Cuento: La memoria de las aves

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Con el tiempo he olvidado muchos rostros de la infancia. No puedo recordar a mis profesores, ni a la niña de la que me enamoré en cuarto de primaria. Pero, puedo describir cada uno de los gestos de don Silvano Sarajevo. Era un hombre musculoso que usaba siempre ropa deportiva y olía a chicle de menta. Lo recuerdo con precisión porque era la clase de adulto que causa impresión en los niños: siempre tenía algo que darme, una moneda o un dulce,  a cambio de que yo desempeñara alguna hazaña con disciplina, como limpiar el pasto de hojas secas, o meter un gol en un partido.

Así, bajo la vigilancia del señor Silvano, descubrí dos emociones: la necesidad de complacer y la angustia de la derrota.

Su hijo, Tití, era mi mejor amigo en los años en que mi madre y yo vivimos en la calle quince. Aunque a esa edad, el concepto de amistad me era ajeno. Para mí, Tití más que un amigo era un no-adulto con quien convivía a diario. Debido a la proximidad de nuestras casas y edades, nuestros padres decidieron que seríamos amigos. En especial su padre, don Silvano Sarajevo, estaba muy empeñado en alimentar nuestra amistad, y mi madre, una madre soltera que trabajaba dos turnos, estaba siempre muy aliviada de dejarme a su cuidado.

—Gabito, llévate tu suéter—, me decía mamá, sacudiendo una mano apresurada, mientras don Silvano me subía todas las tardes a su coche. En el asiento, su pálido hijo me recibía con indiferencia. Tití siempre tenía un videojuego en las manos, los ojos colorados, las camisas fajadas y olía a colonia para bebés.

Es que yo, a diferencia de Tití, siempre fui un niño robusto e independiente, estaba acostumbrado a hacer las cosas por mí mismo, porque mi madre estaba eternamente saliendo de la casa. Así la recuerdo, menuda y acelerada.

Aunque ahora ella lo niega, yo conservo la nítida imagen de mi madre maquillándose en el desayuno, sujetando un espejo diminuto mientras me decía —Come, come—y me abría un frasco de mermelada que yo tenía que untar sobre una hogaza de pan. 

En casa, yo era el único niño. Vivía rodeado de las cosas femeninas de mi madre, que contemplaba con cariño hasta que ella volvía. Era un niño que no despertaba el interés de nadie. Mamá estaba muy ocupada en sí misma, así que me acostumbré al silencio y al anonimato.

Hasta que el padre de Tití llegó a nuestras vidas, después de que mi madre me daba un beso pegajoso en la frente y se iba de la casa, yo me quedaba siempre observando las cosas que ella había dejado: sus sostenes en el tendedero, sus pantaletas, y su maquillaje en el baño. Me tranquilizaba saber que mamá iba a volver, después de todo, en casa había dejado su ropa interior, el vestido floreado que usaba para las fiestas y me había dejado a mí “Su amor chiquito”, como me decía, pero de igual forma, me causaba pánico creer que un día ella se iba a ir para siempre, iba a caminar apresurada lejos de mí.

Para no pensar en eso me distraía pateando el balón en la calle.  Un día cualquiera, don Silvano me vio golpeando el fatigado balón contra un muro y me pidió que jugara con su hijo. Yo había visto a Tití en la escuela, pero nunca había querido jugar con él. Tití era un niño tímido y afeminado. Yo era aún pequeño, pero ya sabía que él no era como el resto de nosotros. Lo sabían las niñas, los niños, los maestros. Lo sabía mi madre y lo padecía su padre.

Por alguna razón, don Silvano creía que el comportamiento delicado de su hijo se debía a que en casa tenía dos hermanas gemelas y una madre que lo mimó hasta “echarlo a perder”. Así le dijo a mi mamá, la vez en que le insistió en inscribirme a un curso de verano de futbol.  Don Silvano creía, que mi masculina compañía haría más “normal” a Tití. Lo que quería decir: menos como sí mismo y más como él ambicionaba.

Mi madre lo oyó en silencio. Encendió un cigarro y me vio a través del humo con ternura. —Como usted quiera, sólo asegúrese de que coma bien—. Sentenció. Así, comencé forzosamente a pasar tiempo con él.

Al inicio me sentía avergonzado, no quería que nadie en la escuela supiera que yo lo veía en las tardes y que conocía su casa. ¡Había incluso visto Robocop en su cuarto! Poco a poco, lo fui comprendiendo mejor. Su casa, a diferencia de la mía, tenía un extenso jardín donde su madre sembraba rosas y geranios, pero Tití tenía prohibido pasar tiempo ahí, porque a su mamá la inquietaban los gérmenes y el sol. Su madre, a diferencia de la mía, estaba siempre con sus hermanas gemelas, sentadas frente a la televisión o en la cocina preparando postres. De niño, yo estaba convencido de que ellos sí eran una familia, no como mamá y yo.

Pero si su familia era común, Tití no lo era. Era silencioso y amable. Eso me hacía sentir en confianza y le podía contar mi gran temor: creía que mi madre, un día, no volvería a casa. Él me oía con calma y me decía que no temiera. Tití opinaba que ella siempre iba a volver, porque si no, ya no iba a ser una madre y entonces ¿qué iba a ser?

Ahora sé qué es la amistad y la traición, y creo que fue entonces cuando comprendí la primera. Nos gustaba sentarnos en la terraza, comer dulces pegajosos  y ver los barcos que llegaban al muelle. En especial, tengo grabado en la memoria el día en que comíamos unos chocolates que le robamos a mi madre.

—Yo voy a subirme en uno de esos barcos y me voy a ir a Ecuador—.Me dijo.

—¿A Ecuador?, ¿por qué allá?

