Jardín, la mejor banda de música electrónica de Perú

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Jardín hizo la mejor música electrónica del Perú. Se dieron el lujo de editar uno de los mejores discos peruanos de la historia más reciente: Estación Sublunar (2001). Aquello tuvo sus efectos. Por un momento Jardín tuvo una repercusión mediática inusitada. La fama les llegó de golpe y dos años después se convirtieron en la nueva cara del underground local. No había medio que no hablara de ellos. Dos extraños sujetos haciendo esta música ruidosa y rítmica que le debía más a los viajes de ayahuasca, al sonido de los trenes y a los murmullos de la selva que al kraut rock y al industrial, géneros con los que tanto se les ha vinculado. Editaron un par de discos más, y para entonces ya eran los favoritos de cuanta performance y obra teatral hubiera, cuanta inauguración y evento cultural aconteciera en Lima. Y es que allí radicaba la virtud del dúo conformado por Raúl Gómez y Orlando “Liti” Ramírez: cuando querían podían hacer la mejor música del mundo y sus conciertos podían conseguir en el público intensos estados de clímax. Nadie iba a perdérselo.

Pero un día algo pasó y todo se acabó. Se acabaron los festivales electrónicos. Se acabaron las notas de prensa. El dúo volvió a su escondite: una fábrica abandonada en el complejo industrial de la avenida Argentina: su centro de operaciones en la periferia de Lima. Esporádicamente se hacían ver, pero lo que quedaba de ellos era apenas una sombra de lo que habían sido.

Hasta que llegó el 2005 y la esperanza de un renacimiento se hizo presente tras la edición de un nuevo álbum llamado Maqui de Hierro. Lo inusual era el formato. Se trataba de un cassette de 6 temas, 3 por lado. Las razones de elegir dicho formato fueron sencillas: la música que producía el dúo solía ser registrada en cinta magnetofónica, la que luego era digitalizada para su distribución en CD, pero en el paso de un medio a otro, el sonido perdía calidad y cambiaba, y los detalles, por más mínimos que fueran, eran determinantes para el dúo.

No hay capricho posible en ellos. Quien los haya visto trabajando en su cuartel sabrá que allí no hay computadoras, las cintas son un medio común en ellos. Por lo demás, el equipo sónico de Jardín lo conforman una caja de ritmos, un casiotone, una mezcladora, una buena cantidad de viejos pedales (de los 70s) y eventualmente una guitarra. La parafernalia sónica incluye también una grabadora y una reproductora de cintas de carrete. Y hay que ver la forma en que utilizan sus herramientas. Con la mezcladora hacen chirriantes oscilaciones, de la caja de ritmos disparan sonidos que reprocesan con los pedales. La guitarra, luego de pasar por toda la circuitería, se convierte en cualquier cosa menos en un instrumento rockero. Con la reproductora de cintas alteran revoluciones de viejos programas radiales con la más frenética libertad. A veces Raúl graba sus propios patrones, y samplea, bajo principios dub, sonidos de caídas de clavos, algunos fragmentos que toma de vinilos, su propia voz, etc. Cuando le provoca Raúl también extrae melodías de un xilófono casero que arma con la ayuda de unas cucharas soperas. Su principio básico es que todo lo que esté a su alcance puede ser utilizado.

Al dúo le encantan las frecuencias raras, aquellas que nuestro oído no percibe pero que zumban por todo nuestro cuerpo. Les gusta el ruido pero no por eso ceden fácilmente a la catástrofe sonora. Hay mucho orden en el mejor Jardín; la música tiene aire espiritual, de comunión. Tiene que ver con el ritmo. Porque Jardín es una máquina de ritmos. Como buenos fans de otro célebre dúo, los Silver Apples, en su música también hay un planteamiento de repetición, una especie de camino circular, una hipnótica monotonía (el mismo Simeon Coxe, integrante de la citada dupla neoyorquina de fines de los 60s, mostró su admiración al escuchar la música de Jardín, usándola como fondo para una exposición de su obra plástica). Están obsesionados con el drone y el sonido espacial. Como sea, todo en la música de Jardín apunta a un estado de hipnotismo casi religioso, de misticismo ancestral, escucharlos es como adorar a un tótem.

Y en Maqui de hierro está el mejor Jardín, aquel del 2002 y 2003; se trata de temas que fueron creados en ese lapso de tiempo, cuando cada ensayo era una orgía de sonidos. Por aquel entonces el dúo grabó material como para asegurarse una veintena de discos. De aquellas sesiones eligieron seis piezas, dos incluidas en sus trabajos previos.

“Thumalpu” y “Serpientes de humo” muestran el lado más experimental de la dupla. El primer caso resulta sorprendente y significativo: pesadas percusiones metálicas, densa atmósfera chirriante, sonidos de gases tóxicos, agresividad, contaminación, caos, la búsqueda de un sonido límite. El uso y abuso de los instrumentos, hacer que colapsen, y en efecto, eso sucede. La opción radical de saturar tanto los pedales termina por cortar el sonido en determinado momento, hasta que las máquinas vuelven a operar y la avalancha sonora continúa hasta su próxima caída. Y aquí habría que hablar de un punto importante: la música de Jardín es grabada en una sola toma. No hay postproducción, porque importa mucho la energía del momento. La conexión emocional entre ellos y sus instrumentos, el vínculo entre lo humano y la energía de sus equipos. Como una mano de hierro, la conexión entre la naturaleza y la máquina. Eso lo tuvo Jardín.

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