El poeta con mandil

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En el marco de la pasada Feria Municipal del Libro 2016, en los portales del Ayuntamiento de Guadalajara, Dolores Garnica, Xel-Ha López, José Homero y el que escribe y delira, nos sentamos a una mesa vacía de los alimentos terrestres, alabados y bendecidos por André Gide, para discurrir sobre el maridaje de la literatura y la comida. En esa ocasión recordé mis numerosas visitas al restaurante Novo’s, en Coyoacán, que el escritor Salvador Novo fundó y animó por muchos años; ahí, al lado del Teatro La Capilla, en la calle Madrid, a menos de un kilómetro de distancia de la Casa Azul de Frida Kahlo. Con un mobiliario de película de Mauricio Garcés, con el retrato del poeta y un viejo piano que podría comenzar a tocar, como un autómata, “Luna que te quiebras / sobre las tinieblas de mi soledad…”, los comensales se dan cita y se deleitan con las invenciones culinarias del autor de Nueva grandeza mexicana. Un platillo que siempre pido es el famoso Fetuchini a la huitlacoche, una exótica combinación mediterránea y prehispánica que es toda una revelación sensorial.

Buena parte del menú de la carta son obra e inspiración del poeta, aunque se dice que el origen de esos manjares se remonta a un pleito (habría que agregar, también, a un rapto) con Don Alfonso Reyes; se sabe que el sabio regiomontano tenía una todavía más sabia cocinera que le alegró la vida y la barriga hasta que “el pérfido” Novo se la robó poniéndole cocina y fogón en su domicilio. Entre más burlas que veras, Sealtiel Alatriste escribió en su libro Defensa de la envidia, la tragicomedia gastronómica que protagonizaron el autor de Ifigenia cruel y el poeta del Grupo de Contemporáneos quienes, encarnizadamente, disputaron los hechizos culinarios de una tía Chole —hija natural del chef húngaro del Emperador Maximiliano—, que el primero descubrió en su tierra natal Monterrey.

Apócrifa la historia o no, el buen comer se les daba con facilidad e inspiración a los dos escritores. Ciertamente, además de escribir memorables poemas, crónicas, ensayos y obras dramáticas, anotaron con la cuchara y el tenedor su testamento gastronómico en libros que todavía circulan, de vez cuando, en los estantes de las librerías: Memorias de cocina y bodega (FCE), de Reyes, y Cocina mexicana. Historia gastronómica de la Ciudad de México (Porrúa), de Novo, son dos volúmenes escritos, sí, con erudición, pero sobre todo, con una pasión sibarita que nos deja, al terminar de leerlos, el paladar extasiado, la boca hecha agua, el olfato embriagado…

En unos de sus artículos, por ejemplo, Salvador Novo nos cuenta el impensable origen de la Salsa Tabasco y nos pasea por la historia y, también, por los placeres de los sentidos: “el chile liga a nuestra Historia con la evolución industrial de su consumo en la salsa embotellada y terriblemente fuerte que proclama, en su nombre de Tabasco, nacer de un hecho poco conocido: el de que un soldado norteamericano que estuvo entre nosotros durante la guerra de 1846-47, quien regresó a su nativa Louisiana y obsequió a su amigo Edward McIlhenny algunos chiles muy bravos que llevó consigo desde Tabasco. McIlhenny sembró sus semillas, y empezó a emplear los chiles como plantas de ornato; pero luego experimentó con ellos en la cocina. A su familia le gustó su sabor, y empezó a manufacturar en su casa de Avery Island en 1868.”  Como legado de aquella nefasta intervención, México regaló al mundo “esas gotas de fuego líquido” para aderezar ostiones o almejas en su concha, carnes en su jugo, cocteles de mariscos y bebidas que todo barman autorizado, por ejemplo, al preparar el mundialmente conocido “Bloody Mary”, no puede obviar.

En esa hora en la que tres poetas y una crítica de arte hablamos de recetas familiares, de platillos típicos o de fusión, de autores pantagruélicos, de ingredientes y de recetarios, de viajes gastronómicos y fondas de barrio, la mesa vacía se presentaba con una metáfora despiadada de las tentaciones de San Antonio. Nuestra memoria del gusto y del olfato nos tentaba como un demonio pintado por el Bosco. Asimismo, a cual más, nos sentíamos ese personaje de la mitología griega llamado Tántalo puesto que hablábamos y hablábamos de manjares de la India e Italia o de Veracruz y Oaxaca, que la riqueza verbal y el poder de evocación de mis compañeros de conversatorio reconstruía para depositarlos en la plática a modo de bandejas humeantes. Pero una vez que la memoria sensual colocaba esas viandas y esos guisos, en la mesa austera y protocolaria, desaparecían sin dejar rastro alguno, ni de miga franciscana, mancha pecaminosa o aroma traído de Oriente.

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Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.