La canción de la lluvia

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En el linaje de la prosa mexicana catrina y afrancesada Guillermo Jiménez (Ciudad Guzmán, 1891- Ciudad de México, 1967) es el eslabón perdido entre Manuel Gutiérrez Nájera y la generación de Contemporáneos. Quizá debemos su anonimato a Alfonso Reyes, el caudillo norteño que eclipsó medio siglo, a las eternas capillitas capitalinas que miran con ojos piadosos a esos mostrencos barbáricos venidos del más allá de Bucareli esquina con Chapultepec, a la parva circulación de sus libros, a sus largas estancias en Europa como embajador de entreguerras, al azar, a los enemigos de la afectación y el romanticismo trasnochado, a los hados funestos. Conozco he leído y vendido dos libros de Guillermo Jiménez La de los ojos oblicuos (1919) y La canción de la lluvia (1920), ambos publicados por la Librería Española de la calle 5 de Mayo, ambos con la mismas viñetas de Carlos E. González y forros de papel japonés que han resistido casi cien años. La de los ojos oblicuos es una novela brevísima con una prosa esencial, fragmentada en viñetas o estampas sencillas, plena de ritmo y música que relata el enamoramiento entre el narrador y una mujer de ojos “enigmáticos”. La atmósfera y los “escenarios”, el centro de la capital en los años veinte son fascinantes. Los edificios de la calle Madero, el barrio chino, las mil tiendas excéntricas con su aromas de ultramar, la sala de té, el circo, liberarse del spleen en un paseo dominical en lancha por Chapultepec, sólo puede llevar al avistamiento de la amada:

Hacía calor primaveral; el sol tostaba sin piedad las hojas del bosque y prendía feéricos esmaltes en los perfiles volubles de las olas del lago.

Mi compañero poeta, crítico de arte y diplomático que sabe de la frivolidad y del encanto de París, de la diáfana melancolía de los atardeceres de Italia, del estrépito seductor de New York y de las nieves que copiaron las pupilas de aquellas lindas princesas de cuento que se llamaron María, Olga y Tatiana asegura a su pequeña nariz los arillos dorados de sus lentes, unos lentes grandes, redondos, unos lentes chic sujetos al cuello por una flamante cinta de seda, y continúa su charla jugosa y amena sobre el dulce y amargo Jules Renard.

Mientras que La canción de la lluvia está compuesta por cuatro relatos: el homónimo que abre el libro, “El caso del señor Octavio, “Aves perdidas” y “El encanto del misterio”. Este último bien podría ser un episodio más de La de los ojos oblicuos:

La casualidad hizo que nos encontrásemos en una tiendecita de elegancias, de esas tiendecitas minúsculas donde hay pieles, manguitos, encajes holandeses, collares de ámbar, guantes…; yo buscaba telas exóticas de colores fuertes para empastar un ejemplar de Omar al Khayyam y una colección de estampas niponas pintadas por Hokusai y Shunjo Kihara; y ella compraba perfumes. Su voz tenía admirables matices y llegaba a mí con el lánguido abandono de una caricia lejana.

De Roger ya no quiero Fleurs d’ Amour: se ha vulgarizado mucho, muchísimo; todo el mundo usa Fleurs d’ Amour.

Y mientras sus manos enguantadas jugaban con los geométricos y elegantes frascos, sus grandes ojos escondidos en tenue velillo me miraron fijamente, con una de esas miradas intensas y turbadoras que se clavan como estiletes de oro en mitad del corazón.

¿Sentimental, aristocrático y anacrónico? ¿El tema amoroso es el único que ocupa a Guillermo Jiménez? Tengo bastantes preguntas, aunque sé que entre los lectores, con los que he compartido puntos de vista, una cofradía adepta al oblicuo autor jalisciense ha nacido.

La primera edición de La canción de la lluvia de Guillermo Jiménez está a la venta en la librería virtual Mi Primer Día en el Salón de la Fama. Consulta el catálogo en la página de Facebook o en el blog: http://miprimerdiaenelsalondelafama.blogspot.mx/

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Sergio Ernesto Ríos (Toluca, 1981). Publicó Quienquiera que seas (FOEM, 2015) Obras Cumbres (Bongobooks, 2014), La czarigüeya escribe (Editorial Analfabeta, 2014), en coautoría con Diana Garza Islas, Muerte del dandysmo a quemarropa (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2012) y Mi nombre de guerra es albión (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2010). Tradujo Droguería de éter y de sombra (Palacio de la Fatalidad, 2014) de Luís Aranha, Paranoia (Palacio de la Fatalidad, 2013) y Voy a moler tu cerebro (Red de los poetas salvajes, 2010) de Roberto Piva, y la antología de poetas brasileños nacidos en los ochentas, Escuela Brasileña de Antropofagia (Kodama Cartonera, 2011).