Brasil, ida y vuelta

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

(29 de mayo de 2016)

Después de participar en el Festival Internacional de Poesía de Rosario, Argentina, en septiembre del 2009, hice una escala de dos semanas en Brasil. Por feliz coincidencia, por esas mismas fechas, mi amigo Rodolfo Mata se encontraba allá en pleno disfrute de su sabático en compañía de su mujer, Regina Crespo; esta pareja de escritores ha formado un equipo de traducción de valiosas y múltiples entregas, ampliando el conocimiento del lector mexicano, y el de otras latitudes del castellano, en torno de las voces actuales de la literatura brasileña, de Rubem Fonseca a Paulo Leminski o de Haroldo de Campos a Sabastião Uchoa Leite.

Con esa complicidad y guía esperándome en São Paulo, tomé con agrado mi vuelo en el aeropuerto de Ezeiza rumbo a Río de Janeiro donde pasaría mis primeras siete jornadas en el llamado país del carnaval. Junto al Pan de Azúcar y el Jardín Botánico, lo que más me impresionó de la ciudad carioca fueron —mea culpa, acepto todas las saetas de las feministas—los culos divinos de sus bellísimas garotas: los enfermos del corazón no pueden sobrevivir a un avistamiento de tales esferas carnales que combinan en sus desplazamientos, contra los rigores de la Ley de la Gravedad y la presión atmósferica, la contundencia y la levedad. En ese momento, la nación sudamericana estaba en lo más alto de su ola de bonanza y esplendor. Brasil era el modelo a seguir. Lula da Silva se mostraba como el líder de izquierda progresista que el hemisferio latinoamericano debería emular a riesgo de no cometer los errores del castrismo o el chavismo. A los pocos días de mi retorno a México, escribí estos apretados párrafos –periféricos y con la mirada inevitable del forastero− para una publicación de Oaxaca; han pasado poco más de seis años, y los contrastes del Brasil triunfalista de finales del 2009 con el de los días que corren, desconciertan a un nivel de terror y asco ante las actuaciones y responsabilidades de la clase política de aquel país.

(30 de octubre de 2009)

En los días de mi estancia en Brasil se dio a conocer la declaratoria que designaba a Río de Janeiro como sede los Juegos Olímpicos del 2016: fue la locura para esta ciudad y para un país que permanecen en otra locura permanentemente. Con más de 8 y medio millones de kilómetros cuadrados y casi 200 millones de habitantes, es actualmente una de las potencias económicas del orbe. Basta poner sólo un ejemplo para darnos una idea de lo que estamos hablando: Petrobras, empresa petrolera pública, es una de las primeras cuatro del mundo −privadas y gubernamentales− en márgenes de ganancias, competitividad bursátil y financiera, respecto al medio ambiente, condiciones laborales, etcétera.

Y en todo este revival, la ciudad de Săo Paulo juega un papel relevante. Históricamente, en esta ciudad, a mediados del siglo XVI, con la construcción del Patio do Colegio por parte de las jesuitas, el Brasil nace como nación y deja ser el país de los papagayos y del palo de tinte que descubrieron los portugueses en 1500. Después de Nueva York y Hong Kong, la capital paulista es la urbe con el mayor número de edificios de más de 35 metros de altura; para admirar el paisaje de gigantes de concreto –recomendación que me hizo el poeta Horacio Costa− hay que ir al Edificio Italia y comer en la terraza del piso 42 conocida como el Círculo Italiano a 168 metros de altitud. El buffet que se sirve allí suma, a sus platillos de antología, el de la vista que se ofrece, soberbia, señorial y sin fin por las llanuras del gaucho. Y allá me encaminé sabiendo a lo que iba: golpe extremo a la tarjeta bancaria, pues la complacencia de los langostinos y la copa de champagne, para abrir boca, me exigió un desembolso de 120 dólares. Pero valió la pena ser atendidos por dos meseras ojiverdes y un camarero negro con guantes blancos.

Los museos de Săo Paulo son de altísima calidad en cuanto a instalaciones, museografía y curaduría, así como en el nivel de las exposiciones. La Bienal que se realiza en esta ciudad es un referente del arte contemporáneo. EL Museo de Arte de Săo Paulo, el Museo de la Lengua Portuguesa −una experiencia única e inolvidable− o el Museo del Banco de Brasil están al nivel de cualquier museo norteamericano o de Europa. Los seis días que pasé en esta urbe vital y cosmopolita fueron pocos, siempre placenteros, recorriendo una y otra vez la Avenida Paulista −suerte de Quinta Avenida− o haciendo citas en el lujoso barrio de Higienépolis o en el Parque de Ibirapuera. Mi única lamentación del viaje fue no haber conseguido boletos para escuchar a Céu, hermosa cantante brasileña con la que he soñado desde hace varias semanas; su voz de ángel sensual y terrible permanece en mi cabeza de simple mortal y me canta: “Fiz mina casa no tue cangote / não há neste mundo o que me bote.”

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedIn

Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.