Cuarto con vista

glitch - Cuarto con vista
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¿Encontró todo lo que buscaba? Preguntó la chica de la caja. No supe qué responder. Ni siquiera recordaba qué había comprado. Compré por inercia, por ser fin de semana, porque sí. ¿Qué había ido a buscar? A veces creo que la muerte llegará a mitad de la acción más estúpida, haciendo las compras, cruzando la calle, sin llevar nada en los pantalones más que el efectivo, el celular y las llaves de la casa. Nadie sabrá que habíamos salido por comida, por el pan, los huevos, el jamón o lo que sea. Nadie sabrá.

Los closets a medio cerrar no son puertas de inframundo. Los cenotes de Mérida, donde el agua se estanca y cambia de color y es helada y sientes que unas manos te jalan hacia abajo, esos sí. El agua pesa, el cuerpo pesa y el centro de la tierra te clama. Si abres los ojos podrías ver los collares de jade, el oro, los huesos, puestos en ofrendas en el centro de la piscina.

Los perros, cuando sean los únicos habitantes de la ciudad, ¿qué harán? ¿Saldrán solos a pasear su misma ruta? Por ahora van dos perros por cada humano. Le calculo unos 10 años para que tripliquen su ejército de mejores amigos babeantes. El cine se concentró en los aliens, los zombies, los lunáticos, los comunistas, los musulmanes, los extraterrestres, las bestias, los robots. Era tan simple, sin embargo, tan obvio.

Si te conmueves y adoptas un perro porque así no lo “dormirán” en el refugio de animales, ¿eres más humano que antes? ¿Si durmieran a todos los perros sin dueño, qué sería de ti, de mí, de tu ex mujer, de tu maestro de quinto año, de tu hija por nacer?

Yo tenía mucho qué decirte. Lo ensayé. Me vi la cara en el espejo cuando practicaba. Me veía bien, cierta, precisa, curvilínea. Pero ahora, no sé. Balbuceo. Me equivoco. Dos tragos a la cerveza, hermoso color del líquido, como de piel oscura, bronceada. Te quería contar algo. Un descubrimiento que hice, era hermoso, un sueño. Venías y recogías la casa. Cambiabas las sábanas y todo. Limpiabas, sonreías. La idea llegó sola. Después del sueño. Ya había despertado y sucedió. Las cosas estaban en su lugar. Pero yo no. Debemos irnos de aquí. Irnos a Portugal. A ver otro mar, barcos. Cielos. Gente. Tomar café en tacitas pequeñas. Nada ha sido como lo pensé. No es mi culpa. Tengo 10 mil pesos en la cuenta del banco. Eso y unos tenis nuevos. Lo único que pude hacer. Eso te quería contar, ahora me siento mejor.

Ver a ese hombre entrenar era mi mejor espectáculo: pesas, cuerda, saltos, gimnasia. Pensé que era joven y fantaseé con él. Puro músculo, piernas torneadas. Su concentración en su cuerpo era profunda. Ese modo de estar en el presente. Fingí acercarme a la máquina de refrescos para verlo mejor. Debía tener más de 50 años. Su cara era dura, contraída en el esfuerzo. Pero su cuerpo podría ser de un chico de unos veinte y pico. Me miró. Sudaba. Fingí no ver que me veía y seguí mi camino, espalda recta, ojos al frente, pecho hacia atrás, como un nadador cansado.

Qué agotador el ejercicio de la sociabilidad. Cuando salgo a ver gente regreso más agotada que si hubiera hecho la jornada entera de trabajo. Cansa hablar. Preguntar sus planes. Qué hicieron, a dónde fueron, qué leen, qué comen, qué escuchan. A las dos horas siento que corrí un maratón. Una vez le dije a una persona que para entusiasmarme por los otros debía tomar un par de tragos, por lo menos. Ahora esa persona sufre de fobia a los espacios abiertos, al ruido y al sol. No puede salir de noche porque le tiene terror a los taxis, aun los de sitio. Así que vive encerrada y sólo sale a su oficina cada día, cumple su tiempo y regresa a su casa, su marido se hace cargo de los víveres y de pagar cuentas.

En un país de miles de personas asesinadas y desaparecidas hay un juego donde los adolescentes se ponen de acuerdo, a través de las redes sociales, para escapar de su casa por 24 hrs. Para llamar la atención. Para hacer berrinche. Como broma. Es casi una frivolidad jugar a desaparecer. Al final nada de las estupideces son realmente estúpidas, o no sé.

Mi parte favorita es el rostro, las arrugas alrededor de los ojos. Un abanico, como una mano extendida.

No existe la amistad entre mujeres, dijo una amiga mía la otra noche. Y asentí, qué más podía hacer. Muchas veces luego de haber pasado horas con mis amigas tengo la mejor de las charlas con el taxista que me lleva a casa. Hablamos del clima, el país, la música, las noticias. Como viejos amigos, reímos, nos damos consejos. Al despedirse muchas veces me dicen “Cuídese mucho, que Dios la bendiga”. Ellos compensan el amor donde más hace falta.

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Written by Brenda Ríos

Brenda Ríos

Autora de los libros Escenas del Jardín; Empacados al vacío, ensayos sobre nada; Las canciones pop hacen pop en mí. Ensayos sobre lo ridículo, lo cotidiano, lo grotesco; El vuelo de Francisca; Del amor y otras cosas que se gastan por el uso. Ironía y silencio en la narrativa de Clarice Lispector. Ha sido beneficiaria de los programas del Fonca; PECDA Guerrero y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano 2013.