería necesaria la necropsia. Para evitar reflectores, se trasladaría el cuerpo al DF, a la funeraria Gayoso, para velarla allí una vez que llegaran de Miami el ingeniero y sus hijos.

Mientras esperábamos la respuesta del gobernador, yo no perdía de vista al legionario, que de pie, ante el cuerpo cubierto, rezaba en voz baja. Me detuve en sus ojos sin rastro de lagrimas, ni dolor. “Cada quien vive el duelo a su modo”, pensé.

El Lobo acompañado del subprocurador informó del acuerdo tomado entre el gobernador y el ingeniero Fénix. El cuerpo será trasladado a la ciudad de México, se dispensaría la autopsia y se certificaría que la muerte fue por causas naturales.

El sacerdote asintió con la cabeza. Entraron los camilleros de la ambulancia privada para trasladar el cadáver.

-Qué bueno que no profanaron su cuerpo –dijo el sacerdote.

Salí al jardín para fumar, no lo podía creer, tenía la respuesta, a casi todo. Quien asesinó a María del Pilar le había administrado los santos oleos, con aceite de oliva. Quien lo hizo preparó todo, no sólo las herramientas necesarias para la muerte, también lo necesario para celebrar el sacramento de la extremaunción.

Me imaginé la escena: el sacerdote se pone la estola, abre el devocionario en la página donde se encuentra la oración para los difuntos, la dice en voz baja y en latín, toma el brazo y acomoda la liga de caucho, la aprieta para que salte la vena, toma la jeringa y la aplica. Acomoda el cuerpo somnoliento de Pilar en el piso; abre la botella que contiene el aceite, moja su dedos, dibuja lentamente la cruz en la frente. Sólo hay una cosa que no entiendo, ¿por qué?

-¿Sospechas de alguien? preguntó el Lobo.

-Sí, pero me falta el móvil.

-¿Móvil? No mames, ya hasta hablas como detective.

-Vete a la…

-¿Estás seguro de que no se suicidó? –preguntó el Lobo.

-Era Consagrada, güey. Pero aunque no lo fuera, si ella se inyectó, ¿dónde quedó la jeringa? No hay rastros ni en la capilla ni en el jardín.

-Lástima, Margarito, esto ya se acabó. Nos regresamos a México.

El Lobo pidió al subprocurador un chofer para no tener que manejar y poder dormir un poco.

Mientras el Lobo dormía, cerré los ojos para recuperar la historia. Pensé por primera vez en un suicidio asistido. La Consagrada no aceptaba por ningún motivo que sus papás vivieran en pecado. El legionario trató de convencerla de que los pecados de los padres no son su responsabilidad. Logró que se consagrara y trabajara para la Legión de Cristo. Pero el golpe fue más fuerte que su voluntad de vivir. Repitía, luego de sus oraciones nocturnas, el poema “Muero porque no muero”, y al final le pidió al tío que la asistiera. Sonaba bien, pero ¿cómo probarlo?

Al entrar a la ciudad el Lobo despertó, prendió un cigarro.

-¿Me vas a llevar a la oficina? –pregunté.

-Estás pendejo, todavía no termina la chamba, vamos a Gayoso.

No me pesa reconocer que me curo en salud. Que escribo esta historia porque el nuevo milenio trae consigo no sólo la caída del PRI, también la suerte del vengador y se habla de crear comisiones de la verdad. Y no vaya a ser la de malas.

En la funeraria, fui testigo de la parafernalia del poder. Altos funcionarios, empresarios connotados, políticos arribistas, sacerdotes administradores de los diezmos… Yo aproveché para observar, guardando una sana distancia, al tío legionario, buscaba un rastro, un indicio mínimo, que me permitiera saber por qué un sacerdote había sido capaz de asesinar a su sobrina.

Un día después de la muerte, el legionario ofició una misa de cuerpo presente, ante un nutrido y selecto público. En la primera fila, al centro, el ingeniero Fénix; a su diestra el gobernador de Morelos; a la izquierda, en representación del presidente, el secretario de Gobernación. En primera fila también, los hermanos de la consagrada, sus abuelos paternos, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, el Arzobispo primado de México, el director de los Legionarios …

En el sermón, el tío ponderó las virtudes de la fallecida y la puso de ejemplo para la juventud. “Necesitamos mujeres como María del Pilar -dijo en la parte más sentida de su discurso-, dignas, entregadas a la caridad cristiana y capaces de perdonar los pecados de los otros y hacer penitencia por ellos.”

Por cierto, la mamá de la Consagrada no asistió al funeral.

