Albert Pla: por el lado más bestia de la vida

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Durante una bizarra entrevista que devino en charla sobre cualquier cosa menos música —copas cortesía de Pedro Páramo; sólo una dupla como la de Pla & Cortés amerita un manager de tal nombre— me quedó claro que las poses no forman parte de su proyecto de vida. Mientras divagamos sobre la aplicación de los tubérculos a la pornografía, la crisis de la zona euro, Lionel Messi como el inductor de la epidemia cancerígena en el Barca —razón por la cual merece ser atropellado en un cartel—, Delfín Quisphe y José María Aznar, los artistas catalanes hicieron gala del mismo ingenio y apertura que en sus presentaciones en vivo.

Oriundo del pequeño pueblo de Sabadell, conserva cierto aire de la hermética secta cátara que poblaba la religión, pero sin sus odiosos ritos de abstinencia. La pureza de Pla radica en el desparpajo rumbero y gozador con el que afronta el día a día, lejos de cualquier moralismo o presión. Desprecia por igual las redes sociales y a los mass media clásicos, alguna vez fue campeón de natación, ha participado en varias películas, gusta de los quesos manchegos, la literatura oscura y —aunque está a favor de la independencia de Cataluña— de coser el escudo del Real Madrid sobre la camiseta del Barcelona F.C. como desafío a las contradicciones de ambos bandos. Por su parte, Diego Cortés es un gitano grande de risa fácil que irradia tradición y encanto. Si bien Albert comenzó como fanático del guitarrista, acudiendo a los multitudinarios conciertos donde este tocaba con Carlos Santana, Paco de Lucía, Larry Coryell y otros monstruos de grueso calibre, coincidieron en la oficina de su agente y la simbiosis fue inmediata.

Mezcla de esperpento y dulzura, burlando toda convención social y retomar los discursos que construimos en ese estado de perversidad polimorfa que es la niñez, en la peculiar poética de Pla la inocencia aletea irreverente sobre la pacata cordura de los adultos.

Sus polémicas líricas le han valido el escarnio mediático, siendo catalogado por la prensa como “un monstruo de nariz aguileña, pelo rastrojero, cuerpo de araña y cerebro de trapo”. Su relación con las discográficas ha estado marcada por la censura, siendo el caso más grave el de Veintegenarios en Albuquerque, donde la empresa aplazó el lanzamiento del disco durante años por miedo a que la delirante canción de amor “La dejo o no la dejo” fuera considerada como apología al terrorismo. La opinión de Pla al respecto es lapidaria: las disqueras están manejadas por ignorantes que piensan que venden chorizos en lugar de arte.

Poeta maldito que no le tiene miedo al lugar común pues lo resignifica, aunque su intención primigenia sea “patatín–pata-tan, todo es mentira”, hasta convertirlo en pequeñas fábulas sadomasoquistas como la canción “Corazón”, una de sus obras más logradas, donde el amor solo se consigue lanzando piedras y negociando con un traficante de esclavos. En “La Diferencia” se autoproclama un pobre loco. Aparece el poderoso Cortés, para que le acompañe durante el asesinato de los músicos de Bremen en “El gallo Eduardo Montenegro”, parodia oscura del cuento infantil germánico.

Harto de los mismos Borbones de siempre, se empecina en pedir la mano de la Princesa al Rey de España y como dote ofrece un beso negro a la caduca monarquía, para luego narrar la sórdida historia de un chatarrero que busca un compromiso serio y sólo recibe tristes felaciones. Canta su cover de “Soy Rebelde” de Jeanette, a su juicio, la canción más punk de todos los tiempos. De pronto cede el escenario al virtuoso Cortés y su ritmo flamenco demuestra que si organizadores de conciertos y festivales no pactan fechas de Diego en solitario viven en la equivocación.

Un larguísimo solo de guitarra que termina por encandilar a cualquier público y levantarlo de sus asientos. Pla regresa a la tarima, armado de cerveza para su compinche y cigarrillos para él. Se escucha la ya clásica “Sufre como yo”, canción tan popular que en vivo fácilmente puede ser arruinada por alaridos destemplados de espectadores. Viene la apocalíptica epopeya de “La Colilla”, la mafia del fuego se consuma sobre el escenario mientras en algún estado sureño un montón de puros habanos siembra el caos dando “po’l culo a los malboros americanos”: es la orgía de las colillas, la fiesta de Hallowen, operación galimatías. La guitarra de Cortés enloquece al igual que el baile de Albert y si a más de uno le dan ganas de quemar una bandera llena de estrellas, sólo es para comprobar que huele mal, sin otra militancia que la música.

Pla, cantando tan a sus anchas sin saber cantar, se coloca su icónico casco de luces y desfila con la intención de que pillemos el concepto de “Ciego”. Se sucede más rumba lubrificada con “Joaquin El Necio” y su “cacharro enorme”.

Un buen concierto cierra con “El bar de la esquina”. El público quiere más y Pla regresa al escenario con la teratológica pero adorable mujer de “Los ojos” para rematar con el grito de “¡Cortés! ¡suelta la fiera!!” y llevarnos a “El lado más bestia de la vida” mientras empuña una guitarra eléctrica. Aunque sea una herejía decirlo, la reversión de Pla no tiene nada que envidiar a la original de Lou Reed.

Así termina una velada con Pla, con ganas de haber metido más cerveza de contrabando para no tener que regresar sobrio a casa, pero sobre todo con la certeza de haber presenciado un espectáculo de primer nivel y el deseo de verlo ahora en alguno de sus proyectos más recientes: “La Pandilla Voladora”, la mega banda española donde Albert es el ciudadano tras el superhéroe Hijoputaman; y su monólogo teatro–musical “Manifestación”, donde desarrolla “la historia de un tío que se va a una manifestación porque ha quedado con una chica y se equivoca de manifestación, decide irse a casa, pero le coge una carga policial y acaba en un mitin pacifista, pero llegan los pro guerra y corre y encuentra los caminemos juntos y quiere volver a casa, pero no llega a conseguirlo nunca”.

Fernando Escobar Páez (Quito, 1982) es escritor y periodista. Cuidador y rescatista de gatos. Devoto seguidor del Barcelona Sporting Club y de El Monstruo del Espagueti Volador. Ha publicado los poemarios Los Ganadores y Yo (2006), Escúpeme en la verga (2013) y el libro de microrelatos Miss O’ginia (2011), el cual va por su cuarta edición. Actualmente está trabajando un libro de periodismo rock sobre Mamá Vudú, banda emblemática del movimiento rockero independiente del Ecuador.

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