La connotación de tus labios

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Cambio de voz cuando entro a un salón de clases. Sobre todo en las asesorías de preparatoria abierta. De acuerdo con mi perfil, soy capaz de impartir quince materias de dos planes de estudio. El secreto es que puede llegar un estudiante de cada una en la misma hora de asesoría. A la vez debo contestar preguntas de argumentación, retórica, métrica, ortografía, textos literarios y técnicas de investigación.

Entonces, mi lenguaje se convierte en una técnica del disfraz. Como un don de lenguas, empiezo a hablar en tecnicismos. Cada vez más encriptado, me oigo a mí misma pronunciar: “la macroestructura de un género discursivo es…”, “una oración subordinada de objeto directo…”, “para identificar la métrica…”, “la sinestesia…”, “un argumento inductivo…”, “el acento prosódico”. Y cuando pronuncio estos términos, siento elevarme del mundo material.

Por un momento, parece que mis alumnos se olvidan de sus deudas, de las peleas con sus padres, los celos de sus novias, el retraso en el pedido de sus tiendas, las citas con Hacienda. Sus caras me lo dicen. Fruncen el ceño tratando de comprender en cuál idioma les hablo.

Cuando me toca exponer el registro léxico, me valgo de personajes tipo. Son cuatro registros: culto, estándar, coloquial y vulgar. El primero emplea tecnicismos; el segundo, es el cotidiano; el tercero es el familiar y el último es aquel que encontramos cuando vamos al mercado o con el mecánico. Y de repente, mi mente se frena, pues al recordar cómo habla mi mecánico, corrijo: “No, esperen, no todos los mecánicos hablan así. De hecho, el mío es una de las personas más cultas que conozco”. Y esta frase la empleo más como pensamiento en voz alta que diálogo con los alumnos.

Un tecnicismo que nunca falla en la mesa es la connotación. ¿Qué es la connotación, maestra? Y como si fuera un replay vuelvo a explicarla. Generalmente empleo ejemplos verbales sencillos; además comparto mi colección de imágenes comerciales, donde empresas como McDonald’s o Heineken aprovechan la connotación para simular un mundo de fantasía.

Después, salgo de mis clases, y me toca a mí ser sujeto paciente de la connotación. Voy a recoger mi carro con el mecánico. Él me empieza a mencionar las piezas que arregló. “Y entonces, el tambor se ajustó, la banda se cambió…” Estos son tecnicismos para mí. La palabra “tambor” adquiere la connotación de instrumento musical, parte de un colchón de hotel, o bien me remite a la novela El tambor de hojalata.

La “banda” me suena a viento, a banda para el cabello, a grupo social según el lenguaje coloquial. Solo leo los labios del mecánico cuando trata de explicarme su trabajo. Y un “¿sí me entiende?”, me saca de mi mundo contextual. Sí, sí, respondo apenada. Bueno, ¿cuánto le debo por esta clase? Una sonrisa de su boca me aclara que a mi registro aún le faltan algunas clases extra. Y le devuelvo una hilarante mirada como señal de que estoy dispuesta a aprender lo que sus labios connotan.

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Elizabeth Delgado es doctora en Literatura, poeta y ensayista. Ha obtenido el Premio Nacional Luis Cardoza y Aragón para Crítica de Artes Plásticas 2004 y el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2010. Administra el siguiente blog: veintiunletras.blogspot.mx