—Porque en Ecuador hay un pueblo amazónico que reduce las cabezas de los enemigos al tamaño de un puño. Yo quiero aprender a hacer eso ¿te imaginas? Podría hacer la cabeza de mi papi chiquita, chiquita, y luego regalársela a mi mami.

Entonces, Tití alargó su dedo pequeñito y pálido hacia mi boca y me tocó el labio. Nadie me había tocado así.

—Tenías chocolate—ahí—. Me dijo. Sus mejillas pálidas se tornaron coloradas.

—Pero, Tití, si te vas a Ecuador, tendrías que cortar primero la cabeza a don Silvano—. Le dije, en tono incrédulo. Él vio hacia el muelle, a lo lejos, las gaviotas volaban en círculos sobre los oxidados barcos pesqueros, Tití encogió sus hombros pequeños y me sonrió con seriedad.

Desde entonces, Tití se convirtió más que en mi amigo en un ser que me cautivaba, como una buena jugada de fut. Por algún tiempo continuamos siendo vecinos, pero yo dejé de ir a su casa por decisión propia. Después, él fue a una escuela diferente. Mi madre se casó con su jefe y nos mudamos a la colonia Olivos, cerca de los rascacielos. Pero siendo honesto, creo que la verdadera razón de nuestro distanciamiento fue aquel accidente.

Ese día, creo fue a principios de junio, su padre nos llevó a la bahía a pescar.—Una actividad de hombres, que todos los hombres deben aprender—. Nos dijo. Mientras se ataba las agujetas de los zapatos y pegaba su chicle a medio masticar, en la corteza del árbol de mi jardín.

Mamá se despidió de nosotros, estaba hablando por teléfono y olvidó darme mi suéter. No tuve frío porque comenzaba junio, pero recuerdo que noté que no me lo había ofrecido y me entristecí. Avanzamos hasta el muelle. La tarde era fresca y clara. Las gaviotas volaban alto sobre nosotros. El horizonte era largo y azulado.

El padre de Tití caminó rumbo a su bote y nos dejó esperando en el muelle. Una parvada de gaviotas revoloteaba en la orilla, comían los residuos de pescado que los pescadores desechaban. En esas fechas, —si eso ocurrió en junio, debió haber sido en abril—el municipio había emprendido la construcción de la vieja pista de ciclismo junto al malecón, y aún había escombros amontonados en el piso.

Yo arrojé una piedra pequeña al motín de gaviotas que carroñaban los huesos de un pez. Al sentir el sonido de la roca chocando contra el piso cerca de ellas, las aves se apresuraron a aletear inquietas, rasgando con su graznido el rítmico sonido de las olas chocando contra el muelle. Tití buscó una roca más y la arrojó a la parvada y lo mismo volvió a repetirse. Nos reímos. Su risa afeminada se oía clara y resuelta bajo el cielo despejado, mientras las blancas gaviotas extendían sus alas.

Tití tomó un trozo de ladrillo grande y la lanzó con fuerza al blanco tumulto de aves. Los pájaros levantaron el vuelo de nuevo. Todos menos uno.

El pesado ladrillo había golpeado a una gaviota en el ala izquierda, dejándola herida en el piso. Un graznido doloroso nos silenció. Nos acercamos desconcertados al animal. Había sangre en su ala e intentaba sin éxito ponerse de pie, su ala estaba partida por la mitad.

—Ahora, termínalo.

Dijo la inesperada voz de don Silvano Sarajevo detrás de nosotros. Nos dimos vuelta. Ahí estaba él, sujetando un trozo de concreto. Hizo que Tití lo cargara con ambas manos y lo empujó hacia donde estaba la gaviota herida. Él se resistió.

—Hazlo—. Volvió a ordenarle su padre, señalando al ave herida. Tití volteó a verme, desesperado. El ave graznaba. Las gaviotas revoloteaban sobre nosotros.

Tití alzó el trozó de concreto sobre su cabeza y golpeó con fuerza al animal. El ave soltó un aullido agudo, mientras la roca le partía el pico con un sonido hueco. Primero, Tití sollozaba mientras el último chillido del ave se diluía del ambiente, pero a medida que continuó aporreando la masa amorfa de plumas y carne, una serenidad temible se extendió por su semblante.  La marea comenzaba a subir y las olas reventaban con fuerza contra el muelle.

Cuando Tití se detuvo al final, sus labios estaban blancos. Se veía cansado. Observó a la gaviota: había conservado intacto un ojo que era lo único que le daba una forma similar a otras aves. Tití se puso de pie y limpió la sangre en sus pantalones, mientras la sombra de don Silvano Sarajevo se extendía sobre él, estirándose como la pesada sombra de los edificios sobre la calle. Lo que sea que hubiera guardado el ave dentro de su cabeza diminuta, revestida de plumas, había dejado de existir y quizá tan sólo había sido un par de recuerdos sencillos y exactos como el horizonte enrojeciendo al atardecer.

Yo permanecí en silencio. El viento era fresco y agitado. Sé que de pronto, sentí mucho frío. Entonces, tal vez no ocurrió en junio, pero recuerdo fijamente el sonido de las olas golpeteando rítmicamente contra el muelle y el rabioso graznido de las gaviotas sobre mi cabeza.

Claudia Morales (Cintalapa de Figueroa, Chiapas, 1988) estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM y la maestría en Antropología Social en el CIESAS-Sureste. Su novela No habrá retorno fue merecedora del premio Rosario Castellanos 2015 y cuenta con un libro de cuentos: Hospitalidad, publicado por el Instituto Mexiquense de Cultura 2014. Actualmente, es becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de narrativa (2016-2017) y becaria Fulbright para cursar estudios de doctorado en Antropología Médica en la Universidad de Massachusetts.

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