Marxitania y su guerrilla emotiva

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Supe de Marxitania Ortega desde 2012, cuando sorprendió a la comunidad literaria guerrerense por alzarse con la beca del Fonca para jóvenes creadores.

Para los no iniciados en el tema del Fonca Town lo explicaré con manzanitas: el joven escritor es una persona que vive en la semipobreza económica; tronándose los dedos para que le paguen aquel artículo publicado en una revista que casi nadie lee; haciendo malabares para reunir lo de la renta y escribiendo textos que con mucho trabajo llegan al papel.

Una de las opciones para el escenario anterior es aplicar a una beca, mas las posibilidades de obtenerla son milimétricas: casi dos mil jóvenes artistas de todo el país solicitan la beca del Fonca (no porque piensen volverse millonarios, sino porque sus trámites son vía Internet).

Este preámbulo viene a colación, porque Guerra de guerrillas es el producto del trabajo de un escritor (en este caso escritora) que ya no se tronó los dedos, ni se preocupó por la renta y se dedicó a escribir, tallerear y corregir durante un año.

La técnica para elaborar fideos tradicionales aconseja que se debe agregar un poco más de agua a la mezcla inicial. Esto permitirá sostener la bola de masa con las manos y empezar a estirarla para formarlos. A la par, se le debe agregar más harina para evitar que estos se peguen. No sé si Marxitania sepa hacer fideos, pero si lo intenta, no debe costarle mucho trabajo, pues la técnica ya la tiene.

Esta habilidad le permite empalmar dos planos narrativos (que a su vez se desdoblan en más y más hilos), pero sin permitir que se mezclen, de tal modo que cada uno va tomando forma propia. Esta técnica es la que permite apreciar ambas atmósferas literarias. La de Antonio, un padre guerrillero y la de Sara, la hija, perteneciente a la generación que carga con la derrota de sus padres y como sentencia la autora: “el tiempo no es suficiente para sanar la herida de la derrota”.

Las dos porciones de masa a partir de las cuales Marxitania hará dos finos fideos, son

  1. Antonio: Guerrillero, seguidor de Lucio Cabañas, amante de muchas mujeres, pero enamorado de Mado. Luego de un golpe fallido para asaltar una camioneta que transporta dinero, se exilia en París, desde donde alimenta sus sueños guajiros de alzar una revolución en Guerrero. En Francia recibe el apoyo de algunas organizaciones. Allá también conoce a otros guerrilleros centroamericanos, con quienes convive en un ambiente burgués. Al final regresa a México.

2.- Sara: Hija de Antonio, pertenece a una generación insatisfecha, que vive bien, pero no sabe para qué. Le atrae lo mismo Massive Atack que Dragon Ball. Llega a París donde hará el intento de estudiar una maestría. Su desorientación emotiva (no académica, pues la trama nos permite ver una chica disciplinada, estudiosa y responsable) la llevará a un caos personal que la obligará a ver la vida desde otro lente.

En su Cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell sentencia que el centro del universo puede ser la ciudad donde vive la persona que amas. Sara ama fácilmente. El centro de su universo cambia constantemente: México, París, Nápoles, Londres.

Lo justo –menciona Efraím Medina Reyes en Técnicas de masturbación entre Batman y Robin– es que todos los hombres tuviéramos la apariencia física de un actor de televisión, la inteligencia de un zorro viejo y la agresividad de un guerrero celta, pero como ya sabemos, este mundo no es justo, y la mayoría tenemos la apariencia de un zorro viejo, la inteligencia de un galán de televisión y la agresividad de un pastel de cumpleaños.

Pero esto lo desconoce Sara, quien buscará afanosamente el amor en un italiano, un árabe y un sij. Gracias a ese vacío emotivo, Sara andará por todo París, describiendo la ciudad, haciéndonos partícipes de lo que bebe y lo que come. La autora se toma la molestia de explicarnos el origen y características de algunos sabores. Recordándonos, como sentencia Lázaro Covadlo que “el ser humano es fundamentalmente un aparato digestivo envuelto en un tronco del que sobresalen miembros y cabeza; una máquina de comer y descomer. De ahí que las emociones propias del amor o desamor las sintamos, antes que en cualquier otra parte, en la barriga”. Guerra de Guerrillas es una novela cuyo mayor atributo es que está sostenida en los sentidos. Lo histórico y lo político pasan a segundo plano, lo cual se agradece.

En el estupendo e inconseguible libro Confesiones de un cuchillo, Richard Selzer apunta: “el olfato es el órgano de la nostalgia. Es el más antiguo de los sentidos y el más incomprendido. Es el crepúsculo, el arcoíris, el pétalo, la melodía. El olfato nos informa quiénes somos, lo que hemos hechos y la suma de nuestros días. Asimismo, los aromas familiares generan misteriosas evocaciones”. Mary Shelley sabía de eso: “El olor a violetas que nos causa repulsa / vive en el propio sentido que impulsa”. Y también Bret Harte: “El aroma triste y sutil de ese perfume / mi vida pretérita, mi pasado revive / como el embalsamiento tan fragante / a la momia, según dicen, sobrevive”

Marxitania escribe a partir del olor y el gusto. Un rasgo disfrutable. O al menos eso lo digo yo, un resignado anósmico y adorador de la comida. Sus personajes huelen, beben, sudan, prueban. Un atributo siempre presente en las intrincadas tramas de Sara y Antonio. Un deleite sensorial que debe ser envidia del chef Oropeza.

Algunos curiosos pensarán que el antecedente guerrillero en su familia puede revelarse en esta obra. Guerra de Guerrillas, déjenme aclararles, no está escritas para ellos.

La novela es una propuesta artística que experimenta con el recuerdo. Y aunque en determinado momento reflexiona sobre la importancia, validez y resultados de los movimientos guerrilleros, no es ese el punto central.

Para los puristas de la guerrilla, la novela de Ortega puede significar un atentado contra la memoria, ya que la guerrilla es una acción cuya reacción provocará las andanzas sentimentales y existenciales de Sara en París. Para otros, sin embargo, la novela abre una nueva veta a lo que se ha escrito sobre los movimientos armados, ya que Guerra de guerrillas le quita lo divino y la pone a ras de suelo como lo que es: la consecuencia de una consecuencia que, a su vez, nos traerá una consecuencia más.

Ortega deja ver una madurez narrativa que merece ser leída, independientemente del contexto político actual. Amante de Acapulco; defensora de causas sociales; mujer emprendedora y además, digna representante de las letras guerrerenses, Marxitania Ortega obedece fielmente el verso de su admirado Robert Frost: “el sueño más hermoso que el trabajo conoce son los hechos”.

Paul Medrano nació en Ciudad Victoria, Tamaulipas, en 1977. Feo, fuerte y formal. Ha publicado Dos Caminos (UNAM, 2010), Flor de Capomo(Tierra Adentro, 2011) y Noches de yerba (Tarántula Dormida, 2011).

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