Relato: “llevar en los veleros sanguíneos al vampiro (…) que era el miedo a que en realidad no hay marcianos ni más allá ni nada o tal vez solamente nada…”

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Cabrera Infante

A veces por el apagón de conciencia al final del atasque, parecía un milagro que llegaran a casa intactos. De algún modo un piloto automático se encargaba y los conducía incólumes a casa. Cuando Lugo despertó, el coche estaba bien estacionado, la cartera en su lugar, las llaves, todo. A lo largo del día los sucesos iban esclareciéndose. De repente una luz cegadora, un flechazo de culpa por haber espetado semejante porquería a la deliciosa Alexa en el peor de los estados. Alcanzas un nivel en que la reputación es lo de menos, vives como de paso, como turista, precisamente en Acapulco. Iba a llegar a las cinco de la mañana pero llegó a las seis porque todavía pasó a la Bocamar a conectar extra para acelerarse al máximo antes de quedar aniquilado, pero sin el detalle del nunca jamás. Es la cuestión, el arruinarse. Es lo que uno quiere pero no lo sabe, ni le parece que sea así, porque en Acapulco esto refulge como oro, el Acapulco dorado, deslumbra como la demasiada luz que cae sobre la bahía.

En casa Lugo estaba dándose las rayas del tigre cuando escuchó ruidos. Revisó las habitaciones y luego anduvo paranoico y agazapado sobre el techo de su casa con un cuchillo carnicero en la mano, absolutamente seguro de que alguien se había metido y de que querían chingárselo. Luego de que no encontró nada volvió a su habitación climatizada y se puso a masturbarse una y otra vez. No podía parar aquella ansiedad. En la televisión comenzó Chabelo y él se masturbó mirando a las edecanes. Más allá de las cortinas se traslucía la claridad de un amanecer de domingo en Acapulco, que son como el anuncio de una esperanza. Lugo bajó a la cocina y encontró media botella de whisky y se la sirvió en un trago definitivamente indecente. Qué más, qué más, se decía en el río de pensamientos. No podía calmarse. Salió al patio y fue hasta la esquina a la división entre residencias y se puso a espiar entre los matorrales el patio y la alberca de los vecinos. No había nadie. Esperaba encontrar a alguna de las hijas, a la señora de la casa o a la sirvienta, quien sea pero en calzones, le daba igual, quería chaqueteársela por algún motivo concreto. Apareció un french poodle que se puso a ladrar a la pared de plantas. ¿Qué pasa, Nash? La señora de la casa asomó amodorrada y sí, estaba en calzones como lo esperaba. Rubén Lugo se la sacudió lo más rápido que pudo mientras la mujer vino a ver qué le sucedía a Nash y entonces descubrió ese rostro sudoroso, angular y paranoico entre las enredaderas de su jardín, cara que desapareció al instante.

Más tarde, después de pensarlo obsesivamente, Rubén Lugo estuvo convencido de ir a tocar a la puerta de su vecina, seguro de seducirla con un par de lances y traérsela a casa para darle su merecida revolcada, una lección por quién sabe qué motivo, pero que según Lugo la señora se la merecía, ser tomada sucia y violentamente. Estaba decidido, pero cada vez que iba a pasar de las ideas a la acción se le antojaba otro pase para agarrar mayor tono. De ese modo nunca concretó su plan y se cargó de euforia al máximo. Todas las ideas se apretaban en la circulación de su lucidez errante. Temblaba por la sobrecarga de energía y de locura. Fumaba cigarro tras otro intentando controlar sus músculos faciales, el San Vito en su pie, discurría consigo, en su mente, con sus amigos, con el Gordo, excusándose de que le había robado su dinero y explicándole incoherencias, discutía con sus padres, con sus demonios; él siempre tenía la razón. Lugo fue a asomarse a la ventana que daba a la calle, a esperar que pasara alguna chavita o ruca para decirle cochinadas y masturbarse en su cara, parado en la ventana. Sólo el plan lo calentaba puercamente. Ahí estaba Lugo, duro y dale, duro y dale.

“Por ella (la fiesta) constatamos que no cabemos en nuestro pellejo.”

Sepúlveda.

“Pero la debilidad y la irrealidad eran lo peor.

Lowry

Con los jeans hasta media raya del culo y el cuchillo a la cintura, Lugo comenzó a sentirse muy mal, era una taquicardia que se le agravaba. Comenzó a faltarle el aire, a sentir un remordimiento horrible. Vino esa maldita punzada en el corazón que lo dobló y lo puso de hinojos en el suelo de la cocina. Ay, Diosito, se decía. Sentía que iba a morir; pero ¿de una sobrecarga? ¿Lugar tan común? Hay que ser leyenda por lo menos. Óyeme, se arengó oprimiéndose el pecho, ya tirado en el suelo, si vienes de estar con el más encumbrado, si bebimos champán, si tuviste a la mejor nena de la noche y nos metimos todo el ángel feis que pudiste sacarle a un tipo que llega de Tamaulipas a una disco con una maleta repleta de dólares. ¿Cuántos días llevaba Lugo desde el despojo del Gordo en su propia ex casa? Además esa noche míster Ríchar pagó la cuenta de todos, el cabrón se mamó cuarenta botellas de Krystal, a todos les atascó las narices, pagó quinientos pesos al dj por cada vez que le tocó “Las mil y una noches” y “New Sensation”. Luego la tropa se movió al privado del Fantasy, donde se vieron revueltos en una cogedera y en un río de sorpresas estimulantes, de donde aquel Midas norteño desapareció misteriosamente. Cosa que Rubén ya no podía hacer, desaparecer de la fiesta; era el evangelio. Ésta es la cuestión; ahora Rubén estaba muriéndose. Llamó a su amigo, al más conocedor, al cabronsísimo Gordo, para rogarle ayuda; pero el Gordo le contestó desde el escándalo de un after hours, igualmente ahogado, para reclamarle que mejor le devolviera su dinero, y le colgó. Rubén Lugo moría fumigado como un insecto. En la sala de su casa estaban todas las fotografías familiares y escolares del hijo único, de Rubén, el chico noble a quien algo le ocurrió de repente. ¿Qué es aquello que arrasó con el hijo dócil, dedicado y fraterno, futuro contador como papá? A Rubén le sucedió Acapulco, puede decirse.

Édgar Pérez (Acapulco, 1977) es narrador y periodista. Es autor del libro de cuentos Kabuki, el Álbum Pánico (Editorial Praxis y Secretaría de Cultura del Estado de Guerrero).

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