Al concluir la misa, salí a fumar. En el jardín el Lobo hablaba con Zepeda y el subprocurador. Repasaban lo sucedido para asegurar que no quedaba ni un cabo suelto. No me acerqué para no importunarlos. Entre menos supiera era mejor.

Al concluir su reunión, el Lobo me pidió un cigarro. Yo aproveché para preguntarle: “¿Cuánto vas a cobrar por el numerito?”

-Nada güey, los favores no se cobran.

-Pero las desveladas sí, pendejo. Me mentó la madre y regresó a la capilla.

Sentado en una banca cerré los ojos. De pronto escuché:

-Entrégueme el diario de mi sobrina, por favor.

Abrí los ojos. El rostro impenetrable del legionario iluminado apenas por la luz del jardín, me provocó un sobresalto.

-Perdón no quería espantarlo.

-No se preocupe es que casi no he dormido.

-Le decía –insistió- que si me puede devolver el diario de mi sobrina. Ahora que ya se aclaró todo, ya no lo necesita.

Sonreí. Mientras sacaba de la bolsa el diario me atreví a preguntar: “¿Por qué?”

-Por qué, qué, –respondió con cara de “qué flojera de detective”.

-¿Por qué la mato?

-Se equivoca amigo, ella murió por un defecto congénito.

Me dieron ganas de mentarle la madre y agarrarlo a madrazos. Pero, si algo he aprendido es a no subestimar la fuerza del clero.

Antes de que le entregara el diario, el legionario se sentó a mi lado. “¿Tendrá un cigarro que me regale?” Después de aspirar profundamente el cigarrillo me preguntó: “¿Por qué sospecha de mí?”

-Porque a María del Pilar le administraron la extremaunción. Cuando revisé el cuerpo tenía en la frente rastros del aceite que se utilizó.

-¡Mire! Un católico que conoce los sacramentos.

-Tuve un buen maestro. Mi padrino de primera comunión fue un misionero de Guadalupe.

-¿Fue?

-Murió hace unos años en África, creo que en Uganda.

-Qué lástima, nuestros hermanos de Guadalupe hacen muy buen trabajo.

No respondí. Viniendo de un millonario de Cristo, el comentario me pareció una burla.

-Sabrá entonces –continuó el legionario- que no se necesita un sacerdote para administrar la unción.

-Pero no me imagino a Jacinto o doña Julia, mucho menos a los guaruras haciéndolo.

Sonrió por primera vez.

-Usted es católico –dijo- entenderá que a veces la verdad se oculta por el bien de todos. Pero, para que duerma tranquilo, le contaré una parábola que leí en un evangelio apócrifo:

Era un hombre temeroso de Dios, que había construido una gran fortuna con su trabajo y dedicación. Tenía una buena familia, una mujer trabajadora, dulce y comprensiva; también temerosa de Dios y tres hijos; educados en la caridad y el trabajo. Todo marchaba bien, hasta un día que el buen hombre conoció la lujuria. Una joven mujer, enviada por Satán, le mostró caminos desconocidos y terribles. Él, en lugar de recurrir a Dios, buscó la manera de romper su sagrado matrimonio culpando a su mujer. Para eso contó con el apoyo de la joven enviada de Satán. Un muchacho amigo de ella, sedujo a la mujer, le dio un brebaje y la exhibió como adultera. Los hijos cayeron en la trampa, lapidaron a su madre y la exiliaron para siempre. Todo iba bien para el pecador, hasta que la hija menor, la más querida por él, descubrió la verdad. Supo que su madre era una víctima. Confrontó al padre. Pero él, cada día más envenenado por la lujuria, negó todo y ratificó la prohibición absoluta de cualquier acercamiento con la madre. Ella, adolorida, rogó a Dios un castigo ejemplar para el pecador. Una noche, mientras decía sus oraciones, supo cuál era el escarmiento mayor para su padre. Decidió entonces pedirle a Dios que le permitiera disponer de su vida. Y el Señor lo aceptó. Ahora el pecador sufre la peor pérdida y, gracias a una carta que la santa le escribió antes de morir, sabe la causa real de la muerte de su hija amada.

El legionario se levantó, tomó el diario de su sobrina muerta. “Gracias por el cigarrillo”, dijo y se marchó.

Félix Rodríguez nació en Tlalpan a mediados del siglo pasado. Estudió filosofía en la UNAM. Obtuvo el Diploma en Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Escribe poesía y cuentos. Sus poemas aparecieron en la antología Todas las dudas aprendidas publicada por el Programa de Escritura Creativa de la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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