RINCÓN DE EUCALIPTOS

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 En italiano, el plural de la palabra sombra es ombre. Y por supuesto, detrás de un libro hay una sombra que conversa con cada de sus lectores. En francés, la palabra auteur (autor) es casi idéntica, gráfica y fonéticamente, a su par en español; sin embargo, en la lengua gala existe una correspondencia fértil entre l’auteur y l’autre (el otro, lo otro). En el siglo XIX, el joven poeta Arthur Rimbaud acuñó la célebre y profética frase anotada en sus Cartas del Vidente: Je est autre (Yo es otro). Desde entonces, además de dialogar con una sombra, cuando leemos un poema, un relato, un drama o un ensayo, entramos en el territorio del otro, de lo otro: espejo de Alicia en el país de las maravillas, esfera tornasolada llamada Aleph en un sótano de una casa de Buenos Aires, gracia de la Divinidad que reúne al verbo de Dante, personaje de su propio poema en las alturas del Empíreo, pero también, como el célebre cuento de Borges, nos convoca a todos los lectores.

En estos días que corren está a la baja conversar con una sombra o desdoblarnos para ser otro; lo primero sería tolerado en un hospital para enfermos mentales y para lo segundo, bajo la licencia del arte dramático, podríamos cambiar de nombre y de vida sin cometer algún delito del fuero común. ¿Podríamos cobrar un cheque o escriturar un inmueble con el nombre de Julieta Capuleto o con el de Fulgor Sedano? En Noruega sería difícil y temerario; en Rusia, en Etiopía o México, este reto de confundir realidad y ficción para beneficio personal se leería como un acto de cinismo brutal y de poder corruptor. Pero nuestras piel y nuestra mente no son impermeables a los sombras que habitan los libros; suerte de vampiros, con sus páginas abiertas, esos volúmenes en rústica o en pasta de lujo, vuelan a la búsqueda de víctimas que aspiran a ser otros en una realidad a menuda monótona y cruel. Francesca da Rímini y Paolo de Malatesta, los trágicos y adúlteros cuñados del Canto V del Infierno de Dante Aligheri, “leían por placer” una obra literaria que contaba los amores prohibidos entre la reina Ginebra, esposa del rey Arturo, y Lancelot; en algún momento de la historia, los personajes de la leyenda artúrica se besan, suceso que alienta a los lectores a besarse también y “a no continuar más la lectura.”

Un personaje de ficción, Ginebra, decidió la vida en el amor y el amor en la muerte de un personaje histórico, Francesca. ¿Será que sólo leemos por placer? ¿Qué móviles de la insatisfacción nos mueven a la renuencia y, llegado el momento, a la renuncia de nuestro presente? En otros libros clásicos, con sus historias desaforadas pero, a un mismo tiempo, cautivadoras y multiplicadoras de realidad, con sus personajes estrambóticos pero seductores, se pone en tela de juicio nuestra cordura y zona de confort. ¿Entre lo que pasa en los libros y nuestra vida pareciera que media un océano? La frase de Balzac, “Las familias felices no aparecen en las novelas”, torna más confuso tal dilema:  Si por un lado tenemos a Don Alonso Quijano, alias Don Quijote que, por leer y leer novelas de caballería se deschavetó, como ningún otro, al grado de confundir su vida con la de un hidalgo en busca de aventura de honor y justicia; en la otra cúspide de la otredad nos encontramos con Madame Bovary, la antiheroína de Gustav Flaubert que, por leer y leer novelas de amor, la vida de esposa burguesa le pareció insípida y vulgar teniendo que optar por el suicidio, medida extrema que puso punto final a tamaña mediocridad de existencia.

Tanto la suicida como el loco cumplieron a cabalidad la experiencia de leer con pasión los volúmenes de una muy particular biblioteca. Con pasión, y con algo más. En el siglo XIX, la enfermedad más temida por la élite cultural en Europa no era la sífilis ni la tuberculosis. El azote de los artistas y pensadores decimonónicos fue el aburrimiento. Baudelaire y Verlaine se aburrirían y sólo la poesía el ajenjo hacía llevaderos sus días. Van Gogh naufragó en la calma chicha de la abulia; ni siquiera el sol jovial de Provenza ni la demencia cósmica pudieron salvarlo de su desastre. Para no sucumbir a la poética fatídica del horror vacui, Joris-Karl. Huysmans se entretuvo decorando el caparazón de una tortuga con esmeraldas y topacios. Sí, dijo Mallarmé, “La carne es triste y todo lo he leído.” Debemos huir, nos alienta el poeta de los dados y el azar. ¿Pero a dónde? Para empezar, tal vez, de nosotros mismos, de la ficha y del cartabón que nos impuso la sociedad y la economía.

Frente a la cordura y a los buenos modales, es decir, de cara a la razón calculadora y a la hipocresía con intereses creados, estos conmovedores personajes de Cervantes y Flaubert —patéticos en la acepción lata del término— nos revelaron con “su vida de novela” que  nuestro paso por la tierra es algo más que el funcionar como un eslabón de la cadena productiva. Su insumisión y rebeldía es contagiosa y quien los acompañe en su travesía estará tocado por su aura y sabrá decir no a la belleza frívola y a la verdad superficial, aunque ese “justo no” como dice el poeta griego C. P. Cavafis “nos aplaste todo el resto de la vida”.

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Ernesto Lumbreras (Ahualulco de Mercado, Jalisco, 1966). En el 2008 aparece Caballos en praderas magentas. Poesía 1986-1998, (Aldus), en el 2010, Numerosas bandas (Mantis Editores) y en el 2012, Lo que dijeron las estrellas en el ojo de un sapo (Bonobos). En 1992 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por el libro Espuela para demorar el viaje (Joaquín Mortiz-INBA, 1993), en 2007 el Premio Nacional Testimonio Chihuahua por La ciudad imantada. Vida de Milton Vidrio (Ficticia, 2008), en el 2013 el Premio Nacional de Ensayo Literario Malcolm Lowry por el volumen Oro líquido en cuenco de obsidiana. Oaxaca en la obra de Malcolm Lowry (UNAM, 2015) y en el 2014 el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI por el libro La mano siniestra de José Clemente Orozco (Siglo XXI/UAS/Colegio de Sinaloa, 2015). Desde el 2009 circula su antología Intersecciones. Doce poetas peruanos (Calamus-INBA). Es autor del libro El ojo del fulgor. La pintura de Arturo Rivera (CNCA, 2001). En el 2013 publicó Coordenadas para una inminente catástrofe. Cinco pintores mexicanos (Filodecaballos). Ha traducido del italiano los libros Museo de sombras de Gesualdo Bufalino (Aldus, 2009) y Antes no había nada. Después comencé a imaginar mi propio jardín de Chiara Carrer (Petra Ediciones-Conaculta, 2015) Miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2004.