Cuando el futuro nos alcance

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Cuando tenía trece años intenté escribir un cuento de ciencia ficción. Había leído los clásicos de la época de oro norteamericana, ya saben, todas esas cosas sobre la guerra nuclear que muy por encima coqueteaban con el existencialismo. No estoy muy seguro de que a esa edad comprendiera la mitad de lo ahí escrito, pero la ciencia ficción tenía esa cualidad en la que un argumento sorprendente lograba saltar todos los vacíos científicos del narrador o del lector. Eran relatos muy maduros por un lado, donde jóvenes beatniks desenfrenados se cortaban las venas en una bañera, horas antes de que el sol se convirtiera en supernova, después de una terrible y desesperada fiesta, mientras los menos nihilistas se aglomeraban empujándose en las iglesias y mezquitas. Visiones postapocalípticas casi todas, donde la realidad personal de clase media se veía enfrentada al mismísimo fracaso de la civilización por un acontecimiento que se les escapaba de las manos.

Con mucha regularidad el supuesto acontecimiento mayor terminaba siendo la guerra nuclear, pero cualquier catástrofe significativa que pudiera reducir los conocimientos científicos de la época (y las seguridades personales) a una cosa inútil, era también valida. Extraterrestres con libros de cocina para preparar carne humana, experimentos salidos de control, viajes turísticos en el tiempo que siempre acababan mal y reactores nucleares que se volvían un hoyo durante miles de años, donde las leyes elementales de la física ni siquiera se aplicaban y todo aquel que se acercaba quedaba atrapado en una dimensión paralela o reducido a cenizas, mientras la sociedad alrededor del hoyo regresaba felizmente a la barbarie.

Como no podía ser de otra manera, a esa edad, escribí una historia sobre el fin del mundo. Como no podía ser de otra manera, a esa edad, escribí una historia de amor. Cuando miro hacia mi propio pasado, algo parecido a la ternura me invade. Era aquel cuento un cuento tonto. Me interesaba más que nada el argumento y aún no recuerdo bien las motivaciones iniciales que me llevaron a escribirlo. Creo que era porque necesitaba impresionar a mis padres o a mi hermano. Mi hermano era siete años mayor que yo y un joven escritor en ciernes.

En algún lado había leído que los polos de la tierra se achataban cada vez más año con año. Una noción vaga que saqué de los cómics sobre Kriptón, el planeta natal de Superman, me había sugerido que la Tierra en un futuro lejano iba simplemente a explotar por la presión en su núcleo. No era una idea muy original, y no tenía ningún fundamento, pero en aquel entonces no importaban esas cosas. Tenía la ilusión de contar. No sabía nada sobre los ciclos de precesión, el bamboleo de Chandler o que la inclinación del eje de la Tierra cambia varios grados cada ciclo de 41.000 años. Tampoco se me ocurrió pensar que el sol comenzaría a crecer hasta convertirse en un rojo gigante que, como el Saturno de Goya, terminaría devorando a sus propios hijos.

Tampoco es que el argumento fuera la gran cosa. Incluí todas las catástrofes posibles que daba mi imaginación para lograr un relato que sólo incluyera adolescentes. Un extraño hongo amazónico, reproducido a gran escala por un error de laboratorio, había minado la salud de todas las personas mayores de 20 años y no eran aptas para el viaje interestelar que se imponía si queríamos salvar la raza humana. Las Naciones Unidas habían construido una nave (“Exodus”, también el nombre no era muy brillante) casi del tamaño de Australia donde los hijos jóvenes de la humanidad surcarían el espacio indefinidamente. La nave, lo recuerdo muy bien, tenía la forma de un gigantesco cono autosuficiente que recogía todas las partículas posibles de gases que encontraba en el espacio para convertirlas en combustible, velas solares que desplegadas eran gigantescas y un invernadero que no sólo preservaba gran parte de las especies de la tierra sino que producía más de un tercio del oxígeno que la población de la nave necesitaba. ¿De dónde salían los otros dos tercios? Bueno, eso nunca se me ocurrió cuestionarlo.

Para la imaginación de un adolescente no hay límites, sobre todo porque nunca repara en ellos. Hoy en día aún disfruto de la ciencia ficción, pero el tiempo y las experiencias me han vuelto incrédulo, nihilista y digamos, aburrido. Reconozco y admiro esa visión positivista de un Isaac Asimov, a quien de alguna manera le parecía maravilloso que en el futuro todos comiéramos algas y viviéramos bajo tierra (el paraíso del nerd es el infierno malthussiano del otro). Hace poco días vi Soylent Green de nuevo y me di cuenta que estamos bastante bien en comparación. La cosa es que nuestro sistema económico funciona subyugando naciones del tercer mundo. En lugar de alimentar a sus ciudadanos consigo mismos, lo hacen con la sangre de África, un gigantesco continente cultivable que por cuestiones ajenas a la ciencia continúa bajo guerra y hambruna.

Lo que todos esos escritores de la época dorada nunca imaginaron es que el futuro era más bien frívolo y que su sello sería la banalidad total, tanto de las herramientas como de la misma alma humana. Nunca imaginaron que la carrera espacial, terminada la Guerra Fría, se cambiaría por el desarrollo de tablets y teléfonos celulares para ver fotografías de gatos a toda hora y en todo lugar.

Raúl Aníbal Sánchez (Chihuahua, 1984) es estudiante de Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha publicado El genio de la familia (Tierra Adentro), Los dones subterráneos (Posdata) y La muerte del pelícano, junto con Daniel Espartaco (ediciones B)

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